jueves, 20 de junio de 2013

Anatomía autobiográfica de un hardware y su correspondiente software. El newsletter de Lorenzia, año 15, núm. 65, 20 de junio, 2013.



Queremos que conozcas la antigua versión 3.0 de hermoso diseño, en apariencia sólida y eficiente pero en realidad aquejada de varios problemas desconcertantes: sin previo aviso se congelaba o bien se desconectaba en automático de la memoria RAM, provocando reacciones eléctricas caprichosas y hasta peligrosas. Encontramos que en gran medida se debía a una excesiva recarga en sus funciones inteligentes aunada a su deshabilitada capacidad energética para conectarse con el corazón del disco duro. 


Recomponerla implicó un doloroso proceso técnico desarrollado en varias etapas, en una de las cuales, debido a su dependencia de dispositivos por completo ajenos a su sistema, sufrió golpes literales. Por fortuna su vigorosa constitución de origen no estuvo nunca en peligro de llegar a un corto circuito total. No fue sino hasta la versión 4.4 cuando emprendimos soluciones sin duda drásticas, pero que nos hicieron sentirnos esperanzados. Tuvimos que hacer uso de tecnologías de punta inventadas en la India, donde los técnicos de Osho Inc. tardaron seis meses en reprogramarla con resultados excelentes aunque no de inmediato visibles. 


A partir de entonces hemos mejorado continuamente sus circuitos hasta llegar a la actual versión 5.9, más resistente a los virus malignos y con un moderno chip incorporado que le permite recargar su batería de una forma más sana, así como programas y aditamentos que garantizan un saludable desempeño por varios años. Su tecnología inteligente sigue siendo en principio cerebral, pero ha desarrollado por su cuenta una serie de funciones complementarias que no dejan de sorprender. No es, por supuesto, infalible, pero igual te la recomendamos.

martes, 12 de febrero de 2013

Cuéntame un cuento. NOTICIAS DEL TRÓPICO 64

El newsletter de Lorenzia, año 15, núm. 64, 12 de febrero de 2013. No siempre podemos decir que vivimos la Historia, pero hoy se nos presenta esa oportunidad; y ante el hecho de palpitante actualidad ocurrido apenas ayer, pero cuyo último precedente sucedió hace 600 años, no me quiero quedar callada. Si el supuesto representante en la tierra del dios católico puede decidir no apurar el cáliz y renunciar al cargo por motivos de salud, todo ello en legítimo ejercicio de su libre albedrío, me parece evidente que ése y cualquier otro dios carecen del verdadero poder del que hacemos gala todos los días los seres humanos. Se confirma, a mi entender, lo ya formulado por antropólogos, sociólogos e historiadores y que justo acabo de leer en inmejorable prosa: “La religión viene a ser un código moral que se expresa mediante leyendas, mitos o cualquier tipo de artefacto literario a fin de establecer un sistema de creencias, valores y normas con los que regular una cultura o una sociedad. Una doctrina viene a ser un cuento. Todo es un cuento. Lo que creemos, lo que conocemos, lo que recordamos e incluso lo que soñamos. Todo es un cuento, una narración, una secuencia de sucesos y personajes que comunican un contenido emocional. Un acto de fe es un acto de aceptación, aceptación de una historia que se nos cuenta. Sólo aceptamos como verdadero aquello que puede ser narrado” (Carlos Ruiz Zafón, El juego del ángel).

lunes, 12 de noviembre de 2012

A propósito del Día del Cartero. NOTICIAS DEL TRÓPICO 63

El newsletter de Lorenzia, año 14, núm. 63, 12 de noviembre, 2012. Cómo vamos olvidando amablemente aquello que alguna vez nos apasionó y sin sentirlo lo sustituimos con lo nuevo que traen los cambios y el deterioro de la vida. Aquellos tiempos de creatividad y comunicación epistolar, en los que las cartas decían todo, cuando se escribía por necesidad y placer, y el papel era sedoso y la tinta salía de un tintero y la caligrafía era un arte.
No hablaré de las cartas que aún guardo de mis abuelos, escritas a mis padres entre 1940 y 1946 desde un Londres devastado, de raciones medidas, de palabras censuradas, de carencias y sinsabor. Puedo hablar de las cartas que recibí de mi padre, de lo buena corresponsal que era mi madre. Gracias a ella manteníamos contacto con familia y amigos de todo el mundo. Religiosamente escribía de madrugada en una Remington que fue evolucionando con la tecnología hasta llegar a la eléctrica Smith-Corona azul, de la que parecían salir misivas en serie y por arte de magia. Huelga decir que mi madre era la clienta favorita de la señora del correo, una avinagrada matrona que a todos maltrataba menos a la güerita que un par de veces por semana bajaba de su coche ayudada por el chofer, con cartas y paquetes para Estados Unidos, Venezuela y Panamá, para Canadá, Italia, Francia y por supuesto Inglaterra, y sin duda España.
Y si pienso en el cartero que traía a diario un montón de correspondencia y no solamente recibos y propaganda, evocaría con ello un landmark intangible de mi niñez. ¡Qué emocionante era recibir una carta! Las noticias se leían y compartían a la hora de la comida; a veces, con suerte, la carta venía acompañada de fotos, a veces llegaban postales, y en Navidad era una locura la avalancha de “Xmas”, como las llamaba la tía Mimí. Recuerdo un año en que hicimos un árbol de puras tarjetas navideñas. Las colecciones filatélicas se incrementaban en belleza y sapiencia geográfica. Siempre me gustó escribir cartas. Y recibirlas. Y leerlas. Mucho me temo, no obstante, que han pasado a la historia, como lo hará, dentro de poco, el correo normal y el cartero, como eventualmente le sucederá al correo electrónico, que ya está siendo sustituido por Skype y éste por Facebook, y lo que sigue que lo diga mi hermano Alf, que sabe mucho más del futuro que yo. Hace tiempo leí o vi no sé dónde que existe un repositorio en algún lugar del mundo para toda la correspondencia perdida, aquellas misivas que nunca llegaron a su destino, ya sea porque no tenían la dirección completa o carecían de remitente o el destinatario ya no vivía en ese lugar o al cartero se le traspapelaron o fueron interceptadas y olvidadas. ¿Se imaginan los contenidos de todas esas cartas que jamás fueron leídas? Noticias de nacimientos y de bodas, de fallecimientos y de logros profesionales, de amores y pasiones, de promesas y rompimientos, de soldados quizá muertos en combate poco después de escribirlas, de agradecimiento, de odio, de felicitación, de rechazo…
Conozco también una anécdota fantástica de uno de los viajeros de mi tesis. Carl B. Heller, naturalista austríaco, se encontraba varado en Campeche sin dinero ni permiso para abandonar aquel puerto en ese momento bloqueado por los gringos. Corría el año 1847… El vapor “Tweed”, de la Royal Mail Steam Paquet Company, naufragó en el Arrecife de Alacranes, frente a las costas de la península, murieron 80 personas y prácticamente se perdió el cargamento y por supuesto, el correo de Su Majestad. Heller desesperó de recibir la misiva que tanto anhelaba y necesitaba. Poco después, sin embargo, nos dice: “Tanto más grande fue mi sorpresa cuando una mañana me entregó el empleado de un comerciante nativo una carta medio descolorida con mi dirección que había visto flotar aislada en las aguas de los Alacranes y que logró pescar… Era mi carta, la que esperaba con tantas ansias, la única que se salvó entre miles y que todavía era perfectamente legible… No podía dar crédito a mis ojos, porque me parecía algo más que una coincidencia común; era algo inusitado, casi maravilloso, me pareció una señal de los cielos para que no perdiera el ánimo en mi triste situación”. ¡Feliz Día del Cartero!

domingo, 4 de noviembre de 2012

Motita (¿? – 2012) NOTICIAS DEL TRÓPICO 62

El newsletter de Lorenzia, año 14, núm. 62, 4 de noviembre, 2012. Cómo ha estado cercana la muerte. Este año hemos sufrido sus estragos, percibido su misterio, cuestionado sus métodos. Acabamos de pasar por unos días en los que es costumbre hablar de ella, recordar todos sus nombres, sonreír ante la burla trepidante que nuestra cultura popular hace de su calavera y sus huesos. Hemos traído a la mesa a los ancestros y a nuestros demás ausentes, un banquete más que compartir con su memoria y el hueco profundo que nos han dejado desde que se fueron. Escribo de la muerte mientras la muerte me visita poniendo fin a una etapa más, recordándome que se pasea ajena pero igual sintiéndose en casa entre los vivos. Hace una semana vi el proceso de la muerte, la acaricié, me despedí, recordé que es tan sólo un hasta luego. Murió Moti, mi compañera, mi cotidiana bienvenida, mi cuidadora, y aprendo que una vez en poder de la muerte, da igual quiénes o qué hayamos sido. Todo queda al ras, todo es voltear la hoja, todo es página en blanco.

lunes, 10 de septiembre de 2012

El lugar al final del mundo

El newsletter de Lorenzia, año 14, núm. 61, 11 de septiembre, 2012. Corre por mis venas la sangre del árabe marroquí. Será por eso que la música del norte de África me pide que baile, que mueva las caderas al son del tambor y la flauta, que busque en los abalorios de la magia el recuento del porvenir. Son ecos del ambarluna, de un imperio aromático de resinas y especias; sueños de caravanas que cruzan desiertos de fuego y persiguen, guiadas por el mapa de las constelaciones, el sortilegio de un oasis mítico donde se labra su esencia y se decanta su fulgor. ¿Ahora comprendes la atracción que ejercen en mí los nombres de las estrellas? Por lo mismo y en su rastro, mi pisada abarca el sur de Iberia: Al Andalus de moros y gitanos, con su duende y su cante jondo y sus fuentes rodeadas de naranjos en flor; el convite de la serranía nevada, el anhelo de andar los caminos polvorientos de Granada a Córdoba y desde Sevilla a Cádiz y Gibraltar. ¿Ves por qué he de emprender nuevos derroteros? Tengo una parte de desdicha y la aportan mis ancestros sefarditas. No contentos con haber sido expulsados de Sefarad hace 510 años, con haber tenido que emigrar a Tesalónica y volverse súbditos del imperio otomano, siglos después retornan conversos a España, católica a ultranza, a predicar y vivir con la Biblia por delante y la persecución por detrás. ¿Y todavía me preguntas que de dónde saco el espíritu andariego?
Espera, aún no te he contado de mis antepasados de sangre fría: los alemanes de imaginarios señoríos y efímeros condados; o aquellos otros, normandos de apellido y alma de músicos y compositores; o el comerciante inglés que llegó hasta las Islas Vírgenes cautivado por una hija de esclavos de piel mulata; juntos engendraron mi estirpe y renovaron el rumbo de mi sangre para siempre. No te extrañe que ame el mar y a los navegantes, pues provengo también de recios vascos. Soy la orgullosa vanguardia de la última tribu de Europa, la que habla un idioma único que puede trazar sus raíces hasta los mismísimos orígenes de la humanidad. Será por eso que dejo con las manos y la palabra escrita los indicios de mi paso por el mundo, por descender en línea recta de los hombres de Cromañón decoradores de cavernas y adoradores de la naturaleza. Y no te quejes de mi parte nómada, que he nacido de refugiados y trasterrados que vinieron a dar con sus ilusiones a un país mágico de rostros pétreos, que se ríe de la muerte y que llora a corazón abierto por su historia. Soy viajera por herencia y por gusto, porque todo en mi pasado se confabula para que me vaya, porque todo en mi futuro apunta hacia el camino. El dije de ambarluna es una brújula que gira irrevocable, un mapa que conduce a otros destinos. No me culpes. Te prometo un fugaz y provisorio adiós.

jueves, 9 de agosto de 2012

Los usos de un diagrama de flujo. NOTICIAS DEL TRÓPICO 60

El newsletter de Lorenzia, año 14, núm. 60, 9 de agosto, 2012. Los usos de un diagrama de flujo Hubo hace tiempo una campaña/concurso para reportar el trámite burocrático más inútil y engorroso. Me imagino que a los organizadores les llovieron ejemplos de toda índole y de todo el país, y debe haber sido divertido y a la vez deprimente para los jueces evaluarlos. Ignoro quién ganó y si acaso sirvió de algo para modificar o de plano eliminar tal trámite. Y es que la simplificación administrativa es una tarea que a las y los mexicanos no se nos da. Viene de raíz. No tengo idea de cómo se manejaban las cuestiones burocráticas en el imperio mexica, pero si hemos de aceptar el marco teórico del despotismo oriental para explicarlo, entonces seguro había bastantes protocolos a seguir. Las reformas borbónicas del siglo XVIII no hicieron más que complicar aún más la lentitud administrativa que ya de por sí caracterizaba a otro imperio: el español. Quizá el único ejemplo de administración veloz – obligada, por cierto, dadas las circunstancias - haya sido la impartida a salto de mata y dentro de una carroza por el presidente Juárez, con el archivo de la nación a cuestas y los franceses pisándole los talones.
Se ha buscado en la descentralización la respuesta al dilema simplificatorio y han sido diversos los esfuerzos por descentralizar la administración en un país que desde las épocas de Tenochtitlan lleva el centralismo en sus venas. Pero vamos a ver: ¿nos sentiríamos a gusto sin esa imagen central? No lo creo ni el masivo DF nos lo permitiría. La simplificación es un reto, pero el problema es la forma en que cada quien entiende qué es simplificar. Para algunos podría ser eliminar pasos, trámites, copias, requisitos, tiempos. Pero para otros puede consistir en especificar los pasos a seguir, hacerlos más claros, ir uno por uno y mostrarlos en un diagrama de flujo como el que me encontré en la estación de autobuses de Tulum, Quintana Roo. Aclaro que Tulum, que hasta hace relativamente poco era un delicioso pueblito, asiento, además, de grupos mayas tradicionales, es ahora un lugar cosmopolita lleno de restaurantes y turistas, cibercafés y bancos; una población en vías de un crecimiento casi tan impactante, desordenado e implacable como el de su vecina Playa del Carmen, que ostenta una de las tasas más altas de desarrollo urbano de Latinoamérica. Y al parecer, junto con la modernidad, llegaron las complicaciones y complejidades administrativas.
Cuando el chofer dijo “Tulum, 10 minutos”, me bajé del autobús para ir al baño. Acostumbrada a la costumbre de estas tierras de pagar a la entrada del baño 2 pesos a cambio de los cuales alguien te da papel, me resultó sorprendente que la mujer apostada en la puerta de dicho recinto me dijera que tenía que acercarme a la taquilla a comprar un boleto. Y no era yo sola, habíamos varios pasajeros en esas circunstancias. La que despachaba en la taquilla tenía una cola de personas esperando a comprar sus pasajes y dentro la acompañaba un señor que nos dijo “yo no vendo los boletos del baño. Pídanselo a la señorita” La pobre tuvo que atender dos colas, una de ellas de gente con cierta prisa entre la que me encontraba yo. Finalmente regresé a la cola del baño con mi boleto – que costó tres pesos – el cual fue recibido por la mujer apostada a la entrada. Cortó una de las partes del boleto y me entregó la otra junto con el consabido papel de baño. Y mi sorpresa fue en aumento cuando me di cuenta de que, pegado a la puerta del baño, había un diagrama de flujo con las instrucciones a seguir. Decía así: El pasajero desciende del vehículo -> Se le informa que compre su boleto del baño en la taquilla -> Se le vende el boleto en la taquilla -> A cambio del boleto se le entrega papel de baño -> Se le permite la entrada al baño. Solo faltaba en el diagrama mencionar que el pasajero entra al baño y hace lo que tiene que hacer y luego jala la cadena, se lava las manos, se mira en el espejo, sale y tiene dos opciones: subirse al autobús que está por dejarlo en tierra o correr detrás del autobús que ya lo dejó. Cuando dije que era una barbaridad, que hasta un diagrama de flujo tenían, la señorita de la entrada al parecer coincidió conmigo porque respondió: “Sí es una barbaridad, porque nadie lo lee”. Y, si como dice un querido amigo, vivimos en un país donde para cada solución hay un problema, en Tulum hay dos.

jueves, 10 de mayo de 2012

Instintos. NOTICIAS DEL TRÓPICO 59

El newsletter de Lorenzia, año 14, núm. 59, 10 de mayo, 2012. Desde un punto de vista estrictamente antropológico, el único instinto que existe es el de supervivencia, el impulso que nos lleva desde pelear o huir en caso de peligro de muerte, hasta el que hace que escojamos a aquella pareja o parejas cuyos genes se combinarán más adecuada y eficazmente con los nuestros para perpetuar de la mejor manera la especie. Claro que el ser humano es el único animal que parece tener un tanto atrofiado o insuficientemente desarrollado tal instinto, ya que en general tenemos que ser convencidos de vivir, y muchos, muchísimos en el curso de los siglos han cultivado el deseo de muerte a través de formas elaboradas de suicidio, algunas rápidas, otras de gran lentitud y laboriosidad, desgarrados entre los por demás atractivos polos de biofilia y necrofilia. Y puesto que no hay más instinto que el de la supervivencia, no existe lamentablemente eso que la sociedad llama instinto maternal, ni tampoco para el caso el paternal, o bien existen como parte de nuestra pulsión primaria de perpetuarnos, pulsión que parece tener una ventana de oportunidad, ciertos años en la vida de los seres humanos en los que tener hijos y convertirse así en madres y padres se vuelve imperativo biológico, emocional y psíquico. Paralelamente – y contraponiéndose – a este imperioso y hasta tiránico deseo, ha existido desde siempre la volición de no procrear, la decisión consciente o inconsciente de evadir las despóticas necesidades de la evolución, la disposición lúcida de salirse de los cánones socialmente prescritos, aceptados y desde luego estimulados de traer hijos a este mundo. Tal decisión, que es a la vez muchas cosas más: una ventaja, una desventaja, un estigma, una diferencia, una excepción a la regla, ha existido desde siempre, ya que los métodos para evitar el embarazo se remontan a los albores de la humanidad. Desde la antigüedad, las mujeres sabían que el fluído mágico que entraba a su cuerpo durante el acto sexual tenía algo que ver con la procreación, y mucho antes de que aquel holandés inventara el microscopio y vislumbrara unos inquietos bichitos llamados espermatozoides, ya había métodos para bloquearles el paso. Pero más allá de una larga disquisición que no viene a cuento, la que esto escribe reconoce que no podría hacerlo si sus padres no hubieran dado curso al placentero imperativo del que hablábamos, y si bien por decisión propia, que ha tenido su precio, costo, recompensas, prerrogativas y detrimentos, no es madre, con humildad honra y agradece a la suya el valor de jugarse la vida para dar la vida…