martes, 4 de mayo de 2010

Un alto en el camino. Noticias del Trópico 42

NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 12, núm. 42, 4 de mayo, 2010.

Un alto en el camino

Iba a escribir sobre la paciencia y todavía lo haré, pero no hoy. Desde la tranquilidad del campamento gitano en el que se ha convertido la planta baja de mi casa, veo literalmente las horas pasar. ¿Tal y como decía Apollinaire que pasaban para él los días y las semanas, viendo correr las aguas del Sena bajo el puente Mirabeau? No tan poéticamente, de plano, pero sí a un ritmo distinto al cotidiano, más lento, con espacio suficiente para saborear los pensamientos, escuchar la diversidad de trinos y cantos y graznidos de los pájaros al salir el sol, ver como cambia la luz, la brisa, la sombra de mis palmeras conforme avanza el día.

Hace exactamente un mes. Domingo de Pascua en St Thomas. 4 de la tarde. Solazo pegando en la terraza frente al mar, mientras, de cuclillas, limpiaba un librero que John y yo acabábamos de rescatar de una bodega abandonada. Cuando intenté ponerme de pie, ya no pude. Me quedé viendo estrellitas de dolor, la rodilla derecha bloqueada, sin poderla estirar, sin poder apoyar el pie en el suelo. Lo peor de las horas que siguieron a ese tonto accidente (¿no lo son todos?) fue mi enojo conmigo misma. Luego me metí a Internet a buscar respuestas y soluciones. Todo apuntaba a un esguince, pero fiel a la tradición catastrófica Viliesid, me fui hasta la cocina y me autodiagnostiqué desgarro de meniscos. Lo importante fue el sentido común de quedarme en reposo, poner la pierna en alto, vendarme la rodilla y esperar. John tuvo que ir a comprar unas muletas y todavía me di el lujo de pedirlas “bonitas”. Vanidad ante todo.

Desde entonces me he sentido en un sueño, en una obra de teatro, en una historia que no es la mía, como si estuviera interpretando un papel ajeno, como un desdoble de la personalidad. Soy lo que se dice “una hacedora”. Yo hago cosas. Ése es mi asunto, mi rollo. Y desde hace un mes, el 90% de las cosas que ocupan mi vida, no las puedo hacer. Mi “hacer” se ha visto drásticamente limitado a las funciones básicas del día a día, siempre y cuando no involucren movimiento. Puedo trabajar a ratos en la computadora, y gracias sean dadas a l@s dios@s por mi reposet. Tengo mil libros que leer y bastantes películas que ver. Puedo desplazarme al jardín y bañarme con la manguera sentada en una silla. Pero no mucho más.

Quizá porque estoy tantas horas en silencio, con tanto tiempo para pensar, con la calma necesaria para hacer mis respiraciones y mis mudras sanadores, he estado recordando con mayor claridad mis sueños. Hace unos días soñé que caminaba otra vez, con muchas precauciones claro está, y la sensación era sí de fragilidad, pero también de novedad y descubrimiento, como si me deslizara ligera y semiflotando por el suelo. Otra noche soñé que entraba a mi casa apoyada en las muletas y que alguien me había cambiado todo de lugar y había sustituido algunos de mis muebles por otros, y ese caos me asustó y encolerizó. También me han visitado en sueños fantasmas de otros tiempos, sus cosméticos y botes de crema en perfecto orden y colores, en un tocador donde ya no había espacio para mí, y cuando me miré en aquel espejo, vi la cara nada menos que de Denzel Washington. ¡Eso sí que desafió mi interpretación!

Tras los sueños viene el despertar a una realidad muy concreta. Una persona discapacitada se ve obligada a hacer ajustes en su idea de lo que es propio, conveniente e íntimo. Tiene forzosamente que aceptar esa realidad, la de depender y confiar en los demás, hacerlos partícipes de su vida personal y poder decir, en un momento dado, ok me rindo. Parte de la gran incertidumbre que sentía en el regreso de St Thomas a Cancún incluía actividades que normalmente hacemos en privado. Obligada por las circunstancias, no fue tan difícil decirle a la amable señorita que me condujo por la aduana y revisión de equipaje que me acercara a un baño. Su momentáneo gesto de disgusto quizá se debiera a que pensó que yo necesitaría algún tipo de ayuda, pero la tranquilicé diciendo que yo me las podía arreglar sola y ella me tranquilizó diciendo que me esperaba con la silla de ruedas a la puerta. Tampoco fue difícil dejarme cachear completamente por una mujer policía, al no poder cruzar por mi propio pie a través del detector de metales. Fue interesante el ritual de la revisión corporal de los gringos, siempre pendientes de que no los demanden por abuso, porque me fue explicando cada movimiento del dorso de sus manos para asegurarse que no llevara yo armas escondidas.

Lo que sí pensé que me costaría más trabajo fue pedirle al chico cubano que me recibió en Miami con la silla de ruedas, que me llevara al baño y a comer algo. Pero resultó, en cierto sentido, más fácil y de plano divertido. Primero, porque me transportó a velocidades suicidas por los largos pasillos del aeropuerto de Miami, sorteando viajeros y maletas a diestra y siniestra, a tal punto que creí que nos estrellaríamos contra alguien o que yo saldría disparada en cualquier momento. Como buen cubano, además, cada vez que veía a una chica guapa, viraba la silla de ruedas para que pudiéramos pasar cerca de ella y soltarle un piropo. Acabó dándome risa. Y no sólo me llevó a un baño especial para personas discapacitadas – “cuando termine nada más me da un grito y entro por usted” – sino que me compró un wrap de pavo y algo de beber antes de depositarme en la sala de espera donde saldría el avión a Cancún. Nunca me había quedado tan claro que la discapacidad requiere de soltar cierta vergüenza y de adquirir cierta fortaleza para pedir ayuda y dejarse ayudar. Bajar los puentes, vulnerar las defensas, abrir las compuertas, dejar entrar a la gente a la intimidad.

Y siempre hay una mano amiga, o al menos esa ha sido mi experiencia. Me subieron al avión en St Thomas en un elevador donde había otra señora en su silla de ruedas. Nos saludamos como viejas conocidas, como si perteneciéramos al mismo club; compartimos historias de accidentes y daños; me sentí acompañada y sobre todo comprendida. Ella viajaba con su marido, lo cual le facilitaba las cosas, y éste se ofreció también a ayudarme. En Cancún, después de que un amabilísimo hombre me pasó por migraciones y aduanas como una exhalación hasta el estacionamiento, me esperaba mi amiga/hermana, que me albergó en su casa, me llevó al médico, al ultrasonido, a farmacias y tiendas de ortopedia, al súper y finalmente a mi casa. Otras amigas, amigos, parientes, colegas de la biblioteca y de la universidad, vecinos y mi ayudante/mano derecha y su familia han estado al pie del cañón. Siento cotidianamente su apoyo y su cariño, como el de otros seres queridos en la distancia y el de John, aún lidiando como está, con sus propios problemas de salud. Ayuda no falta en la vida, eso me queda claro, como me queda clara la confabulación del universo para que las cosas salgan como tienen que salir. Yo sólo debo confiar y abrir mi corazón. La autosuficiencia también tiene límites.

La mayor lección, no obstante podría ser la pérdida de control, el imperativo de soltar el control, porque no hay de otra; pero en realidad, el aprendizaje detrás de esta lección es que no hay nada, absolutamente nada, ni siquiera nuestro cuerpo, ni siquiera nuestra mente, que esté bajo nuestro control. Esta palabra podrá aplicarse a los controles de una máquina o de un vehículo, pero no tiene cabida en la incertidumbre del mundo humano, o mejor dicho, no tiene cabida en lo que se refiere a la naturaleza y a la vida. Suponemos que estamos en control de lo que hacemos y lo que nos rodea, pero es sólo una pantalla que proyecta otras pantallas de seguridad, solidez, permanencia. Son muletas. Ahora, en mi nueva inseguridad y vulnerabilidad, me aferro a mis muletas como mi único medio de sostén, mi escaso y limitado medio de control y solidez. Pero hasta mis muletas se resbalan y tambalean. La lección de Buda sobre la impermanencia acaba de adquirir en mi vida un sentido real. Se transformó de teoría en certeza práctica.

No iba a escribir sobre la paciencia, pero la experiencia de tener que acudir al Seguro Social por mi incapacidad fue una soberana lección en esta admirable cualidad de la que yo, siento decirlo, carezco. Impaciente, al fin y al cabo, nunca me había dado el tiempo de ir a tramitar mi carnet y si no fuera porque varias personas se apiadaron de mi y mis muletas, habría tenido que regresar, hacer cola para obtener una de las 9 fichas para carnets, luego ponerme en la otra cola para obtener una de las 40 fichas para solicitar cita con el médico familiar, regresar probablemente al día siguiente a esperar mi turno. A punto estuve de mandar a volar todo el asunto, pero gracias a la compañía, ayuda y sabios consejos de dos compañeros de la biblioteca que estaban conmigo, obtuve el carnet, vi al médico familiar, me dieron mi incapacidad y encontré la fuerza y la paciencia para ir todavía a hacer más colas por más fichas a la clínica de especialidades, no sin antes pasar por urgencias como requisito de un complicado e incomprensible protocolo burocrático.

No se si aprendí la lección y tengo ahora más paciencia que antes. Lo que sí siento es un renovado respeto por todas aquellas personas cuya única opción de salud es el IMSS, que hacen cola para obtener fichas a veces desde las 4 de la mañana en medio de niños tosiendo y adultos enfermos. Y mi respeto se extiende aún más hacia todas aquellas personas que sufren alguna incapacidad. El mundo no está hecho para ellas. Ciertamente hay rampas y baños más grandes y lugares especiales de estacionamiento, pero el reto que enfrentan es algo inimaginable hasta que una tiene que vérselas con un simple movimiento como es el acto de caminar. No quiero imaginar lo difícil que debe ser la cotidianeidad para las personas que de por vida viven en sillas de ruedas o se mueven con muletas, o a quienes les falta un brazo o no pueden ver. Para mí hay luz al final del túnel, pero no se si el material del que estoy hecha resistiría, sin amargura aniquilante, una vida de continuos desafíos semejantes.

Me esperan todavía dos semanas más de incapacidad y el lento camino de la terapia de rehabilitación física. Me contaba mi mamá que, de pequeña, aprendí a hablar antes que a caminar. No creo que por flojera, sino por precaución. Ahora es posible que tenga que aprender a caminar nuevamente y cuando visualizo el proceso siento trepidación pero más que nada unas ganas enormes de hacerlo. Me veo caminando por la playa, subiendo las escaleras de la biblioteca, haciendo ejercicio en la escaladora, bailando salsa con mis amigas. Pero sobre todo me veo a mi misma cuidándome con una nueva consciencia. Con una amorosa, paciente y compasiva consciencia. Que así sea.

¡Noticias del Trópico ya está en un blog!
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viernes, 5 de febrero de 2010

Curriculum vitae. Noticias del Trópico 41

NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 12, núm. 41, 31 de enero, 2010.

Curriculum vitae

A horcajadas entre dos mundos - el Viejo y el Nuevo - fui concebida en el gran cañón del Colorado en los albores del invierno y nací en el altiplano mexicano en las postrimerías del verano. Es decir, soy Tierra por todos los costados y doblemente Virgo. Será por eso que hace más de 18 años vivo frente al Caribe; porque anhelo el equilibrio del mar y sus horizontes.

Provengo de un caldero de culturas forjado en Iberia, por más que haya nacido en la meseta de Anáhuac. Y con todo, mi querencia es de ave y flor tropical.

En otras vidas fui orgullosa académica, maestra y curandera. Luego comprendí que sobre todo soy, y siempre seré, buscadora y aprendiz. Hoy cuido mi jardín, transito entre libros y me siento como pez en el agua.

Recorrí los caminos de la antropología y la historia, de la astrología y el yoga, de la investigación y la contemplación. Entré y salí de esos y otros mundos, y me quedo con el oficio de escribir.

Soy mujer y soy amante. Fui hija, pero no madre. No soy esposa pero sí ama de mi castillo. Tengo familia consanguínea cercana y lejana, y familia de amigos breve pero sustanciosa. Mi prole son dos perros y cuatro gatas. Y en una isla, siguiendo los pasos de mi bisabuela, encontré el amor.

Si fuera edificio, sería una biblioteca de paredes de madera, rincones cálidos, sillones mullidos y luz perfecta para leer.

Si fuera planta, sería curativa en pequeñas dosis y fatalmente venenosa en exceso.

Si fuera animal, sería una gata bien comida estirándose al sol.

Soy más intelectual que fogosa. Más doméstica que feral. Más apasionada que creyente. Más nórdica que emotiva. Más escéptica que entregada. Más león disfrazado que oveja. Más loba solitaria que abeja.

Y me veo mejor en persona que en foto.

Etapas van, etapas vienen. Noticias del Trópico 40

NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 11, núm. 40, 11 de septiembre, 2009.

Etapas van, etapas vienen

Hace muchos años, cuando yo era tan joven que esas cuestiones no significaban nada para mí…todavía, arrasó el mercado de libros y lectores un best-seller a nivel mundial: Passages. Predictable Crisis of Adult Life, de Gail Sheehy, traducido al español como Las crisis de la edad adulta. Era 1976.

Lo leí con ojos de antropóloga e identifiqué varias de esas etapas críticas con los ritos de paso que, tarde o temprano, tod@s atravesamos y que van marcando, a nivel social y personal, nuestro avance por la vida. Luego, ya entrada en la astrología, me han quedado claros los ciclos de 7, 14, 21 y 28 años en los que nos movemos a nivel de las energías planetarias y que - ¡oh sorpresa! - coinciden con las apreciaciones de Sheehy y con una de sus frases célebres: “Para crecer hay que renunciar temporalmente a la seguridad”.

¿Cómo pasamos de una etapa a otra? Ciertamente soltando la seguridad del pasado conocido y aventándonos valientemente a lo desconocido por venir. Hay ciclos que cerramos deliberadamente y con plena conciencia. Cruzamos el portal a sabiendas de que hemos dejado una etapa atrás y dado el paso decisivo hacia otra nueva. Así son justamente los ritos de paso: bautizarse, graduarse, casarse. Eventos concretos en fechas precisas.

Sin embargo, hay etapas que terminan sin que nos demos cuenta, y un buen día abrimos los ojos a una realidad que quizá ya venía cambiando desde antes. En el amor, por ejemplo, de pronto amanecemos al lado de un perfecto extraño que creíamos conocer mejor que a nosotras mismas y nos preguntamos cómo rayos sucedió y qué hacemos ahí.

Las más de las veces, no obstante, una mezcla de decisiones conscientes y empujones del universo nos llevan de la mano. Ahora sé que el cruce de una etapa a otra no es realmente cuestión de uno o varios sucesos preestablecidos; ni siquiera de un momento definido. No vamos por la existencia de evento en evento, sino que todo se desenvuelve en procesos, unas veces más rápidos y otras más lentos. Ciertamente existen eventos que nos marcan y dejan su huella indeleble en el alma, pero el paso de una etapa a otra no es cuestión de actos súbitos sino de tiempo transcurrido.

¿Cuándo terminó mi vida chetumaleña y comenzó mi reinvención cancunense? ¿Hace dos años? ¿Más? Difícil decirlo. Pero hace unos días cerré un círculo – quizá el más importante de todo este proceso - y quiero compartirlo:

Viernes 28 de agosto:
Hago un recorrido por las calles de Chetumal con plena conciencia de su significado simbólico y ritual. Parto del Gran Marlon, un nuevo hotel donde me hospedo, que pretende ser elegante y minimalista sin conseguirlo en realidad. Se ubica en Juárez 88, justamente en el predio en el que, hace 30 años, estaba la primera casa donde viví, una mansión antigua de madera y techo de cuatro aguas habitada por una familia de murciélagos. El enorme terreno tenía en el centro un frondoso gigante, un árbol de fruta pan cuya almidonada fruta me traía ecos de relatos de Julio Verne y aventuras en exóticos mares del Sur. Había también guayabos, nísperos y ciruelos que servían de coartada y escondite a las hijas de la vecina. Agazapadas entre sus ramas, las muy curiosas nos escuchaban a B y a mi hacer el amor en cálidas tardes de siesta. ¡Cuántos recuerdos de aquella casa! Quizá ahora deambulen como fantasmas perdidos en la nueva estructura de concreto y metal…

Continúo mi camino por derroteros predecibles. Mi ceiba favorita, “Las Dos Hermanas”, me da la bienvenida a la orilla de la bahía. La honro y le deseo larga vida. Paseo por el muelle poblado de los pescadores de siempre, y como siempre, me maravilla la paciencia con la que tienden sus hilos de nylon y esperan a que pique algún despistado jurel desviado del cauce de su cardumen. Todo ello es buen pretexto para una plácida charla. Miro la desembocadura del río Hondo y me doy cuenta de lo bella que sigue siendo la bahía, circundada en buena parte por el verdor horizontal del país vecino. Y soy mirada por la ciudad desde sus landmarks y nos reconocemos. Aquí hice muchas cosas, crecí, aprendí, fui feliz.

El malecón me lleva finalmente a mis antiguos lares en la frontera del Barrio Bravo. Caminando por Reforma es imposible no ver e impactarse con la construcción que ha levantado Cristóbal en el curso de casi 9 años. ¡Sí que está dejando su marca en el paisaje urbano! Enfrente, mi casa. La veo hermosa y expectante, preparada también para comenzar una nueva etapa. Nos sonreímos en el recuerdo de 15 años compartidos. Es un lugar vivo que me mira con buenos ojos y sé que tanto ella como yo tenemos un destino propio. Ahora una nueva familia la habitará, cuidará, disfrutará. No necesito entrar. Ya nos despedimos.

Sábado 29:
Las señales de cierre abundan. Sin haberlo realmente planeado, finiquito acuerdos, firmo documentos, instruyo cancelaciones, redondeo trámites. Algunos contra reloj, como si el universo, sonriendo, me dijera “te la estamos haciendo cardíaca para que no te olvides de confiar”.

Domingo 30:
Son las 7 de la mañana y Chetumal es mío. Me pertenece. Cruzo por sus calles vacías, sus semáforos intermitentes, sus banquetas rotas. Soy el único ser humano en kilómetros a la redonda.

Desayuno en Sergio’s, otro landmark que, desde que lo conozco hace tres décadas, no ha cambiado. Imposible olvidar que el tiempo transcurre diferente en Chetumal. Después de todo, es el mundo al otro lado del espejo.

Margarito, amigo y colega, me lleva a comer a Ichpaatún, un hermoso lugar frente a la isla de Tamalcab. Pido el clásico ceviche mixto y la memoria del gusto y el olfato me remonta a aquella primera comida que compartí con mi hermano Alfredo en el restaurante de Fina Muza, recién llegada a Chetumal en septiembre de 1978, y en la que supe, entre lágrimas y risas, lo que es el chile habanero.

La conversación con Margarito resulta tan amena y provocativa como deliciosas son las viandas y perfecto el paisaje. Después de analizar a la UQROO, sus años iniciales y cambios irreversibles; de abordar la Zona Maya y el derrumbe de un mundo que no volverá; de desmenuzar un país al que se lo está llevando Patas de Cabra, no podemos menos que desembocar en cuestionamientos profundos y filosóficos: ¿Podemos todavía hacer antropología clásica? ¿Tiene aún sentido y posibilidades el clásico trabajo de campo? ¿Es una ciencia social en extinción y nosotros dinosaurios? ¿Nos equivocamos de camino o se trata más bien de la crisis de las Humanidades? ¿Tenían nuestros padres razón al insistir en que estudiáramos una carrera menos idealista y más productiva? ¿Somos unos románticos incurables en busca del noble salvaje, de un objeto/sujeto de estudio que no es ni quiere ser esa imagen idealizada? Food for thought…

Cierro el día cenando con mis más antiguos amigos chetumaleños: Juan y Carlota. Qué delicia de charla y de postre: un brownie con helado de vainilla que me zampo sin culpas. Compañeros de andanzas., locuras y proyectos, testigos de muchos de mis propios ritos de paso, son prueba viva de que las etapas van y vienen pero lo firme y radical permanece. Somos amigos incondicionales desde hace 31 años. Un motivo más para celebrar.

Lunes 31:
El notario nos espera, a mis compradores y a mí, para firmar la venta de mi casa. Queda en buenas manos y yo puedo decir adiós a Chetumal. La próxima vez que regrese, será diferente. Miraré la ciudad, la bahía, los recuerdos, con ojos distintos. Siempre amorosos pero ya desde el portal recién cruzado, ya desde otro territorio y otro ciclo vital.

Te deseo larga y plácida vida, querido Chetumal. Que no te afecten los vientos de indiferencia y rechazo que soplan desde el norte. Que no te confunda la voracidad disfrazada de progreso. Que las garzas adornen de blanco el manglar y que por muchos años lo sobrevuelen los pelícanos. Y que jureles, pargos y una que otra cherna tengan a bien llegar hasta los pescadores del muelle.

Rhincodon typus. Noticias del Trópico 39

NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 11, núm. 39, 19 de julio, 2009.

Rhincodon typus

Su nombre oficial es Rhincodon typus. Ancestros suyos deambulaban por los océanos primigenios hace 60 millones de años y en la actualidad gusta de recorrer las aguas tropicales. Tiene un rango de vida de unos 70 años, puede medir hasta 12 metros de largo y llegar a pesar 14 toneladas. Y sin embargo, es inofensivo, tierno y vegetariano. O diríamos que vegan, pues no come más que plancton, el alimento básico de su hábitat.

Pero todo esto lo supe después. Antes de que yo le fuera presentada de manera formal – personalmente y en persona – sólo sabía que es el pez más grande del mundo. La primera vez que oí hablar de él fue leyendo el relato de Thor Heyerdhal acerca de la travesía del Kontiki de Perú a la Polinesia - libro que yo misma le regalé a mi mamá en Oslo, Noruega, tierra natal de Heyerdhal, cuando visitamos su museo en el verano de 1969. El encuentro del explorador con el enorme pez a la mitad del Pacífico quedó grabado hasta hoy en mi memoria. Sin embargo, nunca imaginé que pudiera llegar a nadar al lado de este plácido gigante de piel escamada, áspera, cortante y simétricamente moteada.

Salimos a las 7 de la mañana del muelle de Punta Sam con rumbo este-noreste, lo que nos hizo pasar a un costado de Playa Norte, Isla Mujeres. Éramos 10 en la lancha, todos vecinos míos, más dos capitanes y el guía. Pasamos a la vista de Contoy, hicimos un gran rodeo y tardamos unas 3 horas antes de divisar una cincuentena de aletas enormes que sobresalían del oleaje dibujando lentos círculos. Estábamos, por fin, frente al tiburón ballena.

Unas treinta lanchas delimitaban el radio de 500 metros en el que se movía el cardumen. Es decir, éramos unas 300 personas ansiosas por echarnos al mar con aletas y snorkel, aunque de cada lancha solamente se tiran dos personas a la vez, más el guía, para no asustarlos.

Los gigantes nos rodean, adultos enormes y bebés de 3 metros, pasando al lado y por debajo de la lancha en rítmico vaivén de la cola, acompañados de su séquito de peces piloto, la enorme boca abriéndose y cerrándose. Algunos se colocan verticalmente y abren las fauces tocando la superficie. A esos los llaman “botella”. No se si les somos indiferentes o nos toleran y hasta nos esperan para que nuestro rápido aleteo les logre dar alcance y podamos disfrutar de su compañía unos momentos más antes de regresar a la lancha.

Yo me lancé al mar tres veces y lo hubiera hecho varias más. Regresé a casa exhausta y feliz. Las siguientes fotos, tomadas por mi vecino Poncho, compañero de inmersión, dan cuenta de una experiencia que repetiría gustosa y que de plano recomiendo.

Las piedras de Gaza. Noticias del Trópico 38

NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 11, núm. 38, 23 de enero, 2009.

Las piedras de Gaza

Es difícil imaginar que Palestina, esa "tierra sin esperanzas, triste y con el corazón roto", al decir del escritor Mark Twain, hubiera tenido alguna vez un verde paisaje. Para él era como si aquellas colinas pelonas y secas hubieran cometido algún horrible pecado por el que estuvieran siendo castigadas. Le parecían haber muerto a pedradas. Difícil creer, entonces, que alguna vez hubo verdor – bosques - en ese paraje.

Pero sí los hubo.

Durante 13 siglos, cada ejército que pasó por la región lo hizo al grito de "corten todos los árboles". Cuando Pompeyo invadió Palestina, haciéndola parte del imperio romano, taló vegetación al por mayor. Unas décadas después, cuenta el historiador Josefo que los soldados de Tito pasaron por el hacha a cada árbol que todavía estaba en pie en un radio de 20 kilómetros alrededor de Jerusalén. Los cruzados no fueron excepción y destruyeron lo que encontraron a su paso en nombre de la Cristiandad. Y a principios del siglo XX, los ingleses acabaron con las huertas que todavía quedaban, para evitar que los turcos se escondieran y los atacaran desde allí.

Ésta es la tierra prometida. Pero no me refiero a la promesa bíblica de Yaveh a sus elegidos. Han existido dioses más implacables.

Palestina se firmó como tierra de promisión en 1917. Con la Declaración de Balfour, la Corona británica prometió la formación de un estado nacional judío en la región, porque así convenía a sus intereses. Un año antes, el acuerdo secreto Sykes-Picot le garantizaba a Francia un jugoso pedazo, mientras que el coronel T.E. Lawrence – el famoso Lawrence de Arabia – prometía a los árabes su independencia a cambio de que se aliaran con Gran Bretaña en la guerra contra Alemania y Turquía.

Una curiosa historia – ignoro si real o no – explica porqué el Estado de Israel no se creó en una de las colonias inglesas de África: Uganda, de hecho. La decisión se redujo a un compuesto químico: la acetona, a su vez un componente básico de la dinamita. Al parecer, un inmigrante ruso que vivía en Inglaterra descubrió la manera de producir acetona a partir de una variedad de castañas, pero la patente fue otorgada a un súbdito inglés. Con tal de que el inmigrante ruso, que se llamaba Weizmann, no protestara abiertamente, la Corona le concedió su más caro deseo: una patria para los judíos en Palestina, que acabó convirtiéndose en un protectorado inglés.

Como ingredientes de una mezcla explosiva, vemos apilarse una a una las decisiones unilaterales, los acuerdos secretos, la manipulación y el engaño. Y en medio de ello, los palestinos que no sueltan su tierra, los israelitas que sienten su derecho sobre ella, muchos cristianos de quienes nadie habla. Todos ellos valoran esa tierra desértica y dilapidada más que sus vidas. Es una ironía que Palestina sea un lugar tan desolado y sin embargo tantos hayan deseado y deseen poseer.

Una leyenda árabe dice que, cuando Alá creó el mundo, puso en dos costales todas las piedras que un ángel debía repartir en su superficie. Mientras el ángel volaba sobre Palestina, uno de esos costales se rompió, y en ningún lugar son esas piedras más evidentes que en Gaza.

Quienes acompañaron a Winston Churchill, Gertrude Bell, Lawrence de Arabia y otros dignatarios europeos a la Conferencia de Cairo en 1921, no pudieron hallar nada que les pareciera hermoso ni agradable ni suave en Gaza. Nada crecía, nada prosperaba bajo aquel sol inclemente, excepto las piedras y la furia.

Por cierto, no hubo un solo árabe presente, ni siquiera como observador, en aquella conferencia en la que se decidió el destino del Medio Oriente y el pastel se repartió sin su conocimiento, consentimiento y participación.

Lawrence hizo lo que pudo para representarlos. Trató de equilibrar los intereses imperiales internos con la política internacional y con las expectativas de una miríada de grupos en conflicto: árabes, libaneses, drusos, sirios, kurdos, armenios, judíos nativos y judíos europeos, turcos, persas, egipcios, palestinos y cientos de tribus beduinas. Todos querían algo que tenía que ver con quitarle su tierra a alguien más.

La autoimpuesta misión de Lawrence resultó imposible. "Una cosa acerca del Medio Oriente es cierta - dicen que dijo –: siempre habrá otro ejército esperando en el recodo del camino".

Y las piedras de Gaza, hoy son tumbas.

Tres veces. Noticias del Trópico 37

NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 10, núm. 37, 23 de diciembre, 2008.

Tres veces

La primera vez que vi a mi madre salvar a una mujer de ser raptada y violada, tenía yo unos 7 u 8 años. Vivíamos en el Pedregal, en una época en la que la calle de Fuego tenía tan solo unas cuantas casas rodeadas de lotes baldíos. No existía aún el Periférico y en realidad estábamos prácticamente en el borde de la ciudad. Recuerdo que Reynaldo, nuestro chofer, estaba sacando el coche para irnos a la escuela, un Ford Galaxie amarillo. En ese momento, una mujer joven apareció corriendo por la calle gritando socorro. La perseguía un hombre.

La chica se agarró a la manija de la portezuela, suplicándole al chofer que la ayudara, mientras el tipo la jaloneaba para arrancarla de su asidero al tiempo que insistía en que se trataba de su novia, “No le haga caso, señor, está muy alterada la pobrecita, ahorita mismo me la llevo”. Reynaldo permaneció estático, callado, sin ayudar, sin tomar ninguna decisión. Quizá no sabía qué hacer o no quería meterse en problemas.

Para fortuna de la jovencita, que seguía gritando desaforada sin soltar la manija, Queenie salió en ese momento a la calle y preguntó que qué pasaba. “Señora, por su madrecita santa, por la virgen, ayúdeme, señora, ayúdeme por favor”, suplicaba la muchacha mientras Reynaldo, “Figúrese señora, no se quiere ir con él”, y el tipo, “Es que soy su novio y me la tengo que llevar, se tiene que venir conmigo”, y el chofer, “Es que es su novio, señora, qué quiere que yo haga”. “No, señora, no es cierto, yo a este señor ni lo conozco, ayúdeme por diosito santo, ayúdeme”. Todo esto como a las 7 de la mañana, en medio de la calle donde no había un alma.

“Qué novio ni que ocho cuartos”, dijo mi mamá. “Aunque sea su marido, su hermano y hasta su padre, no se la va a llevar a la fuerza si ella no quiere”. El tipo empezó a protestar, pero Queenie lo ignoró. “Ándale, súbete al coche, que te vamos a llevar a donde tú quieras”. Nos subimos las tres al coche y ya en él, la jovencita afirmó que no conocía a ese hombre, que desde luego no era su novio, y mi mamá, que aunque lo fuera, que no se dejara maltratar, y al chofer, “¿Cómo es posible que no la ayudara, Reynaldo? ¿Iba a dejar que ese hombre se la llevara así como así?” y él, “Es que dijo que era su novio, señora”, “¿Y eso qué?”, contraatacó mi mamá, etc. El hecho es que dejamos a la muchacha en un sitio de taxis de San Ángel, y ella, llorosa, casi nos besa las manos.

Las otras dos ocasiones en las que fui testigo presencial de la energía salvadora de mi madre, evitando que una mujer fuese probablemente asaltada y violada, tal mujer era yo misma. Y lo atribuyo, no al proverbial instinto materno, que no existe – mi formación de antropóloga lo asegura, pues el único instinto que se da en todos los seres vivos es el de la supervivencia, ése sí que es instinto y es el único - sino a algo que sí me consta: una especie de lazo poderosísimo entre mi madre y yo, supongo que entre la mayoría de las madres y sus hijas, una especie de cordón umbilical intangible pero muy real que nos unía, un olfato inexplicable, una voz interna que le anunciaba peligro y que, como en el caso de aquella chica de la calle de Fuego, la hizo aparecer en el momento más adecuado y necesario.

Aquella vez fue en mi departamento en la ciudad de México. Llegué de la universidad y no se por qué descuido estúpido, dejé la puerta abierta. Me fui a mi habitación, dejé mis cosas, y cuando regresé a la sala, me topé con un hombre que estaba a medio camino hacia el pasillo. Yo ya lo había visto antes, me lo había topado a la entrada del edificio o bajando las escaleras, pues era amigo del vecino de arriba, y su aspecto siempre me había parecido repulsivo. Era un tipo chaparro, gordo y que cojeaba de un pie. Todo en él, desde su traje gris abolsado hasta sus zapatos empolvados, hablaba de descuido, pero su señal más distintiva y desagradable era el color zanahoria de su pelo grasoso y ralo.

Al verlo me quedé paralizada del susto, mientras que él retrocedía hasta la sala, disculpándose. Ya ahí me dijo que lo único que quería era un vaso de agua, e hizo el ademán de cerrar la puerta que todavía estaba abierta. La garganta se me secó y recuerdo que sentí los pelitos de la nuca erizarse. No me podía mover, pero le dije, “Ahorita le doy un vaso de agua, pero no cierre la puerta porque mi mamá está por llegar de un momento a otro, así que déjela abierta”. No se, ni sabré, de dónde me salieron esas inexplicables palabras. Y en esas estábamos cuando, milagrosamente, porque no hay otra palabra, Queenie salió del elevador y apareció en la puerta. El tipo, todo amabilidad, salió corriendo sin beberse el vaso de agua, acordándose que tenía algo importantísimo que hacer en alguna otra parte.

Cuando le expliqué a mi madre lo que había sucedido, me dijo, “Ay, hija mía, no hagas esas estupideces, no lo hagas, es peligrosísimo, ¿te imaginas si yo no hubiera aparecido?”. Luego le conté lo que yo le había dicho al tipo, de dejar la puerta abierta porque mi madre iba a llegar, y ella me contestó que estaba arriba en su departamento, pensó en mi, sintió la necesidad de verme y que sin más había bajado los dos pisos que nos separaban. Hasta el día de hoy estoy segura de que me salvó de una experiencia por demás desagradable, o al menos de un buen susto.

La tercera ocasión en la que ocurrió algo parecido fue tiempo después, cuando Luciano y yo ya vivíamos juntos. Para festejar el cumpleaños de Queenie, la invitamos a un hotel de la Zona Rosa donde daría un concierto Alfredo Zitarrosa. Y era tal el gentío que había en la puerta, que le pedí a Luciano que acompañara a mi mamá a nuestra mesa, mientras yo, que ya estaba al volante, llevaría el coche al estacionamiento contiguo. Debió haber sido al revés, pero ¿cómo yo – en un arrogante show de autosuficiencia e independencia – iba a permitir que alguien más manejara mi coche?

El estacionamiento era de varios pisos, oscuro, solitario. Lo recorrí hasta encontrar un lugar. Me bajé del coche, lo cerré y estaba por dirigirme a las escaleras hacia la calle cuando un hombre se me acercó a preguntarme la hora. No parecía empleado del estacionamiento ni del hotel, ni huésped, ni asistente al evento. Se me fue acercando, yo empecé a bajar las escaleras un poco más rápido con la adrenalina ahogándome el pecho, y él detrás de mi, cada vez más cerca, preguntándome con voz pastosa algo que yo no lograba entender. No había absolutamente nadie y me empecé a asustar en serio.

En ese momento, aparece Queenie subiendo por las escaleras, seguida de Luciano. Como si nunca hubiera existido más que en mi imaginación, el tipo se desvaneció en el aire. Con el corazón todavía a cien por hora le pregunté a mi mamá que qué hacían allí, y me contestó que sencillamente había presentido que yo estaba en peligro y le había insistido a Luciano que fueran a buscarme. De nueva cuenta en el momento preciso. No se si estábamos tan conectadas que era capaz de percibir a distancia mi angustia o si fue simplemente el sentido común que prevaleció o su vena sobreprotectora lo que la impulsó a buscarme en un estacionamiento enorme, sin la menor idea de dónde podría encontrarme. La abracé. Nunca me parecieron tan dulces y balsámicas las guitarras apasionadas de Zitarrosa.

55. Noticias del Trópico 36

NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 10, núm. 36, 11 de septiembre, 2008.

55

Oigo campanas, ese sonido que para mi es evocador de niñez y nostálgico de lugares del corazón. Muchas campanas de distintas tonalidades, como si las 300 y pico iglesias de Cholula las hubiesen echado al vuelo simultáneamente llamando a vesper, incluyendo la pequeña y sin embargo imponente iglesia de naranjas pastel y blanco que corona la pirámide cubierta de maleza, la más grande del orbe americano. Del orbe, punto. Porque el Tlachihualtepetl es más grande que la pirámide de Kheops, aunque ésta sea más alta. Algo tiene esta Cholula de especial. No en balde sus casi 2,500 años de ocupación continua la convierten en la ciudad habitada más antigua de México.

Me siento en paz conmigo misma, muy a gusto. Dos días de trabajo en el DF con mis tutores de la tesis me dejan motivada y redirigida hacia mis objetivos. Y encuentro mucho más fácil visualizarme obteniendo un grado que me abrirá puertas prácticas y cerrará al mismo tiempo una etapa de mi vida. Y además hablo con John y oigo nada más que amor en el sonido de su voz. Sólo amor, y es bastante. Y me siento muy a gusto con mi recién adquirido estilo sano de vivir. Mi cuerpo me lo agradece y la serenidad de mi mente me indica que algo ha cambiado y que alquimias internas se armonizan entre las mil lorenas que pueblan mis paisajes.

Me ha gustado venir una vez más al Altiplano. Una voz interior me dice que he regresado a mi tierra, al lugar de origen al que pertenezco. Ver el Ajusco, montaña favorita, espolea mi energía. Y confirmo una vez más que aquí se encuentra el alma de mi país. Ese país que se nos pierde entre chispazos y convulsiones de modernidad, globalización, violencia y corrupción, pero que guarda su esencia en los detalles más sorprendentes.

En la Central de Autobuses de Puebla, un altar a la virgen recibe a los agradecidos viajeros que se arrodillan, encienden velas y bendicen haber llegado sanos y salvos a su destino. Su devoción me conmueve. En las calles de Cholula, la feria itinerante rompe la monotonía, y entre cazuelas de barro, ropa bordada, juguetes de madera, miniaturas de pasta, canastas de paja y dulces típicos, una dama tlaxcalteca me ofrece la más deliciosa de las quesadillas de flor de calabaza y maíz azul amasado por sus manos.

Al otro lado de estas calles empedradas, la hermosa y primermundista Universidad de la Américas nos abre las puertas a un congreso de nuevas tecnologías y tendencias innovadoras en los servicios bibliotecarios. Saltamos así de un universo a otro paralelo. Nos sumergimos en un mar de palabras esotéricas y conceptos del siglo XXI: web 2.0, bibliotecas semánticas, motores de búsqueda, libros digitales, usuarios participativos, URLS uniformadas, lenguaje XML, RDF descriptivos, blogs, wikis, calidad, funcionalidad, accesibilidad....

Mientras camino de regreso al hotel por mis maletas, cae una lluvia fina pero pertinaz. No la tibia lluvia caribeña, seguida invariablemente de sol y calores de sauna, sino helada, anunciando tormentas y otras consecuencias. Éstas no se hacen esperar. La odisea del autobús al aeropuerto de la ciudad de México, de equivocarme de terminal, de desandar lo andado en el aerotren y de apenas alcanzar mi vuelo en una carrera adrenalínica, me distrae. Pero ya en el avión, siento un escozor en la garganta y para cuando llego a mi casa a la medianoche, me espera una gripe que me tumba 5 días en aislamiento e inactividad.

No importa, estoy en mi casa. Mi flamante casa, desde donde oigo las olas del mar por la noche y los pájaros y las cigarras y las ranas y los mil sonidos del manglar al amanecer. Mi casa, con dos perros y cuatro gatos, y palmeras y azaleas en flor y macetas reverdeciendo por todos los rincones que me dan la bienvenida. También me la dan las ráfagas de viento y la lluvia intermitente que llegan como coletazos de Ike en su avance hacia el Golfo.

El doctor recomienda reposo, mucho líquido, nux vómica y cali carb. Con remedios caseros y cantidades industriales de té de hierbas, me la voy pasando. A ratos me siento a escribir, pero básicamente me acuesto a pensar. Mi luna en Libra ha dado toda una vuelta al horóscopo progresado, y de cerca la sigue Saturno. Dos ciclos, que son como uno, llegan a su fin para que otro comience. Es como un reestreno con nuevas oportunidades para aprender lo no asimilado en casi tres décadas previas, porque mi primer retorno lunar y saturniano, con todo lo que le acompaña, ocurrió en 1980. Tenía 27 años y hoy estoy cumpliendo 55. Creo prudente aprovechar esta tercera vuelta, porque la próxima vez que Luna y Saturno progresen a su origen, tendré 84 y quizá ya no haya gran cosa que hacer. Ahora es la oportunidad de tomar una vez más a mis padres e integrar en mí los principios femenino y masculino, asumirme como persona madura y responsable de mi destino, hacer pleno uso de mi libertad de acción y decisión, abrir mi conciencia al proceso y reconocerlo y reconocerme en él.

Me siento regalada y felicitada, no sólo por llamadas, visitas y correos electrónicos de familiares y amig@s, sino por ese viaje al Anáhuac, la compañía de seres queridísimos que hacía tiempo no veía, la reafirmación de mi vocación de estudio y trabajo, el contacto con raíces y recuerdos. ¿Qué mejor fin/comienzo? Como dirían Edith Piaf, Frank Sinatra, Mercedes Sosa y muchos otros antes y después que ellos, son 55 años vividos sin arrepentimientos, a mi manera, plenos y agradecidos.