La guerra está de moda y no sólo contra los narcos. Nos ahogan en refritos históricos, nos acribillan con los consabidos cartones heroicos de héroes acartonados y sucumbimos ante el revival de los estereotipos; menos mal que ahí están también las interpretaciones serias y las novedades de la investigación, visiones frescas que desentierran secretos y desenmascaran mitos.
En realidad, la guerra ha estado de moda desde hace 200 años. De alguna manera podemos medir el desarrollo de nuestro país de conflicto armado en conflicto armado. Entre bicentenario y centenario, o mejor dicho, entre la Independencia y la Revolución, México se debatió en un siglo XIX plagado de asonadas, golpes de estado, levantamientos y rebeliones de toda índole. La Independencia – tan manoseada últimamente – es una de esas luchas longevas que empezó con una serie de planteamientos no precisamente independentistas; siguió su curso según los vaivenes liberales y los vientos absolutistas que soplaron desde España; cambió de líderes varias veces (y por lo mismo de objetivos) y se definió de una vez por todas, 11 años después, por el restablecimiento de una constitución liberal que no convenía a los grupos de poder. Siempre me acordaré de la frase de Marco Almazán, en su Rediezcubrimiento de México: “la conquista la hicieron los indígenas, la independencia la hicieron los españoles…”
A partir de ahí, décadas de vivir bajo la amenaza de invasiones, intervenciones y guerras pasteleras. Tuvimos nuestra propia guerra civil: dos bandos, un país dividido por convicciones políticas y creencias religiosas, por planes conservadores y leyes reformadoras. Y llegamos así a la Revolución, otro intento – fallido, por cierto – de revertir el orden, de cambiar de raíz al país, liderado por cabecillas antagónicos, y cuyas repercusiones quizá estemos todavía padeciendo. Fácil atacar la dictadura treintañera de Porfirio Díaz, el villano por excelencia junto con Hernán Cortés, pero ni comparación con 70 años de dictadura priísta y de afanes desmanteladores de la riqueza de este país, alguna de la cual Don Porfirio sí construyó.
La Revolución Mexicana fue la primera gran revolución campesina del siglo XX, como aprendimos por allá de los setentas, tras leer la sobresaliente obra de Eric Wolf. Ahora estamos dando origen a una nueva modalidad en lo que a guerras se refiere. La guerra de los narcos contra el Estado mexicano, aunque se parezca en algunas cosas al caso de Colombia, no es igual, ni los narcos son insurgentes ni tampoco revolucionarios. Estamos ante la primera gran guerra empresarial del siglo XXI. La guerra de cierto grupo de empresarios – que hasta en Forbes aparecen – contra el Estado mexicano, para mantener su estatus quo, proteger sus cotos de poder y asegurar sus ganancias millonarias a través de subvertir el orden y secuestrar al país.
Desde mis ahora 57 veranos, miro hacia atrás y no puedo menos que caer en el cliché: ¡ah, qué tiempos aquellos!, cuando México, con todo y sus broncas ancestrales, era todavía una promesa y una esperanza. Aquel México que enarbolaba una política exterior de la que nos podíamos enorgullecer, el México que dedicaba el mayor porcentaje de su presupuesto a la educación. No el vendido, ni el lacayo, ni el de la rebatinga electoral por el poder, ni el copado por políticos y sindicatos gangsteriles, ni el manipulado por curas, ni el lisiado por traficantes de personas y pederastas. Quizá, sin quererlo, estemos “celebrando”, junto con el centenario y bicentenario de dos guerras, el momento más negro de la historia de México.
Personalmente, no obstante, sí he celebrado en estos días mi cumpleaños y todo lo que el universo me ha regalado y me regala cotidianamente, que es mucho y muy apreciado. Celebro y agradezco mi vida de privilegio, en el sentido de haber contado siempre con oportunidades de crecimiento, educación, desarrollo y libertad, gracias en gran medida a un entorno propicio. Celebro el México que me vio nacer y convertirme en quien ahora soy, el México que abrió los brazos a mis padres y abuelos, el que conocí a través del gran angular de la antropología, el México de mis tiempos, lindo y querido. Porque, con todo, sigue siendo un México lindo y un México querido, al cual también querría que me trajeran si muriera lejos de aquí.
Mi tiempo, mi historia, mis ancestros, mi entorno y cualquier otra cosa que se me ocurra, me interese, me ocupe y me parezca divertido, interesante, hermoso o importante compartir desde el Caribe mexicano.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
jueves, 24 de junio de 2010
Pippa reencontrada. Noticias del Trópico 43
Pippa reencontrada
Son muchos los lazos que me unen a Eva Johanna Antonen. Además de haberse encargado de la sección infantil de la Biblioteca Franklin - donde trabajó al lado y se hizo amiga de mi tía Mimi -, de que una parte de su vida transcurrió en una casita diseñada por ella en Tulum, de que leía adictivamente y amaba el sol, el mar, el color blanco, el arte popular mexicano y el mercado de San Miguel de Allende, esta maravillosa mujer nacida en Boston pero de origen lapón, fue mi primer contacto con los países escandinavos y una de mis hadas madrinas en lo que a proveerme de libros se refiere.
A Eva Johanna Antonen no le gustaba su nombre y por eso se fabricó uno nuevo, sencillo y distintivo: Toni, de su apellido, y Gerez, del amor de su vida. Por una de esas curiosidades coincidentes con las que el Universo suele divertirse, no sólo mi mamá y Luis Gerez se conocían desde sus días de estudiantes de medicina en Valladolid, sino que Luis y mi papá eran grandes amigos de juventud. Cuál no sería su sorpresa cuando al llegar mis papás a México en 1941, se toparon con aquel amigo de tiempos paralelos, un amigo que lo sería hasta la muerte. Con ese Gerez completó Toni su nombre inventado y encontró una vida llena de aventuras, primero en su preciosa casa colonial de San Ángel (de su mano, a mis cinco años, conocí el Bazar del Sábado), luego durante muchos años en Culiacán, batallando con alacranes y tarántulas mientras Luis se iba de pesca a Altata, y finalmente en San Miguel de Allende, donde la improbable pareja vivió feliz y pasó a formar parte del folklor y la memoria local.
Podría escribir varias páginas acerca de Toni Gerez, de su optimismo contagioso, de su acento gringo, de las grandes camisas de manta que usaba y que difícilmente disimulaban sus frondosos pechos. Bibliotecaria y lectora nata, sentía una curiosidad insaciable por saber lo que los demás estaban leyendo; si veía a alguien inmerso en un libro en un lugar público, tenía que asomarse a checar el título porque sentía una comunicación especial con quien ella consideraba un alma gemela. Ella misma escribió y publicó tres libros infantiles: Dos-Conejo, Siete-Viento y Mi canción es una pieza de jade, que recopilan poemas del México antiguo en inglés y español, y Louhi, Witch of North Farm, basado en el poema épico finlandés Kalevala. Antes de su muerte, salió a la luz en Finlandia el cuento para niños The Day the Bear Turns Over.
Mi prima, mi hermano y una gran amiga de la familia contribuyeron también con sus recuerdos para completar esta imagen: “Vestía, por temporadas, de un mismo color y había seleccionado el azul claro para la última etapa de su vida, cuando estuviera ya más cerca del cielo”. “Cuando Luis falleció, se hizo una bolsa con una de sus camisa porque decía que así siempre llevaba algo de el”. “En busca de sus orígenes finlandeses, buscó y encontró a su familia justamente por medio de su apellido. Fue entonces a Helsinki y los conoció a todos y hasta salió en los periódicos”. “Se instalaba en un hotelito frente a la Casa Lam en Álvaro Obregón y durante dos o tres días se dedicaba a comprar libros para la biblioteca de San Miguel de Allende, especialmente de literatura infantil. Fue así que le dedicaron una sala, la “Quetzal”, para la cual adquirió valiosas obras sobre México, además de que donó el sillón de un jefe huichol que por mucho tiempo tuvo junto a su estufita de hierro”.
Gracias a Toni Gerez y a su amor por los libros, llegó a mis manos, en 1962, cuando recién cumplí nueve años, la historia de Pippa Mediaslargas, otra niña de nueve años que vivía sola en “Villekulla”, vestía un traje de parches confeccionado por ella y largas medias de distinto color, poseía un tesoro en monedas de oro y se hacía acompañar de un monito de nombre Mr. Nelson. Pippa tenía una fuerza extraordinaria, no le temía a nadie y era capaz de poner en su lugar a una banda de chicos violentos y acosadores (“No eres muy amable con las damas” le dijo a uno de ellos, antes de darles una paliza y tacharlos de cobardes). No iba a la escuela y cuando un par de policías intentaron recluirla en un hogar infantil, se les enfrentó y escabulló de tal forma que decidieron que lo mejor era dejarla tranquila. En fin, es una historia muy divertida, que para mí lo era todavía más porque me parecía que Pippa y Toni eran igualmente geniales, excéntricas y singulares. ¿Quién me iba a decir que esa extraña niña sueca reaparecería transformada en una de las heroínas más originales de los últimos tiempos?
Suecia está ahora en la mente y la boca del mundo lector gracias a la trilogía Milenio, escrita por Stieg Larsson. Supe de esta obra por varios lados simultáneamente, incluyendo el regalo del primer tomo, titulado en inglés The Girl with the Dragon Tatoo. Ya desde ahí sabemos que estaremos lidiando con un personaje fuera de lo común. La versión en español sigue al pie de la letra el título sueco: Los hombres que no amaban a las mujeres, y revela la temática más importante de todas las que Larsson entrelaza magistralmente a lo largo de la trilogía: la violencia individual e institucional que se ejerce contra las mujeres, por ser mujeres, y contra las niñas y niños, las migrantes ilegales y todas aquellas que tienen la mala suerte de caer en manos de las mafias del mundo dedicadas al comercio y la explotación sexual. Los siguientes dos tomos tienen títulos igualmente inusuales: The Girl who played with Fire o La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, y The Girl who kicked the Hornet’s Nest o La reina en el palacio de las corrientes de aire.
Lizbeth Salander, la protagonista de Milenio, es una Pippa postmoderna: pequeña de estatura, delgadísima al punto de anorexia aunque se alimente de comida chatarra, con tatuajes y piercings, bisexual, introvertida, solitaria, billonaria y hacker consumada (al final de su libro, Pippa exclama: “¡Cuando sea mayor seré pirata!”). Acompaña a Lizbeth en sus aventuras dilucidadoras de crímenes, rescatadoras de inocentes, castigadoras de violadores y asesinos, y reveladoras de corrupción y violencia hasta en las más altas esferas del gobierno sueco, un personaje inspirado también en otra obra infantil de la autora de Pippa Mediaslargas, Astrid Lindgren. Se trata del niño detective Kalle Blomkvist, que sirvió a Stieg Larsson de modelo para el periodista, fundador y editor estrella de la revista de investigación y denuncia política Milenio.
Los temas que Larsson logró entretejer en su trilogía son tan variados como fascinantes. Me llegó al corazón la violencia contra las mujeres, la trata de personas, la realidad de tantos hombres que odian a las mujeres por el sólo hecho de serlo. Me intrigaron los ejemplos históricos de la presencia femenina en la guerra y miré con nuevos ojos a las adelitas. Me divirtió la incursión de Lizbeth Salander en las matemáticas y que encontrara la solución del propio Fermat a su insoluble teorema. Me encantó la magia de la investigación, cuyos horizontes se han abierto de forma tal que cuando yo me inicié en la búsqueda de información documental y bibliográfica resultaban totalmente impredecibles e inimaginables. Milenio es, de hecho, un manual/lección en investigación, que igual vale para aclarar robos y secuestros que para abordar interrogantes académicas. Sobre todo, la lectura de Milenio me remitió a mis propios recuerdos de Suecia.
A punto de cumplir 16 años, hice junto con mis padres y mi hermano Alfredo un memorable viaje en coche que nos llevó desde Holanda hasta Bélgica pero por la vía larga, o sea, atravesando Alemania, Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, la Unión Soviética, Polonia y nuevamente Alemania. Cuando en aquel verano de 1969, tras de visitar Kronborg, el castillo de Hamlet en Elsinore, abordamos un ferry de Dinamarca a Suecia, tuvimos nuestro primer contacto con este reino socialista sui géneris, inventor del Ombudsman, donde el precepto fundamental de la democracia es la libertad de expresión, derecho humano que abarca a todos los demás.
Luego del tour por Noruega, cruzamos nuevamente, pero sin darnos cuenta, la frontera sueca, y el paisaje noruego de cultivos dio lugar a praderas, pastizales y bosques de coníferas. Pasamos por lugares que Milenio me traería a la memoria, como Göteborg y Udevalla. Disfrutamos de los abundantes smorgasbord o bufets de carnes frías, quesos, panes diversos y otros ingredientes de la cocina sueca. Finalmente llegamos a Estocolmo, que se recorre tanto en barco, por estar construida sobre 14 islas, como en coche, a través de sus 57 puentes. Es una ciudad preciosa.
Tras la visita al Rathaus o sede del gobierno municipal, nos encontramos en el parabrisas del coche un tarjetón de la policía que, en varios idiomas, decía lo siguiente: “Sabemos que son ustedes extranjeros y que desconocen las leyes y reglas de tránsito de nuestro país. Cuando vean este signo – un dibujito – no estacionen su vehículo porque indica zona prohibida. Gracias por su cooperación y ¡bienvenidos a Suecia!” Nos pareció el colmo de la civilización.
Califiqué a los suecos, en mi diario de viaje, como “demasiado descarados y atrevidos”… Quizá mi juventud, aspecto y vestidos de paliacates y jorongos mexicanos provocaron un exceso de sonrisas, guiños, piropos, acercamientos e invitaciones de suecos de ojos azulísimos pero en su mayoría borrachos como cubas. No me privé, sin embargo, de bailar “Lady Madonna” con mi hermano, para regocijo de los comensales del restaurant donde cenamos una noche y donde tocaba un conjunto de 4 suecos inolvidablemente guapos.
La continuación del viaje nos llevó de Suecia a Finlandia, donde muchos rostros venidos de la Laponía nos recordaron de inmediato las facciones alegres y los ojos medio rasgadillos de Toni Gerez. Y en su honor recordé en mi diario a Pippa Mediaslargas, a Nils Holgersson, a Kalle Blomkvist y a otros héroes y heroínas de las historias que, gracias a Toni, disfruté en mi infancia, y que ahora, tantos años después, he vuelto a encontrar.
Son muchos los lazos que me unen a Eva Johanna Antonen. Además de haberse encargado de la sección infantil de la Biblioteca Franklin - donde trabajó al lado y se hizo amiga de mi tía Mimi -, de que una parte de su vida transcurrió en una casita diseñada por ella en Tulum, de que leía adictivamente y amaba el sol, el mar, el color blanco, el arte popular mexicano y el mercado de San Miguel de Allende, esta maravillosa mujer nacida en Boston pero de origen lapón, fue mi primer contacto con los países escandinavos y una de mis hadas madrinas en lo que a proveerme de libros se refiere.
A Eva Johanna Antonen no le gustaba su nombre y por eso se fabricó uno nuevo, sencillo y distintivo: Toni, de su apellido, y Gerez, del amor de su vida. Por una de esas curiosidades coincidentes con las que el Universo suele divertirse, no sólo mi mamá y Luis Gerez se conocían desde sus días de estudiantes de medicina en Valladolid, sino que Luis y mi papá eran grandes amigos de juventud. Cuál no sería su sorpresa cuando al llegar mis papás a México en 1941, se toparon con aquel amigo de tiempos paralelos, un amigo que lo sería hasta la muerte. Con ese Gerez completó Toni su nombre inventado y encontró una vida llena de aventuras, primero en su preciosa casa colonial de San Ángel (de su mano, a mis cinco años, conocí el Bazar del Sábado), luego durante muchos años en Culiacán, batallando con alacranes y tarántulas mientras Luis se iba de pesca a Altata, y finalmente en San Miguel de Allende, donde la improbable pareja vivió feliz y pasó a formar parte del folklor y la memoria local.
Podría escribir varias páginas acerca de Toni Gerez, de su optimismo contagioso, de su acento gringo, de las grandes camisas de manta que usaba y que difícilmente disimulaban sus frondosos pechos. Bibliotecaria y lectora nata, sentía una curiosidad insaciable por saber lo que los demás estaban leyendo; si veía a alguien inmerso en un libro en un lugar público, tenía que asomarse a checar el título porque sentía una comunicación especial con quien ella consideraba un alma gemela. Ella misma escribió y publicó tres libros infantiles: Dos-Conejo, Siete-Viento y Mi canción es una pieza de jade, que recopilan poemas del México antiguo en inglés y español, y Louhi, Witch of North Farm, basado en el poema épico finlandés Kalevala. Antes de su muerte, salió a la luz en Finlandia el cuento para niños The Day the Bear Turns Over.
Mi prima, mi hermano y una gran amiga de la familia contribuyeron también con sus recuerdos para completar esta imagen: “Vestía, por temporadas, de un mismo color y había seleccionado el azul claro para la última etapa de su vida, cuando estuviera ya más cerca del cielo”. “Cuando Luis falleció, se hizo una bolsa con una de sus camisa porque decía que así siempre llevaba algo de el”. “En busca de sus orígenes finlandeses, buscó y encontró a su familia justamente por medio de su apellido. Fue entonces a Helsinki y los conoció a todos y hasta salió en los periódicos”. “Se instalaba en un hotelito frente a la Casa Lam en Álvaro Obregón y durante dos o tres días se dedicaba a comprar libros para la biblioteca de San Miguel de Allende, especialmente de literatura infantil. Fue así que le dedicaron una sala, la “Quetzal”, para la cual adquirió valiosas obras sobre México, además de que donó el sillón de un jefe huichol que por mucho tiempo tuvo junto a su estufita de hierro”.
Gracias a Toni Gerez y a su amor por los libros, llegó a mis manos, en 1962, cuando recién cumplí nueve años, la historia de Pippa Mediaslargas, otra niña de nueve años que vivía sola en “Villekulla”, vestía un traje de parches confeccionado por ella y largas medias de distinto color, poseía un tesoro en monedas de oro y se hacía acompañar de un monito de nombre Mr. Nelson. Pippa tenía una fuerza extraordinaria, no le temía a nadie y era capaz de poner en su lugar a una banda de chicos violentos y acosadores (“No eres muy amable con las damas” le dijo a uno de ellos, antes de darles una paliza y tacharlos de cobardes). No iba a la escuela y cuando un par de policías intentaron recluirla en un hogar infantil, se les enfrentó y escabulló de tal forma que decidieron que lo mejor era dejarla tranquila. En fin, es una historia muy divertida, que para mí lo era todavía más porque me parecía que Pippa y Toni eran igualmente geniales, excéntricas y singulares. ¿Quién me iba a decir que esa extraña niña sueca reaparecería transformada en una de las heroínas más originales de los últimos tiempos?
Suecia está ahora en la mente y la boca del mundo lector gracias a la trilogía Milenio, escrita por Stieg Larsson. Supe de esta obra por varios lados simultáneamente, incluyendo el regalo del primer tomo, titulado en inglés The Girl with the Dragon Tatoo. Ya desde ahí sabemos que estaremos lidiando con un personaje fuera de lo común. La versión en español sigue al pie de la letra el título sueco: Los hombres que no amaban a las mujeres, y revela la temática más importante de todas las que Larsson entrelaza magistralmente a lo largo de la trilogía: la violencia individual e institucional que se ejerce contra las mujeres, por ser mujeres, y contra las niñas y niños, las migrantes ilegales y todas aquellas que tienen la mala suerte de caer en manos de las mafias del mundo dedicadas al comercio y la explotación sexual. Los siguientes dos tomos tienen títulos igualmente inusuales: The Girl who played with Fire o La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, y The Girl who kicked the Hornet’s Nest o La reina en el palacio de las corrientes de aire.
Lizbeth Salander, la protagonista de Milenio, es una Pippa postmoderna: pequeña de estatura, delgadísima al punto de anorexia aunque se alimente de comida chatarra, con tatuajes y piercings, bisexual, introvertida, solitaria, billonaria y hacker consumada (al final de su libro, Pippa exclama: “¡Cuando sea mayor seré pirata!”). Acompaña a Lizbeth en sus aventuras dilucidadoras de crímenes, rescatadoras de inocentes, castigadoras de violadores y asesinos, y reveladoras de corrupción y violencia hasta en las más altas esferas del gobierno sueco, un personaje inspirado también en otra obra infantil de la autora de Pippa Mediaslargas, Astrid Lindgren. Se trata del niño detective Kalle Blomkvist, que sirvió a Stieg Larsson de modelo para el periodista, fundador y editor estrella de la revista de investigación y denuncia política Milenio.
Los temas que Larsson logró entretejer en su trilogía son tan variados como fascinantes. Me llegó al corazón la violencia contra las mujeres, la trata de personas, la realidad de tantos hombres que odian a las mujeres por el sólo hecho de serlo. Me intrigaron los ejemplos históricos de la presencia femenina en la guerra y miré con nuevos ojos a las adelitas. Me divirtió la incursión de Lizbeth Salander en las matemáticas y que encontrara la solución del propio Fermat a su insoluble teorema. Me encantó la magia de la investigación, cuyos horizontes se han abierto de forma tal que cuando yo me inicié en la búsqueda de información documental y bibliográfica resultaban totalmente impredecibles e inimaginables. Milenio es, de hecho, un manual/lección en investigación, que igual vale para aclarar robos y secuestros que para abordar interrogantes académicas. Sobre todo, la lectura de Milenio me remitió a mis propios recuerdos de Suecia.
A punto de cumplir 16 años, hice junto con mis padres y mi hermano Alfredo un memorable viaje en coche que nos llevó desde Holanda hasta Bélgica pero por la vía larga, o sea, atravesando Alemania, Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, la Unión Soviética, Polonia y nuevamente Alemania. Cuando en aquel verano de 1969, tras de visitar Kronborg, el castillo de Hamlet en Elsinore, abordamos un ferry de Dinamarca a Suecia, tuvimos nuestro primer contacto con este reino socialista sui géneris, inventor del Ombudsman, donde el precepto fundamental de la democracia es la libertad de expresión, derecho humano que abarca a todos los demás.
Luego del tour por Noruega, cruzamos nuevamente, pero sin darnos cuenta, la frontera sueca, y el paisaje noruego de cultivos dio lugar a praderas, pastizales y bosques de coníferas. Pasamos por lugares que Milenio me traería a la memoria, como Göteborg y Udevalla. Disfrutamos de los abundantes smorgasbord o bufets de carnes frías, quesos, panes diversos y otros ingredientes de la cocina sueca. Finalmente llegamos a Estocolmo, que se recorre tanto en barco, por estar construida sobre 14 islas, como en coche, a través de sus 57 puentes. Es una ciudad preciosa.
Tras la visita al Rathaus o sede del gobierno municipal, nos encontramos en el parabrisas del coche un tarjetón de la policía que, en varios idiomas, decía lo siguiente: “Sabemos que son ustedes extranjeros y que desconocen las leyes y reglas de tránsito de nuestro país. Cuando vean este signo – un dibujito – no estacionen su vehículo porque indica zona prohibida. Gracias por su cooperación y ¡bienvenidos a Suecia!” Nos pareció el colmo de la civilización.
Califiqué a los suecos, en mi diario de viaje, como “demasiado descarados y atrevidos”… Quizá mi juventud, aspecto y vestidos de paliacates y jorongos mexicanos provocaron un exceso de sonrisas, guiños, piropos, acercamientos e invitaciones de suecos de ojos azulísimos pero en su mayoría borrachos como cubas. No me privé, sin embargo, de bailar “Lady Madonna” con mi hermano, para regocijo de los comensales del restaurant donde cenamos una noche y donde tocaba un conjunto de 4 suecos inolvidablemente guapos.
La continuación del viaje nos llevó de Suecia a Finlandia, donde muchos rostros venidos de la Laponía nos recordaron de inmediato las facciones alegres y los ojos medio rasgadillos de Toni Gerez. Y en su honor recordé en mi diario a Pippa Mediaslargas, a Nils Holgersson, a Kalle Blomkvist y a otros héroes y heroínas de las historias que, gracias a Toni, disfruté en mi infancia, y que ahora, tantos años después, he vuelto a encontrar.
martes, 4 de mayo de 2010
Un alto en el camino. Noticias del Trópico 42
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 12, núm. 42, 4 de mayo, 2010.
Un alto en el camino
Iba a escribir sobre la paciencia y todavía lo haré, pero no hoy. Desde la tranquilidad del campamento gitano en el que se ha convertido la planta baja de mi casa, veo literalmente las horas pasar. ¿Tal y como decía Apollinaire que pasaban para él los días y las semanas, viendo correr las aguas del Sena bajo el puente Mirabeau? No tan poéticamente, de plano, pero sí a un ritmo distinto al cotidiano, más lento, con espacio suficiente para saborear los pensamientos, escuchar la diversidad de trinos y cantos y graznidos de los pájaros al salir el sol, ver como cambia la luz, la brisa, la sombra de mis palmeras conforme avanza el día.
Hace exactamente un mes. Domingo de Pascua en St Thomas. 4 de la tarde. Solazo pegando en la terraza frente al mar, mientras, de cuclillas, limpiaba un librero que John y yo acabábamos de rescatar de una bodega abandonada. Cuando intenté ponerme de pie, ya no pude. Me quedé viendo estrellitas de dolor, la rodilla derecha bloqueada, sin poderla estirar, sin poder apoyar el pie en el suelo. Lo peor de las horas que siguieron a ese tonto accidente (¿no lo son todos?) fue mi enojo conmigo misma. Luego me metí a Internet a buscar respuestas y soluciones. Todo apuntaba a un esguince, pero fiel a la tradición catastrófica Viliesid, me fui hasta la cocina y me autodiagnostiqué desgarro de meniscos. Lo importante fue el sentido común de quedarme en reposo, poner la pierna en alto, vendarme la rodilla y esperar. John tuvo que ir a comprar unas muletas y todavía me di el lujo de pedirlas “bonitas”. Vanidad ante todo.
Desde entonces me he sentido en un sueño, en una obra de teatro, en una historia que no es la mía, como si estuviera interpretando un papel ajeno, como un desdoble de la personalidad. Soy lo que se dice “una hacedora”. Yo hago cosas. Ése es mi asunto, mi rollo. Y desde hace un mes, el 90% de las cosas que ocupan mi vida, no las puedo hacer. Mi “hacer” se ha visto drásticamente limitado a las funciones básicas del día a día, siempre y cuando no involucren movimiento. Puedo trabajar a ratos en la computadora, y gracias sean dadas a l@s dios@s por mi reposet. Tengo mil libros que leer y bastantes películas que ver. Puedo desplazarme al jardín y bañarme con la manguera sentada en una silla. Pero no mucho más.
Quizá porque estoy tantas horas en silencio, con tanto tiempo para pensar, con la calma necesaria para hacer mis respiraciones y mis mudras sanadores, he estado recordando con mayor claridad mis sueños. Hace unos días soñé que caminaba otra vez, con muchas precauciones claro está, y la sensación era sí de fragilidad, pero también de novedad y descubrimiento, como si me deslizara ligera y semiflotando por el suelo. Otra noche soñé que entraba a mi casa apoyada en las muletas y que alguien me había cambiado todo de lugar y había sustituido algunos de mis muebles por otros, y ese caos me asustó y encolerizó. También me han visitado en sueños fantasmas de otros tiempos, sus cosméticos y botes de crema en perfecto orden y colores, en un tocador donde ya no había espacio para mí, y cuando me miré en aquel espejo, vi la cara nada menos que de Denzel Washington. ¡Eso sí que desafió mi interpretación!
Tras los sueños viene el despertar a una realidad muy concreta. Una persona discapacitada se ve obligada a hacer ajustes en su idea de lo que es propio, conveniente e íntimo. Tiene forzosamente que aceptar esa realidad, la de depender y confiar en los demás, hacerlos partícipes de su vida personal y poder decir, en un momento dado, ok me rindo. Parte de la gran incertidumbre que sentía en el regreso de St Thomas a Cancún incluía actividades que normalmente hacemos en privado. Obligada por las circunstancias, no fue tan difícil decirle a la amable señorita que me condujo por la aduana y revisión de equipaje que me acercara a un baño. Su momentáneo gesto de disgusto quizá se debiera a que pensó que yo necesitaría algún tipo de ayuda, pero la tranquilicé diciendo que yo me las podía arreglar sola y ella me tranquilizó diciendo que me esperaba con la silla de ruedas a la puerta. Tampoco fue difícil dejarme cachear completamente por una mujer policía, al no poder cruzar por mi propio pie a través del detector de metales. Fue interesante el ritual de la revisión corporal de los gringos, siempre pendientes de que no los demanden por abuso, porque me fue explicando cada movimiento del dorso de sus manos para asegurarse que no llevara yo armas escondidas.
Lo que sí pensé que me costaría más trabajo fue pedirle al chico cubano que me recibió en Miami con la silla de ruedas, que me llevara al baño y a comer algo. Pero resultó, en cierto sentido, más fácil y de plano divertido. Primero, porque me transportó a velocidades suicidas por los largos pasillos del aeropuerto de Miami, sorteando viajeros y maletas a diestra y siniestra, a tal punto que creí que nos estrellaríamos contra alguien o que yo saldría disparada en cualquier momento. Como buen cubano, además, cada vez que veía a una chica guapa, viraba la silla de ruedas para que pudiéramos pasar cerca de ella y soltarle un piropo. Acabó dándome risa. Y no sólo me llevó a un baño especial para personas discapacitadas – “cuando termine nada más me da un grito y entro por usted” – sino que me compró un wrap de pavo y algo de beber antes de depositarme en la sala de espera donde saldría el avión a Cancún. Nunca me había quedado tan claro que la discapacidad requiere de soltar cierta vergüenza y de adquirir cierta fortaleza para pedir ayuda y dejarse ayudar. Bajar los puentes, vulnerar las defensas, abrir las compuertas, dejar entrar a la gente a la intimidad.
Y siempre hay una mano amiga, o al menos esa ha sido mi experiencia. Me subieron al avión en St Thomas en un elevador donde había otra señora en su silla de ruedas. Nos saludamos como viejas conocidas, como si perteneciéramos al mismo club; compartimos historias de accidentes y daños; me sentí acompañada y sobre todo comprendida. Ella viajaba con su marido, lo cual le facilitaba las cosas, y éste se ofreció también a ayudarme. En Cancún, después de que un amabilísimo hombre me pasó por migraciones y aduanas como una exhalación hasta el estacionamiento, me esperaba mi amiga/hermana, que me albergó en su casa, me llevó al médico, al ultrasonido, a farmacias y tiendas de ortopedia, al súper y finalmente a mi casa. Otras amigas, amigos, parientes, colegas de la biblioteca y de la universidad, vecinos y mi ayudante/mano derecha y su familia han estado al pie del cañón. Siento cotidianamente su apoyo y su cariño, como el de otros seres queridos en la distancia y el de John, aún lidiando como está, con sus propios problemas de salud. Ayuda no falta en la vida, eso me queda claro, como me queda clara la confabulación del universo para que las cosas salgan como tienen que salir. Yo sólo debo confiar y abrir mi corazón. La autosuficiencia también tiene límites.
La mayor lección, no obstante podría ser la pérdida de control, el imperativo de soltar el control, porque no hay de otra; pero en realidad, el aprendizaje detrás de esta lección es que no hay nada, absolutamente nada, ni siquiera nuestro cuerpo, ni siquiera nuestra mente, que esté bajo nuestro control. Esta palabra podrá aplicarse a los controles de una máquina o de un vehículo, pero no tiene cabida en la incertidumbre del mundo humano, o mejor dicho, no tiene cabida en lo que se refiere a la naturaleza y a la vida. Suponemos que estamos en control de lo que hacemos y lo que nos rodea, pero es sólo una pantalla que proyecta otras pantallas de seguridad, solidez, permanencia. Son muletas. Ahora, en mi nueva inseguridad y vulnerabilidad, me aferro a mis muletas como mi único medio de sostén, mi escaso y limitado medio de control y solidez. Pero hasta mis muletas se resbalan y tambalean. La lección de Buda sobre la impermanencia acaba de adquirir en mi vida un sentido real. Se transformó de teoría en certeza práctica.
No iba a escribir sobre la paciencia, pero la experiencia de tener que acudir al Seguro Social por mi incapacidad fue una soberana lección en esta admirable cualidad de la que yo, siento decirlo, carezco. Impaciente, al fin y al cabo, nunca me había dado el tiempo de ir a tramitar mi carnet y si no fuera porque varias personas se apiadaron de mi y mis muletas, habría tenido que regresar, hacer cola para obtener una de las 9 fichas para carnets, luego ponerme en la otra cola para obtener una de las 40 fichas para solicitar cita con el médico familiar, regresar probablemente al día siguiente a esperar mi turno. A punto estuve de mandar a volar todo el asunto, pero gracias a la compañía, ayuda y sabios consejos de dos compañeros de la biblioteca que estaban conmigo, obtuve el carnet, vi al médico familiar, me dieron mi incapacidad y encontré la fuerza y la paciencia para ir todavía a hacer más colas por más fichas a la clínica de especialidades, no sin antes pasar por urgencias como requisito de un complicado e incomprensible protocolo burocrático.
No se si aprendí la lección y tengo ahora más paciencia que antes. Lo que sí siento es un renovado respeto por todas aquellas personas cuya única opción de salud es el IMSS, que hacen cola para obtener fichas a veces desde las 4 de la mañana en medio de niños tosiendo y adultos enfermos. Y mi respeto se extiende aún más hacia todas aquellas personas que sufren alguna incapacidad. El mundo no está hecho para ellas. Ciertamente hay rampas y baños más grandes y lugares especiales de estacionamiento, pero el reto que enfrentan es algo inimaginable hasta que una tiene que vérselas con un simple movimiento como es el acto de caminar. No quiero imaginar lo difícil que debe ser la cotidianeidad para las personas que de por vida viven en sillas de ruedas o se mueven con muletas, o a quienes les falta un brazo o no pueden ver. Para mí hay luz al final del túnel, pero no se si el material del que estoy hecha resistiría, sin amargura aniquilante, una vida de continuos desafíos semejantes.
Me esperan todavía dos semanas más de incapacidad y el lento camino de la terapia de rehabilitación física. Me contaba mi mamá que, de pequeña, aprendí a hablar antes que a caminar. No creo que por flojera, sino por precaución. Ahora es posible que tenga que aprender a caminar nuevamente y cuando visualizo el proceso siento trepidación pero más que nada unas ganas enormes de hacerlo. Me veo caminando por la playa, subiendo las escaleras de la biblioteca, haciendo ejercicio en la escaladora, bailando salsa con mis amigas. Pero sobre todo me veo a mi misma cuidándome con una nueva consciencia. Con una amorosa, paciente y compasiva consciencia. Que así sea.
¡Noticias del Trópico ya está en un blog!
http://noticiasdeltropico-lorenzia3.blogspot.com/
El newsletter de Lorenzia, año 12, núm. 42, 4 de mayo, 2010.
Un alto en el camino
Iba a escribir sobre la paciencia y todavía lo haré, pero no hoy. Desde la tranquilidad del campamento gitano en el que se ha convertido la planta baja de mi casa, veo literalmente las horas pasar. ¿Tal y como decía Apollinaire que pasaban para él los días y las semanas, viendo correr las aguas del Sena bajo el puente Mirabeau? No tan poéticamente, de plano, pero sí a un ritmo distinto al cotidiano, más lento, con espacio suficiente para saborear los pensamientos, escuchar la diversidad de trinos y cantos y graznidos de los pájaros al salir el sol, ver como cambia la luz, la brisa, la sombra de mis palmeras conforme avanza el día.
Hace exactamente un mes. Domingo de Pascua en St Thomas. 4 de la tarde. Solazo pegando en la terraza frente al mar, mientras, de cuclillas, limpiaba un librero que John y yo acabábamos de rescatar de una bodega abandonada. Cuando intenté ponerme de pie, ya no pude. Me quedé viendo estrellitas de dolor, la rodilla derecha bloqueada, sin poderla estirar, sin poder apoyar el pie en el suelo. Lo peor de las horas que siguieron a ese tonto accidente (¿no lo son todos?) fue mi enojo conmigo misma. Luego me metí a Internet a buscar respuestas y soluciones. Todo apuntaba a un esguince, pero fiel a la tradición catastrófica Viliesid, me fui hasta la cocina y me autodiagnostiqué desgarro de meniscos. Lo importante fue el sentido común de quedarme en reposo, poner la pierna en alto, vendarme la rodilla y esperar. John tuvo que ir a comprar unas muletas y todavía me di el lujo de pedirlas “bonitas”. Vanidad ante todo.
Desde entonces me he sentido en un sueño, en una obra de teatro, en una historia que no es la mía, como si estuviera interpretando un papel ajeno, como un desdoble de la personalidad. Soy lo que se dice “una hacedora”. Yo hago cosas. Ése es mi asunto, mi rollo. Y desde hace un mes, el 90% de las cosas que ocupan mi vida, no las puedo hacer. Mi “hacer” se ha visto drásticamente limitado a las funciones básicas del día a día, siempre y cuando no involucren movimiento. Puedo trabajar a ratos en la computadora, y gracias sean dadas a l@s dios@s por mi reposet. Tengo mil libros que leer y bastantes películas que ver. Puedo desplazarme al jardín y bañarme con la manguera sentada en una silla. Pero no mucho más.
Quizá porque estoy tantas horas en silencio, con tanto tiempo para pensar, con la calma necesaria para hacer mis respiraciones y mis mudras sanadores, he estado recordando con mayor claridad mis sueños. Hace unos días soñé que caminaba otra vez, con muchas precauciones claro está, y la sensación era sí de fragilidad, pero también de novedad y descubrimiento, como si me deslizara ligera y semiflotando por el suelo. Otra noche soñé que entraba a mi casa apoyada en las muletas y que alguien me había cambiado todo de lugar y había sustituido algunos de mis muebles por otros, y ese caos me asustó y encolerizó. También me han visitado en sueños fantasmas de otros tiempos, sus cosméticos y botes de crema en perfecto orden y colores, en un tocador donde ya no había espacio para mí, y cuando me miré en aquel espejo, vi la cara nada menos que de Denzel Washington. ¡Eso sí que desafió mi interpretación!
Tras los sueños viene el despertar a una realidad muy concreta. Una persona discapacitada se ve obligada a hacer ajustes en su idea de lo que es propio, conveniente e íntimo. Tiene forzosamente que aceptar esa realidad, la de depender y confiar en los demás, hacerlos partícipes de su vida personal y poder decir, en un momento dado, ok me rindo. Parte de la gran incertidumbre que sentía en el regreso de St Thomas a Cancún incluía actividades que normalmente hacemos en privado. Obligada por las circunstancias, no fue tan difícil decirle a la amable señorita que me condujo por la aduana y revisión de equipaje que me acercara a un baño. Su momentáneo gesto de disgusto quizá se debiera a que pensó que yo necesitaría algún tipo de ayuda, pero la tranquilicé diciendo que yo me las podía arreglar sola y ella me tranquilizó diciendo que me esperaba con la silla de ruedas a la puerta. Tampoco fue difícil dejarme cachear completamente por una mujer policía, al no poder cruzar por mi propio pie a través del detector de metales. Fue interesante el ritual de la revisión corporal de los gringos, siempre pendientes de que no los demanden por abuso, porque me fue explicando cada movimiento del dorso de sus manos para asegurarse que no llevara yo armas escondidas.
Lo que sí pensé que me costaría más trabajo fue pedirle al chico cubano que me recibió en Miami con la silla de ruedas, que me llevara al baño y a comer algo. Pero resultó, en cierto sentido, más fácil y de plano divertido. Primero, porque me transportó a velocidades suicidas por los largos pasillos del aeropuerto de Miami, sorteando viajeros y maletas a diestra y siniestra, a tal punto que creí que nos estrellaríamos contra alguien o que yo saldría disparada en cualquier momento. Como buen cubano, además, cada vez que veía a una chica guapa, viraba la silla de ruedas para que pudiéramos pasar cerca de ella y soltarle un piropo. Acabó dándome risa. Y no sólo me llevó a un baño especial para personas discapacitadas – “cuando termine nada más me da un grito y entro por usted” – sino que me compró un wrap de pavo y algo de beber antes de depositarme en la sala de espera donde saldría el avión a Cancún. Nunca me había quedado tan claro que la discapacidad requiere de soltar cierta vergüenza y de adquirir cierta fortaleza para pedir ayuda y dejarse ayudar. Bajar los puentes, vulnerar las defensas, abrir las compuertas, dejar entrar a la gente a la intimidad.
Y siempre hay una mano amiga, o al menos esa ha sido mi experiencia. Me subieron al avión en St Thomas en un elevador donde había otra señora en su silla de ruedas. Nos saludamos como viejas conocidas, como si perteneciéramos al mismo club; compartimos historias de accidentes y daños; me sentí acompañada y sobre todo comprendida. Ella viajaba con su marido, lo cual le facilitaba las cosas, y éste se ofreció también a ayudarme. En Cancún, después de que un amabilísimo hombre me pasó por migraciones y aduanas como una exhalación hasta el estacionamiento, me esperaba mi amiga/hermana, que me albergó en su casa, me llevó al médico, al ultrasonido, a farmacias y tiendas de ortopedia, al súper y finalmente a mi casa. Otras amigas, amigos, parientes, colegas de la biblioteca y de la universidad, vecinos y mi ayudante/mano derecha y su familia han estado al pie del cañón. Siento cotidianamente su apoyo y su cariño, como el de otros seres queridos en la distancia y el de John, aún lidiando como está, con sus propios problemas de salud. Ayuda no falta en la vida, eso me queda claro, como me queda clara la confabulación del universo para que las cosas salgan como tienen que salir. Yo sólo debo confiar y abrir mi corazón. La autosuficiencia también tiene límites.
La mayor lección, no obstante podría ser la pérdida de control, el imperativo de soltar el control, porque no hay de otra; pero en realidad, el aprendizaje detrás de esta lección es que no hay nada, absolutamente nada, ni siquiera nuestro cuerpo, ni siquiera nuestra mente, que esté bajo nuestro control. Esta palabra podrá aplicarse a los controles de una máquina o de un vehículo, pero no tiene cabida en la incertidumbre del mundo humano, o mejor dicho, no tiene cabida en lo que se refiere a la naturaleza y a la vida. Suponemos que estamos en control de lo que hacemos y lo que nos rodea, pero es sólo una pantalla que proyecta otras pantallas de seguridad, solidez, permanencia. Son muletas. Ahora, en mi nueva inseguridad y vulnerabilidad, me aferro a mis muletas como mi único medio de sostén, mi escaso y limitado medio de control y solidez. Pero hasta mis muletas se resbalan y tambalean. La lección de Buda sobre la impermanencia acaba de adquirir en mi vida un sentido real. Se transformó de teoría en certeza práctica.
No iba a escribir sobre la paciencia, pero la experiencia de tener que acudir al Seguro Social por mi incapacidad fue una soberana lección en esta admirable cualidad de la que yo, siento decirlo, carezco. Impaciente, al fin y al cabo, nunca me había dado el tiempo de ir a tramitar mi carnet y si no fuera porque varias personas se apiadaron de mi y mis muletas, habría tenido que regresar, hacer cola para obtener una de las 9 fichas para carnets, luego ponerme en la otra cola para obtener una de las 40 fichas para solicitar cita con el médico familiar, regresar probablemente al día siguiente a esperar mi turno. A punto estuve de mandar a volar todo el asunto, pero gracias a la compañía, ayuda y sabios consejos de dos compañeros de la biblioteca que estaban conmigo, obtuve el carnet, vi al médico familiar, me dieron mi incapacidad y encontré la fuerza y la paciencia para ir todavía a hacer más colas por más fichas a la clínica de especialidades, no sin antes pasar por urgencias como requisito de un complicado e incomprensible protocolo burocrático.
No se si aprendí la lección y tengo ahora más paciencia que antes. Lo que sí siento es un renovado respeto por todas aquellas personas cuya única opción de salud es el IMSS, que hacen cola para obtener fichas a veces desde las 4 de la mañana en medio de niños tosiendo y adultos enfermos. Y mi respeto se extiende aún más hacia todas aquellas personas que sufren alguna incapacidad. El mundo no está hecho para ellas. Ciertamente hay rampas y baños más grandes y lugares especiales de estacionamiento, pero el reto que enfrentan es algo inimaginable hasta que una tiene que vérselas con un simple movimiento como es el acto de caminar. No quiero imaginar lo difícil que debe ser la cotidianeidad para las personas que de por vida viven en sillas de ruedas o se mueven con muletas, o a quienes les falta un brazo o no pueden ver. Para mí hay luz al final del túnel, pero no se si el material del que estoy hecha resistiría, sin amargura aniquilante, una vida de continuos desafíos semejantes.
Me esperan todavía dos semanas más de incapacidad y el lento camino de la terapia de rehabilitación física. Me contaba mi mamá que, de pequeña, aprendí a hablar antes que a caminar. No creo que por flojera, sino por precaución. Ahora es posible que tenga que aprender a caminar nuevamente y cuando visualizo el proceso siento trepidación pero más que nada unas ganas enormes de hacerlo. Me veo caminando por la playa, subiendo las escaleras de la biblioteca, haciendo ejercicio en la escaladora, bailando salsa con mis amigas. Pero sobre todo me veo a mi misma cuidándome con una nueva consciencia. Con una amorosa, paciente y compasiva consciencia. Que así sea.
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viernes, 5 de febrero de 2010
Curriculum vitae. Noticias del Trópico 41
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 12, núm. 41, 31 de enero, 2010.
Curriculum vitae
A horcajadas entre dos mundos - el Viejo y el Nuevo - fui concebida en el gran cañón del Colorado en los albores del invierno y nací en el altiplano mexicano en las postrimerías del verano. Es decir, soy Tierra por todos los costados y doblemente Virgo. Será por eso que hace más de 18 años vivo frente al Caribe; porque anhelo el equilibrio del mar y sus horizontes.
Provengo de un caldero de culturas forjado en Iberia, por más que haya nacido en la meseta de Anáhuac. Y con todo, mi querencia es de ave y flor tropical.
En otras vidas fui orgullosa académica, maestra y curandera. Luego comprendí que sobre todo soy, y siempre seré, buscadora y aprendiz. Hoy cuido mi jardín, transito entre libros y me siento como pez en el agua.
Recorrí los caminos de la antropología y la historia, de la astrología y el yoga, de la investigación y la contemplación. Entré y salí de esos y otros mundos, y me quedo con el oficio de escribir.
Soy mujer y soy amante. Fui hija, pero no madre. No soy esposa pero sí ama de mi castillo. Tengo familia consanguínea cercana y lejana, y familia de amigos breve pero sustanciosa. Mi prole son dos perros y cuatro gatas. Y en una isla, siguiendo los pasos de mi bisabuela, encontré el amor.
Si fuera edificio, sería una biblioteca de paredes de madera, rincones cálidos, sillones mullidos y luz perfecta para leer.
Si fuera planta, sería curativa en pequeñas dosis y fatalmente venenosa en exceso.
Si fuera animal, sería una gata bien comida estirándose al sol.
Soy más intelectual que fogosa. Más doméstica que feral. Más apasionada que creyente. Más nórdica que emotiva. Más escéptica que entregada. Más león disfrazado que oveja. Más loba solitaria que abeja.
Y me veo mejor en persona que en foto.
El newsletter de Lorenzia, año 12, núm. 41, 31 de enero, 2010.
Curriculum vitae
A horcajadas entre dos mundos - el Viejo y el Nuevo - fui concebida en el gran cañón del Colorado en los albores del invierno y nací en el altiplano mexicano en las postrimerías del verano. Es decir, soy Tierra por todos los costados y doblemente Virgo. Será por eso que hace más de 18 años vivo frente al Caribe; porque anhelo el equilibrio del mar y sus horizontes.
Provengo de un caldero de culturas forjado en Iberia, por más que haya nacido en la meseta de Anáhuac. Y con todo, mi querencia es de ave y flor tropical.
En otras vidas fui orgullosa académica, maestra y curandera. Luego comprendí que sobre todo soy, y siempre seré, buscadora y aprendiz. Hoy cuido mi jardín, transito entre libros y me siento como pez en el agua.
Recorrí los caminos de la antropología y la historia, de la astrología y el yoga, de la investigación y la contemplación. Entré y salí de esos y otros mundos, y me quedo con el oficio de escribir.
Soy mujer y soy amante. Fui hija, pero no madre. No soy esposa pero sí ama de mi castillo. Tengo familia consanguínea cercana y lejana, y familia de amigos breve pero sustanciosa. Mi prole son dos perros y cuatro gatas. Y en una isla, siguiendo los pasos de mi bisabuela, encontré el amor.
Si fuera edificio, sería una biblioteca de paredes de madera, rincones cálidos, sillones mullidos y luz perfecta para leer.
Si fuera planta, sería curativa en pequeñas dosis y fatalmente venenosa en exceso.
Si fuera animal, sería una gata bien comida estirándose al sol.
Soy más intelectual que fogosa. Más doméstica que feral. Más apasionada que creyente. Más nórdica que emotiva. Más escéptica que entregada. Más león disfrazado que oveja. Más loba solitaria que abeja.
Y me veo mejor en persona que en foto.
Etapas van, etapas vienen. Noticias del Trópico 40
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 11, núm. 40, 11 de septiembre, 2009.
Etapas van, etapas vienen
Hace muchos años, cuando yo era tan joven que esas cuestiones no significaban nada para mí…todavía, arrasó el mercado de libros y lectores un best-seller a nivel mundial: Passages. Predictable Crisis of Adult Life, de Gail Sheehy, traducido al español como Las crisis de la edad adulta. Era 1976.
Lo leí con ojos de antropóloga e identifiqué varias de esas etapas críticas con los ritos de paso que, tarde o temprano, tod@s atravesamos y que van marcando, a nivel social y personal, nuestro avance por la vida. Luego, ya entrada en la astrología, me han quedado claros los ciclos de 7, 14, 21 y 28 años en los que nos movemos a nivel de las energías planetarias y que - ¡oh sorpresa! - coinciden con las apreciaciones de Sheehy y con una de sus frases célebres: “Para crecer hay que renunciar temporalmente a la seguridad”.
¿Cómo pasamos de una etapa a otra? Ciertamente soltando la seguridad del pasado conocido y aventándonos valientemente a lo desconocido por venir. Hay ciclos que cerramos deliberadamente y con plena conciencia. Cruzamos el portal a sabiendas de que hemos dejado una etapa atrás y dado el paso decisivo hacia otra nueva. Así son justamente los ritos de paso: bautizarse, graduarse, casarse. Eventos concretos en fechas precisas.
Sin embargo, hay etapas que terminan sin que nos demos cuenta, y un buen día abrimos los ojos a una realidad que quizá ya venía cambiando desde antes. En el amor, por ejemplo, de pronto amanecemos al lado de un perfecto extraño que creíamos conocer mejor que a nosotras mismas y nos preguntamos cómo rayos sucedió y qué hacemos ahí.
Las más de las veces, no obstante, una mezcla de decisiones conscientes y empujones del universo nos llevan de la mano. Ahora sé que el cruce de una etapa a otra no es realmente cuestión de uno o varios sucesos preestablecidos; ni siquiera de un momento definido. No vamos por la existencia de evento en evento, sino que todo se desenvuelve en procesos, unas veces más rápidos y otras más lentos. Ciertamente existen eventos que nos marcan y dejan su huella indeleble en el alma, pero el paso de una etapa a otra no es cuestión de actos súbitos sino de tiempo transcurrido.
¿Cuándo terminó mi vida chetumaleña y comenzó mi reinvención cancunense? ¿Hace dos años? ¿Más? Difícil decirlo. Pero hace unos días cerré un círculo – quizá el más importante de todo este proceso - y quiero compartirlo:
Viernes 28 de agosto:
Hago un recorrido por las calles de Chetumal con plena conciencia de su significado simbólico y ritual. Parto del Gran Marlon, un nuevo hotel donde me hospedo, que pretende ser elegante y minimalista sin conseguirlo en realidad. Se ubica en Juárez 88, justamente en el predio en el que, hace 30 años, estaba la primera casa donde viví, una mansión antigua de madera y techo de cuatro aguas habitada por una familia de murciélagos. El enorme terreno tenía en el centro un frondoso gigante, un árbol de fruta pan cuya almidonada fruta me traía ecos de relatos de Julio Verne y aventuras en exóticos mares del Sur. Había también guayabos, nísperos y ciruelos que servían de coartada y escondite a las hijas de la vecina. Agazapadas entre sus ramas, las muy curiosas nos escuchaban a B y a mi hacer el amor en cálidas tardes de siesta. ¡Cuántos recuerdos de aquella casa! Quizá ahora deambulen como fantasmas perdidos en la nueva estructura de concreto y metal…
Continúo mi camino por derroteros predecibles. Mi ceiba favorita, “Las Dos Hermanas”, me da la bienvenida a la orilla de la bahía. La honro y le deseo larga vida. Paseo por el muelle poblado de los pescadores de siempre, y como siempre, me maravilla la paciencia con la que tienden sus hilos de nylon y esperan a que pique algún despistado jurel desviado del cauce de su cardumen. Todo ello es buen pretexto para una plácida charla. Miro la desembocadura del río Hondo y me doy cuenta de lo bella que sigue siendo la bahía, circundada en buena parte por el verdor horizontal del país vecino. Y soy mirada por la ciudad desde sus landmarks y nos reconocemos. Aquí hice muchas cosas, crecí, aprendí, fui feliz.
El malecón me lleva finalmente a mis antiguos lares en la frontera del Barrio Bravo. Caminando por Reforma es imposible no ver e impactarse con la construcción que ha levantado Cristóbal en el curso de casi 9 años. ¡Sí que está dejando su marca en el paisaje urbano! Enfrente, mi casa. La veo hermosa y expectante, preparada también para comenzar una nueva etapa. Nos sonreímos en el recuerdo de 15 años compartidos. Es un lugar vivo que me mira con buenos ojos y sé que tanto ella como yo tenemos un destino propio. Ahora una nueva familia la habitará, cuidará, disfrutará. No necesito entrar. Ya nos despedimos.
Sábado 29:
Las señales de cierre abundan. Sin haberlo realmente planeado, finiquito acuerdos, firmo documentos, instruyo cancelaciones, redondeo trámites. Algunos contra reloj, como si el universo, sonriendo, me dijera “te la estamos haciendo cardíaca para que no te olvides de confiar”.
Domingo 30:
Son las 7 de la mañana y Chetumal es mío. Me pertenece. Cruzo por sus calles vacías, sus semáforos intermitentes, sus banquetas rotas. Soy el único ser humano en kilómetros a la redonda.
Desayuno en Sergio’s, otro landmark que, desde que lo conozco hace tres décadas, no ha cambiado. Imposible olvidar que el tiempo transcurre diferente en Chetumal. Después de todo, es el mundo al otro lado del espejo.
Margarito, amigo y colega, me lleva a comer a Ichpaatún, un hermoso lugar frente a la isla de Tamalcab. Pido el clásico ceviche mixto y la memoria del gusto y el olfato me remonta a aquella primera comida que compartí con mi hermano Alfredo en el restaurante de Fina Muza, recién llegada a Chetumal en septiembre de 1978, y en la que supe, entre lágrimas y risas, lo que es el chile habanero.
La conversación con Margarito resulta tan amena y provocativa como deliciosas son las viandas y perfecto el paisaje. Después de analizar a la UQROO, sus años iniciales y cambios irreversibles; de abordar la Zona Maya y el derrumbe de un mundo que no volverá; de desmenuzar un país al que se lo está llevando Patas de Cabra, no podemos menos que desembocar en cuestionamientos profundos y filosóficos: ¿Podemos todavía hacer antropología clásica? ¿Tiene aún sentido y posibilidades el clásico trabajo de campo? ¿Es una ciencia social en extinción y nosotros dinosaurios? ¿Nos equivocamos de camino o se trata más bien de la crisis de las Humanidades? ¿Tenían nuestros padres razón al insistir en que estudiáramos una carrera menos idealista y más productiva? ¿Somos unos románticos incurables en busca del noble salvaje, de un objeto/sujeto de estudio que no es ni quiere ser esa imagen idealizada? Food for thought…
Cierro el día cenando con mis más antiguos amigos chetumaleños: Juan y Carlota. Qué delicia de charla y de postre: un brownie con helado de vainilla que me zampo sin culpas. Compañeros de andanzas., locuras y proyectos, testigos de muchos de mis propios ritos de paso, son prueba viva de que las etapas van y vienen pero lo firme y radical permanece. Somos amigos incondicionales desde hace 31 años. Un motivo más para celebrar.
Lunes 31:
El notario nos espera, a mis compradores y a mí, para firmar la venta de mi casa. Queda en buenas manos y yo puedo decir adiós a Chetumal. La próxima vez que regrese, será diferente. Miraré la ciudad, la bahía, los recuerdos, con ojos distintos. Siempre amorosos pero ya desde el portal recién cruzado, ya desde otro territorio y otro ciclo vital.
Te deseo larga y plácida vida, querido Chetumal. Que no te afecten los vientos de indiferencia y rechazo que soplan desde el norte. Que no te confunda la voracidad disfrazada de progreso. Que las garzas adornen de blanco el manglar y que por muchos años lo sobrevuelen los pelícanos. Y que jureles, pargos y una que otra cherna tengan a bien llegar hasta los pescadores del muelle.
El newsletter de Lorenzia, año 11, núm. 40, 11 de septiembre, 2009.
Etapas van, etapas vienen
Hace muchos años, cuando yo era tan joven que esas cuestiones no significaban nada para mí…todavía, arrasó el mercado de libros y lectores un best-seller a nivel mundial: Passages. Predictable Crisis of Adult Life, de Gail Sheehy, traducido al español como Las crisis de la edad adulta. Era 1976.
Lo leí con ojos de antropóloga e identifiqué varias de esas etapas críticas con los ritos de paso que, tarde o temprano, tod@s atravesamos y que van marcando, a nivel social y personal, nuestro avance por la vida. Luego, ya entrada en la astrología, me han quedado claros los ciclos de 7, 14, 21 y 28 años en los que nos movemos a nivel de las energías planetarias y que - ¡oh sorpresa! - coinciden con las apreciaciones de Sheehy y con una de sus frases célebres: “Para crecer hay que renunciar temporalmente a la seguridad”.
¿Cómo pasamos de una etapa a otra? Ciertamente soltando la seguridad del pasado conocido y aventándonos valientemente a lo desconocido por venir. Hay ciclos que cerramos deliberadamente y con plena conciencia. Cruzamos el portal a sabiendas de que hemos dejado una etapa atrás y dado el paso decisivo hacia otra nueva. Así son justamente los ritos de paso: bautizarse, graduarse, casarse. Eventos concretos en fechas precisas.
Sin embargo, hay etapas que terminan sin que nos demos cuenta, y un buen día abrimos los ojos a una realidad que quizá ya venía cambiando desde antes. En el amor, por ejemplo, de pronto amanecemos al lado de un perfecto extraño que creíamos conocer mejor que a nosotras mismas y nos preguntamos cómo rayos sucedió y qué hacemos ahí.
Las más de las veces, no obstante, una mezcla de decisiones conscientes y empujones del universo nos llevan de la mano. Ahora sé que el cruce de una etapa a otra no es realmente cuestión de uno o varios sucesos preestablecidos; ni siquiera de un momento definido. No vamos por la existencia de evento en evento, sino que todo se desenvuelve en procesos, unas veces más rápidos y otras más lentos. Ciertamente existen eventos que nos marcan y dejan su huella indeleble en el alma, pero el paso de una etapa a otra no es cuestión de actos súbitos sino de tiempo transcurrido.
¿Cuándo terminó mi vida chetumaleña y comenzó mi reinvención cancunense? ¿Hace dos años? ¿Más? Difícil decirlo. Pero hace unos días cerré un círculo – quizá el más importante de todo este proceso - y quiero compartirlo:
Viernes 28 de agosto:
Hago un recorrido por las calles de Chetumal con plena conciencia de su significado simbólico y ritual. Parto del Gran Marlon, un nuevo hotel donde me hospedo, que pretende ser elegante y minimalista sin conseguirlo en realidad. Se ubica en Juárez 88, justamente en el predio en el que, hace 30 años, estaba la primera casa donde viví, una mansión antigua de madera y techo de cuatro aguas habitada por una familia de murciélagos. El enorme terreno tenía en el centro un frondoso gigante, un árbol de fruta pan cuya almidonada fruta me traía ecos de relatos de Julio Verne y aventuras en exóticos mares del Sur. Había también guayabos, nísperos y ciruelos que servían de coartada y escondite a las hijas de la vecina. Agazapadas entre sus ramas, las muy curiosas nos escuchaban a B y a mi hacer el amor en cálidas tardes de siesta. ¡Cuántos recuerdos de aquella casa! Quizá ahora deambulen como fantasmas perdidos en la nueva estructura de concreto y metal…
Continúo mi camino por derroteros predecibles. Mi ceiba favorita, “Las Dos Hermanas”, me da la bienvenida a la orilla de la bahía. La honro y le deseo larga vida. Paseo por el muelle poblado de los pescadores de siempre, y como siempre, me maravilla la paciencia con la que tienden sus hilos de nylon y esperan a que pique algún despistado jurel desviado del cauce de su cardumen. Todo ello es buen pretexto para una plácida charla. Miro la desembocadura del río Hondo y me doy cuenta de lo bella que sigue siendo la bahía, circundada en buena parte por el verdor horizontal del país vecino. Y soy mirada por la ciudad desde sus landmarks y nos reconocemos. Aquí hice muchas cosas, crecí, aprendí, fui feliz.
El malecón me lleva finalmente a mis antiguos lares en la frontera del Barrio Bravo. Caminando por Reforma es imposible no ver e impactarse con la construcción que ha levantado Cristóbal en el curso de casi 9 años. ¡Sí que está dejando su marca en el paisaje urbano! Enfrente, mi casa. La veo hermosa y expectante, preparada también para comenzar una nueva etapa. Nos sonreímos en el recuerdo de 15 años compartidos. Es un lugar vivo que me mira con buenos ojos y sé que tanto ella como yo tenemos un destino propio. Ahora una nueva familia la habitará, cuidará, disfrutará. No necesito entrar. Ya nos despedimos.
Sábado 29:
Las señales de cierre abundan. Sin haberlo realmente planeado, finiquito acuerdos, firmo documentos, instruyo cancelaciones, redondeo trámites. Algunos contra reloj, como si el universo, sonriendo, me dijera “te la estamos haciendo cardíaca para que no te olvides de confiar”.
Domingo 30:
Son las 7 de la mañana y Chetumal es mío. Me pertenece. Cruzo por sus calles vacías, sus semáforos intermitentes, sus banquetas rotas. Soy el único ser humano en kilómetros a la redonda.
Desayuno en Sergio’s, otro landmark que, desde que lo conozco hace tres décadas, no ha cambiado. Imposible olvidar que el tiempo transcurre diferente en Chetumal. Después de todo, es el mundo al otro lado del espejo.
Margarito, amigo y colega, me lleva a comer a Ichpaatún, un hermoso lugar frente a la isla de Tamalcab. Pido el clásico ceviche mixto y la memoria del gusto y el olfato me remonta a aquella primera comida que compartí con mi hermano Alfredo en el restaurante de Fina Muza, recién llegada a Chetumal en septiembre de 1978, y en la que supe, entre lágrimas y risas, lo que es el chile habanero.
La conversación con Margarito resulta tan amena y provocativa como deliciosas son las viandas y perfecto el paisaje. Después de analizar a la UQROO, sus años iniciales y cambios irreversibles; de abordar la Zona Maya y el derrumbe de un mundo que no volverá; de desmenuzar un país al que se lo está llevando Patas de Cabra, no podemos menos que desembocar en cuestionamientos profundos y filosóficos: ¿Podemos todavía hacer antropología clásica? ¿Tiene aún sentido y posibilidades el clásico trabajo de campo? ¿Es una ciencia social en extinción y nosotros dinosaurios? ¿Nos equivocamos de camino o se trata más bien de la crisis de las Humanidades? ¿Tenían nuestros padres razón al insistir en que estudiáramos una carrera menos idealista y más productiva? ¿Somos unos románticos incurables en busca del noble salvaje, de un objeto/sujeto de estudio que no es ni quiere ser esa imagen idealizada? Food for thought…
Cierro el día cenando con mis más antiguos amigos chetumaleños: Juan y Carlota. Qué delicia de charla y de postre: un brownie con helado de vainilla que me zampo sin culpas. Compañeros de andanzas., locuras y proyectos, testigos de muchos de mis propios ritos de paso, son prueba viva de que las etapas van y vienen pero lo firme y radical permanece. Somos amigos incondicionales desde hace 31 años. Un motivo más para celebrar.
Lunes 31:
El notario nos espera, a mis compradores y a mí, para firmar la venta de mi casa. Queda en buenas manos y yo puedo decir adiós a Chetumal. La próxima vez que regrese, será diferente. Miraré la ciudad, la bahía, los recuerdos, con ojos distintos. Siempre amorosos pero ya desde el portal recién cruzado, ya desde otro territorio y otro ciclo vital.
Te deseo larga y plácida vida, querido Chetumal. Que no te afecten los vientos de indiferencia y rechazo que soplan desde el norte. Que no te confunda la voracidad disfrazada de progreso. Que las garzas adornen de blanco el manglar y que por muchos años lo sobrevuelen los pelícanos. Y que jureles, pargos y una que otra cherna tengan a bien llegar hasta los pescadores del muelle.
Rhincodon typus. Noticias del Trópico 39
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 11, núm. 39, 19 de julio, 2009.
Rhincodon typus
Su nombre oficial es Rhincodon typus. Ancestros suyos deambulaban por los océanos primigenios hace 60 millones de años y en la actualidad gusta de recorrer las aguas tropicales. Tiene un rango de vida de unos 70 años, puede medir hasta 12 metros de largo y llegar a pesar 14 toneladas. Y sin embargo, es inofensivo, tierno y vegetariano. O diríamos que vegan, pues no come más que plancton, el alimento básico de su hábitat.
Pero todo esto lo supe después. Antes de que yo le fuera presentada de manera formal – personalmente y en persona – sólo sabía que es el pez más grande del mundo. La primera vez que oí hablar de él fue leyendo el relato de Thor Heyerdhal acerca de la travesía del Kontiki de Perú a la Polinesia - libro que yo misma le regalé a mi mamá en Oslo, Noruega, tierra natal de Heyerdhal, cuando visitamos su museo en el verano de 1969. El encuentro del explorador con el enorme pez a la mitad del Pacífico quedó grabado hasta hoy en mi memoria. Sin embargo, nunca imaginé que pudiera llegar a nadar al lado de este plácido gigante de piel escamada, áspera, cortante y simétricamente moteada.
Salimos a las 7 de la mañana del muelle de Punta Sam con rumbo este-noreste, lo que nos hizo pasar a un costado de Playa Norte, Isla Mujeres. Éramos 10 en la lancha, todos vecinos míos, más dos capitanes y el guía. Pasamos a la vista de Contoy, hicimos un gran rodeo y tardamos unas 3 horas antes de divisar una cincuentena de aletas enormes que sobresalían del oleaje dibujando lentos círculos. Estábamos, por fin, frente al tiburón ballena.
Unas treinta lanchas delimitaban el radio de 500 metros en el que se movía el cardumen. Es decir, éramos unas 300 personas ansiosas por echarnos al mar con aletas y snorkel, aunque de cada lancha solamente se tiran dos personas a la vez, más el guía, para no asustarlos.
Los gigantes nos rodean, adultos enormes y bebés de 3 metros, pasando al lado y por debajo de la lancha en rítmico vaivén de la cola, acompañados de su séquito de peces piloto, la enorme boca abriéndose y cerrándose. Algunos se colocan verticalmente y abren las fauces tocando la superficie. A esos los llaman “botella”. No se si les somos indiferentes o nos toleran y hasta nos esperan para que nuestro rápido aleteo les logre dar alcance y podamos disfrutar de su compañía unos momentos más antes de regresar a la lancha.
Yo me lancé al mar tres veces y lo hubiera hecho varias más. Regresé a casa exhausta y feliz. Las siguientes fotos, tomadas por mi vecino Poncho, compañero de inmersión, dan cuenta de una experiencia que repetiría gustosa y que de plano recomiendo.
El newsletter de Lorenzia, año 11, núm. 39, 19 de julio, 2009.
Rhincodon typus
Su nombre oficial es Rhincodon typus. Ancestros suyos deambulaban por los océanos primigenios hace 60 millones de años y en la actualidad gusta de recorrer las aguas tropicales. Tiene un rango de vida de unos 70 años, puede medir hasta 12 metros de largo y llegar a pesar 14 toneladas. Y sin embargo, es inofensivo, tierno y vegetariano. O diríamos que vegan, pues no come más que plancton, el alimento básico de su hábitat.
Pero todo esto lo supe después. Antes de que yo le fuera presentada de manera formal – personalmente y en persona – sólo sabía que es el pez más grande del mundo. La primera vez que oí hablar de él fue leyendo el relato de Thor Heyerdhal acerca de la travesía del Kontiki de Perú a la Polinesia - libro que yo misma le regalé a mi mamá en Oslo, Noruega, tierra natal de Heyerdhal, cuando visitamos su museo en el verano de 1969. El encuentro del explorador con el enorme pez a la mitad del Pacífico quedó grabado hasta hoy en mi memoria. Sin embargo, nunca imaginé que pudiera llegar a nadar al lado de este plácido gigante de piel escamada, áspera, cortante y simétricamente moteada.
Salimos a las 7 de la mañana del muelle de Punta Sam con rumbo este-noreste, lo que nos hizo pasar a un costado de Playa Norte, Isla Mujeres. Éramos 10 en la lancha, todos vecinos míos, más dos capitanes y el guía. Pasamos a la vista de Contoy, hicimos un gran rodeo y tardamos unas 3 horas antes de divisar una cincuentena de aletas enormes que sobresalían del oleaje dibujando lentos círculos. Estábamos, por fin, frente al tiburón ballena.
Unas treinta lanchas delimitaban el radio de 500 metros en el que se movía el cardumen. Es decir, éramos unas 300 personas ansiosas por echarnos al mar con aletas y snorkel, aunque de cada lancha solamente se tiran dos personas a la vez, más el guía, para no asustarlos.
Los gigantes nos rodean, adultos enormes y bebés de 3 metros, pasando al lado y por debajo de la lancha en rítmico vaivén de la cola, acompañados de su séquito de peces piloto, la enorme boca abriéndose y cerrándose. Algunos se colocan verticalmente y abren las fauces tocando la superficie. A esos los llaman “botella”. No se si les somos indiferentes o nos toleran y hasta nos esperan para que nuestro rápido aleteo les logre dar alcance y podamos disfrutar de su compañía unos momentos más antes de regresar a la lancha.
Yo me lancé al mar tres veces y lo hubiera hecho varias más. Regresé a casa exhausta y feliz. Las siguientes fotos, tomadas por mi vecino Poncho, compañero de inmersión, dan cuenta de una experiencia que repetiría gustosa y que de plano recomiendo.
Las piedras de Gaza. Noticias del Trópico 38
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 11, núm. 38, 23 de enero, 2009.
Las piedras de Gaza
Es difícil imaginar que Palestina, esa "tierra sin esperanzas, triste y con el corazón roto", al decir del escritor Mark Twain, hubiera tenido alguna vez un verde paisaje. Para él era como si aquellas colinas pelonas y secas hubieran cometido algún horrible pecado por el que estuvieran siendo castigadas. Le parecían haber muerto a pedradas. Difícil creer, entonces, que alguna vez hubo verdor – bosques - en ese paraje.
Pero sí los hubo.
Durante 13 siglos, cada ejército que pasó por la región lo hizo al grito de "corten todos los árboles". Cuando Pompeyo invadió Palestina, haciéndola parte del imperio romano, taló vegetación al por mayor. Unas décadas después, cuenta el historiador Josefo que los soldados de Tito pasaron por el hacha a cada árbol que todavía estaba en pie en un radio de 20 kilómetros alrededor de Jerusalén. Los cruzados no fueron excepción y destruyeron lo que encontraron a su paso en nombre de la Cristiandad. Y a principios del siglo XX, los ingleses acabaron con las huertas que todavía quedaban, para evitar que los turcos se escondieran y los atacaran desde allí.
Ésta es la tierra prometida. Pero no me refiero a la promesa bíblica de Yaveh a sus elegidos. Han existido dioses más implacables.
Palestina se firmó como tierra de promisión en 1917. Con la Declaración de Balfour, la Corona británica prometió la formación de un estado nacional judío en la región, porque así convenía a sus intereses. Un año antes, el acuerdo secreto Sykes-Picot le garantizaba a Francia un jugoso pedazo, mientras que el coronel T.E. Lawrence – el famoso Lawrence de Arabia – prometía a los árabes su independencia a cambio de que se aliaran con Gran Bretaña en la guerra contra Alemania y Turquía.
Una curiosa historia – ignoro si real o no – explica porqué el Estado de Israel no se creó en una de las colonias inglesas de África: Uganda, de hecho. La decisión se redujo a un compuesto químico: la acetona, a su vez un componente básico de la dinamita. Al parecer, un inmigrante ruso que vivía en Inglaterra descubrió la manera de producir acetona a partir de una variedad de castañas, pero la patente fue otorgada a un súbdito inglés. Con tal de que el inmigrante ruso, que se llamaba Weizmann, no protestara abiertamente, la Corona le concedió su más caro deseo: una patria para los judíos en Palestina, que acabó convirtiéndose en un protectorado inglés.
Como ingredientes de una mezcla explosiva, vemos apilarse una a una las decisiones unilaterales, los acuerdos secretos, la manipulación y el engaño. Y en medio de ello, los palestinos que no sueltan su tierra, los israelitas que sienten su derecho sobre ella, muchos cristianos de quienes nadie habla. Todos ellos valoran esa tierra desértica y dilapidada más que sus vidas. Es una ironía que Palestina sea un lugar tan desolado y sin embargo tantos hayan deseado y deseen poseer.
Una leyenda árabe dice que, cuando Alá creó el mundo, puso en dos costales todas las piedras que un ángel debía repartir en su superficie. Mientras el ángel volaba sobre Palestina, uno de esos costales se rompió, y en ningún lugar son esas piedras más evidentes que en Gaza.
Quienes acompañaron a Winston Churchill, Gertrude Bell, Lawrence de Arabia y otros dignatarios europeos a la Conferencia de Cairo en 1921, no pudieron hallar nada que les pareciera hermoso ni agradable ni suave en Gaza. Nada crecía, nada prosperaba bajo aquel sol inclemente, excepto las piedras y la furia.
Por cierto, no hubo un solo árabe presente, ni siquiera como observador, en aquella conferencia en la que se decidió el destino del Medio Oriente y el pastel se repartió sin su conocimiento, consentimiento y participación.
Lawrence hizo lo que pudo para representarlos. Trató de equilibrar los intereses imperiales internos con la política internacional y con las expectativas de una miríada de grupos en conflicto: árabes, libaneses, drusos, sirios, kurdos, armenios, judíos nativos y judíos europeos, turcos, persas, egipcios, palestinos y cientos de tribus beduinas. Todos querían algo que tenía que ver con quitarle su tierra a alguien más.
La autoimpuesta misión de Lawrence resultó imposible. "Una cosa acerca del Medio Oriente es cierta - dicen que dijo –: siempre habrá otro ejército esperando en el recodo del camino".
Y las piedras de Gaza, hoy son tumbas.
El newsletter de Lorenzia, año 11, núm. 38, 23 de enero, 2009.
Las piedras de Gaza
Es difícil imaginar que Palestina, esa "tierra sin esperanzas, triste y con el corazón roto", al decir del escritor Mark Twain, hubiera tenido alguna vez un verde paisaje. Para él era como si aquellas colinas pelonas y secas hubieran cometido algún horrible pecado por el que estuvieran siendo castigadas. Le parecían haber muerto a pedradas. Difícil creer, entonces, que alguna vez hubo verdor – bosques - en ese paraje.
Pero sí los hubo.
Durante 13 siglos, cada ejército que pasó por la región lo hizo al grito de "corten todos los árboles". Cuando Pompeyo invadió Palestina, haciéndola parte del imperio romano, taló vegetación al por mayor. Unas décadas después, cuenta el historiador Josefo que los soldados de Tito pasaron por el hacha a cada árbol que todavía estaba en pie en un radio de 20 kilómetros alrededor de Jerusalén. Los cruzados no fueron excepción y destruyeron lo que encontraron a su paso en nombre de la Cristiandad. Y a principios del siglo XX, los ingleses acabaron con las huertas que todavía quedaban, para evitar que los turcos se escondieran y los atacaran desde allí.
Ésta es la tierra prometida. Pero no me refiero a la promesa bíblica de Yaveh a sus elegidos. Han existido dioses más implacables.
Palestina se firmó como tierra de promisión en 1917. Con la Declaración de Balfour, la Corona británica prometió la formación de un estado nacional judío en la región, porque así convenía a sus intereses. Un año antes, el acuerdo secreto Sykes-Picot le garantizaba a Francia un jugoso pedazo, mientras que el coronel T.E. Lawrence – el famoso Lawrence de Arabia – prometía a los árabes su independencia a cambio de que se aliaran con Gran Bretaña en la guerra contra Alemania y Turquía.
Una curiosa historia – ignoro si real o no – explica porqué el Estado de Israel no se creó en una de las colonias inglesas de África: Uganda, de hecho. La decisión se redujo a un compuesto químico: la acetona, a su vez un componente básico de la dinamita. Al parecer, un inmigrante ruso que vivía en Inglaterra descubrió la manera de producir acetona a partir de una variedad de castañas, pero la patente fue otorgada a un súbdito inglés. Con tal de que el inmigrante ruso, que se llamaba Weizmann, no protestara abiertamente, la Corona le concedió su más caro deseo: una patria para los judíos en Palestina, que acabó convirtiéndose en un protectorado inglés.
Como ingredientes de una mezcla explosiva, vemos apilarse una a una las decisiones unilaterales, los acuerdos secretos, la manipulación y el engaño. Y en medio de ello, los palestinos que no sueltan su tierra, los israelitas que sienten su derecho sobre ella, muchos cristianos de quienes nadie habla. Todos ellos valoran esa tierra desértica y dilapidada más que sus vidas. Es una ironía que Palestina sea un lugar tan desolado y sin embargo tantos hayan deseado y deseen poseer.
Una leyenda árabe dice que, cuando Alá creó el mundo, puso en dos costales todas las piedras que un ángel debía repartir en su superficie. Mientras el ángel volaba sobre Palestina, uno de esos costales se rompió, y en ningún lugar son esas piedras más evidentes que en Gaza.
Quienes acompañaron a Winston Churchill, Gertrude Bell, Lawrence de Arabia y otros dignatarios europeos a la Conferencia de Cairo en 1921, no pudieron hallar nada que les pareciera hermoso ni agradable ni suave en Gaza. Nada crecía, nada prosperaba bajo aquel sol inclemente, excepto las piedras y la furia.
Por cierto, no hubo un solo árabe presente, ni siquiera como observador, en aquella conferencia en la que se decidió el destino del Medio Oriente y el pastel se repartió sin su conocimiento, consentimiento y participación.
Lawrence hizo lo que pudo para representarlos. Trató de equilibrar los intereses imperiales internos con la política internacional y con las expectativas de una miríada de grupos en conflicto: árabes, libaneses, drusos, sirios, kurdos, armenios, judíos nativos y judíos europeos, turcos, persas, egipcios, palestinos y cientos de tribus beduinas. Todos querían algo que tenía que ver con quitarle su tierra a alguien más.
La autoimpuesta misión de Lawrence resultó imposible. "Una cosa acerca del Medio Oriente es cierta - dicen que dijo –: siempre habrá otro ejército esperando en el recodo del camino".
Y las piedras de Gaza, hoy son tumbas.
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