viernes, 5 de febrero de 2010

Una mujer increíble. Noticias del Trópico 21

NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 7, núm. 21, 18 de marzo, 2005.

Una mujer increíble

En un día como hoy, hace 11 años, falleció Ana Eugenia, mejor conocida como Queenie; Doña Queenie para algunos, Kiki para otros, Mami para tres más. Hoy desperté y el primer pensamiento que se me vino a la cabeza fue éste, recordar a mi mamá. Pero no precisamente su muerte, sino su vida, su personalidad. Recordar a esa increíble mujer, no siempre fácil, pero imposible de ignorar. Y compartir con ustedes cosas - inesperadas algunas, no apreciadas antes otras - cosas que a través de estos años me brincan a la memoria y son como pequeñas joyas preciosas.

Su sentido del humor, por ejemplo. Era graciosa, sabía contar un chiste. Sabía también contar un cuento y con imaginación y fantasía inventar historias de una niña que vivía en el tronco de un gran árbol en el bosque y era amiga de todos los animales. Sabía entretejer la vida de las muñecas y darle un toque de realismo a las aventuras de los osos de peluche.

Y junto con estos recuerdos de mi infancia están otros: La gran corresponsal, que de madrugada se sentaba ante su máquina de escribir para sostener una correspondencia enorme y continua con gentes que ella y mi papá conocieron en viajes, o que vinieron a nuestra casa a través del Experimento de Convivencia Internacional, con familia en España, Inglaterra y Australia, con amigos de siempre. De alguna manera ella era el lazo que nos unía con todos ellos, lazo que ella se encargaba de mantener vivo y al día con noticias, fotos, recuentos de nuestras vidas. Sobra decir que la señora de la oficina de correos de San Ángel la adoraba.

Queenie estaba a caballo entre varios mundos: el del ama de casa ordenada (religiosamente apuntaba gastos y pendientes en su agenda), detallista y exitosa, que continuamente recibía amistades con mesas bien puestas y bien servidas, en aquellas fiestas en el jardín y la alberca, las paellas, los postres, el mundo de una gran anfitriona. Al mismo tiempo, y a pesar de haber dejado de ejercer la medicina muy temprano en su vida - demasiado temprano quizá - nunca se desligó totalmente del mundo profesional. Tampoco acabó de dejar el territorio angustioso de la guerra, las persecuciones y el exilio. Y qué decir del mundo de la reina (no en balde la apodaban Queenie), atendida por numerosos y leales servidores; una reina a la que venían a su casa a peinar, a hacerle el manicure, a coserle ropa, a engarzarle collares de perlas.

Otro de sus mundos, aunque de éste no éramos partícipes, era el de la compañera consentida de mi padre. El mundo de ellos era intenso, privado, el mundo misterioso y profundo de los amantes, ante el cual todos quedábamos fuera, un tanto cegados por su intensidad. Pero siempre nos encantó lo que, como pareja, sí compartían con nosotros, como fue, entre otras cosas, el universo fascinante de sus viajes. A veces les acompañamos en la aventura por tierras del Mayab, en coche por México y Estados Unidos, en largos recorridos por Europa y el Medio Oriente. Y sin acompañarles, de todas formas estuvimos en Japón, Filipinas y Hawai, en Venezuela y Panamá, en un memorable viaje trasatlántico en el Queen Mary, todo ello gracias a Queenie, sus cartas y diarios de viaje, los scrapbooks llenos de recuerdos y de fotos, disfrutando de oírles a ambos contar anécdotas y peripecias mientras proyectaban en la pared de la sala su enorme colección de diapositivas.

Queenie tenía también su mundo personal, del cual creo veíamos solo lo evidente, no lo más íntimo: tenía colecciones de miniaturas en vitrinas, de cajitas, cucharitas, sellos y libros de arte; sentía un profundo amor por la pintura e interés en desarrollar sus propias dotes artísticas; le gustaban las casas de muñecas, los caleidoscopios, sentarse horas frente a la Venus del Espejo de Velázquez en la National Gallery de Londres, darle de comer a los pájaros del jardín y adoptar perros abandonados, ponerse unas traqueteadas botas rojas de hule y salir tempranito al jardín a regar las plantas; le gustaba el mar y tomar el sol, oír a Elvis Presley y a mi abuela tocando al piano nocturnos de Chopin. Su mundo personal era complejo y paradójico, incluyendo lo que considero era un insólito y rebelde ateísmo muy en el fondo de su religiosidad católica.

Queenie fue la principal preservadora de nuestra historia y de la historia familiar. De ella aprendí sobre los Viliesid y los Russell, pero también sobre los Careaga y los Echevarría. De ella heredé doce álbumes de fotos en orden cronológico, donde ceñudos ancestros y rígidas tatarabuelas de caireles ceden el paso a las imágenes más emotivas de nietos, de amigas y amigos entrañables, de ilustres desconocidos de los que solo oímos sus singulares historias. Colecciones completas de cartas escritas por mi abuelo en el Londres de la guerra; recuentos manuscritos de la infancia de mi padre en Madrid y Monte Viejo; diarios donde ella misma narra su embarazo y el día en que nací y lo que pensaba de mi y sus bocetos de una bebita plácidamente dormida.

Cada día que transcurre en mi vida descubro algo más de Queenie en mi, y a diferencia de antaño, cuando esto me resultaba enojoso y despertaba toda mi rebeldía, ahora me agrada y me centra, me llena de nostalgia y me acerca más a ella de formas insospechadas. Siento cada día más el vacío que ha dejado y comprendo que la extraño y que desearía poder agarrar el teléfono y contarle de mis proyectos, de mi familia chetumaleña, del jardín, los perros y los gatos, de dónde anda mi corazón, de John y de la Lorena que ahora soy. Quizá tuvo ella que irse y yo que madurar para que nuestra relación floreciera y nos llevemos hoy mejor que nunca, porque al fin comienzo a entenderla y le ofrezco mi amor incondicional.

Una mujer increíble, con duende, con ángel, con estrella. ¡A tu salud, Queenie!

No hay comentarios: