¡EDICIÓN ESPECIAL! de NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 8, núm. 30, 24 de julio, 2006.
Mi comparecencia ante la PGR
Nunca había recibido un citatorio de la justicia. Pero siempre hay una primera vez.
Hace unos días, un señor muy amable que se identificó con su charola de la PGR, me trajo un oficio. No se qué cara puse, pero él se apresuró a asegurarme que no era nada, que no me preocupara, que se trataba de un mero trámite. Ajá.
En el oficio se me solicitaba presentarme con mi abogado o persona de mi confianza (¡focos rojos y sirenas!) el 13 de julio (menos mal que no padezco de trikadecafobia), para rendir mi declaración “con respecto a los hechos que se investigan”.
Si es la PGR quien invita - me dije - se trata de un delito federal. Pero ¿qué delito? ¿lo cometí yo? Es inevitable. Por más que seamos inocentes, un citatorio de la justicia despierta conciencia, culpa, duda.
- El que nada debe, nada teme - sentenció el amable oficial de la PGR como si me adivinara el pensamiento. ¿Me conoce o me habla al tanteo? ¿Creo detectar cierta suspicacia en su voz? Mi imaginación empezó a volar a cien por hora...
Antes de firmar de recibido el papelito, por si acaso me fuera a autoincriminar por el solo hecho de hacerlo, le hablé a mi amigo del alma, paño de lágrimas, meteorólogo de cabecera y consejero jurídico. Raudo y veloz acudió a mi llamado, leyó el oficio y me aconsejó que firmara mientras se comunicaba por celular con su abogado. Éste quedó de acompañarme el día 13 a los separos - o qué se yo - de la PGR.
En realidad ya sospechaba de qué se trataba. Ya me habían comentado amigos y colegas de la universidad que un tal Cuauhtémoc Cardiel me había incluido en una demanda múltiple dirigida a sus “enemigos”: todos aquellos maestros y maestras que fuimos contratados por la UQROO para dar clases cuando ésta abrió sus puertas en enero de1992. ¡Qué tiempos aquellos! Éramos - si no mal recuerdo - 13 profesores y como 250 alumnos. Una gran familia, a la que, dicho sea de paso, el tal Cuauhtémoc jamás ha podido ingresar.
La acusación de Cardiel, contra la universidad en primer lugar, y luego contra nosotros, se basa en que la convocatoria de 1992 especificaba que debíamos tener el doctorado, cosa que varios de nosotros no teníamos en esos momentos (y que yo sigo sin tener). No obstante, a Cardiel se le olvidó convenientemente leer el resto de ese punto, que a la letra dice “o su equivalente” en experiencia, publicaciones, conocimientos, etc.
No importa tampoco que yo haya dejado de dar clases en la UQROO desde 1997. Al menos a este señor parece no importarle. La demanda data del 2004 y es hasta ahora que la larga mano de la justicia me alcanza.
El día señalado me presenté en la PGR. Un edificio como cualquier otro, oficinas burocráticas nada intimidantes. Reconozco que me dejó muy agradablemente sorprendida la amabilidad de todo el mundo, empezando por el juez. Entré a sus aposentos y lo primero que hizo fue tranquilizarme (por lo visto mi honorabilidad no estaba en duda), ofrecerme asiento y mandar pedir el expediente “del rollo ése de la UQROO”. Con esta expresión y una significativa mirada, me dio a entender que está hasta el gorro de esa tontería de demanda que solo les quita tiempo, pero que deben darle curso, y que cuanto antes declaren todos los demandados, se terminará de una buena vez la farsa de Cardiel (reconocido por mi abogado y otros colegas suyos presentes como alguien a quién le falta un tornillo).
Yo aproveché para dejarle en claro mi trayectoria en la UQROO, además de mis calificaciones, recomendaciones, carrera académica, curriculum, publicaciones y demás hierbas previas a 1992, mismas que venía yo acarreando, con original y tres copias, en una gran caja de plástico. Cuando la vio, el juez puso cara de querer terminar ahí mismo con la investigación.
- No hace falta que nos muestre todo ello, maestra. Con su título y cédula profesional bastan.
- No faltaba más - contesté - Quieren que demuestre por qué la UQROO me contrató con categoría Titular A sin tener el doctorado, ¿no es así? Pues aquí están las pruebas.
- ¡Secretario! - ordenó el juez - Tómele su declaración a la señora... y ayúdela a cargar esta caja a su escritorio.
En lo que el secretario - un agradable chiapaneco apodado George - empezaba a escribir los párrafos iniciales de mi declaración, yo le eché un ojo al expediente. Y me pregunto: ¿así funciona una democracia? Aparentemente, un ciudadano cualquiera puede poner en tela de juicio las credenciales de otro y ni siquiera tiene que demostrar que está en lo justo. Es el otro (en este caso otra) quien tiene que demostrar que no es culpable!!! El señor Cardiel afirma, sin conocerme, que “posiblemente” no tenía yo el doctorado y como únicas pruebas ofrece mi título y cédula profesional. ¿De dónde los saco? ¿Alguien le proporcionó mi expediente - supuestamente confidencial - en la UQROO? ¿Cuántos gatos encerrados y manos negras hay en todo esto?
Mientras más leía, sin embargo, mi enojo fue dando pie a la risa. Yo sé que el apellido Careaga es bastante difícil y Viliesid, no digamos. Pero las variantes que me encontré en el expediente establecen un récord sin precedentes: De pronto yo era tanto Villasied como Villaseo, luego Visalit, más adelante Villasit, Vilesio, Villalesio... así ad infinitum. Y eso no era lo peor ni lo más gracioso: había nada menos que dos oficios de Cardiel afirmando que mi apellido no era Vilisiet, que por favor tomaran nota de que yo en realidad me apellidaba Vallasio.
Mis carcajadas, creo, acabaron por romper el hielo. George me sonrió, cómplice y procedió a tomarme mis generales. Me preguntó que si bebo alcohol, si fumo tabaco, si consumo drogas o sustancias narcóticas... Bueno, contesté, un tequilita de vez en cuando. ¿Sólo eso? Sólo eso. Es más, afirmo contundente, soy vegetariana. Eso pareció animar al secretario de la mesa contigua:
- Oiga señora, ¿que es muy difícil eso de ser vegetariano?
- Bueno, no... mmm... depende...
- No interrumpas, compa, que la señora está rindiendo su declaración... ¿en qué íbamos?
Y ahí se repitió entre la concurrencia el shock de mi caja. Íbamos en que vengo a demostrar que el señor Cardiel me demanda injustificadamente. Y procedí a sacar todos y cada uno de los certificados de la licenciatura en la Ibero y de la pasantía de la maestría en la UNAM, los cursos recibidos, las ponencias presentadas, las conferencias dadas, las becas otorgadas, los libros y artículos publicados y, en fin, todo mi historial académico previo a mi ingreso en la UQROO.
- Qué bueno que sólo era hasta 1992 - suspira George cuando, dos horas más tarde, llegamos al final de tanto papeleo - porque me imagino que después de esa fecha tendrá otro tanto...
- ¿Sabe qué? - contesté - una cosa sí le agradezco a Cuauhtémoc Cardiel: que me haya obligado a poner todos mis papeles curriculares en perfecto orden.
El comentario les pareció sumamente gracioso, y entre risas me dieron a leer mi declaración. Por supuesto, antes de firmarla, tuve que corregir el Careaga, que ya se había convertido en Correaga...
Mi tiempo, mi historia, mis ancestros, mi entorno y cualquier otra cosa que se me ocurra, me interese, me ocupe y me parezca divertido, interesante, hermoso o importante compartir desde el Caribe mexicano.
viernes, 5 de febrero de 2010
Días de cine, libros y música. Noticias del Trópico 29
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 8, núm. 29, 9 de julio, 2006.
Días de cine, libros y música
Por lo que a mí respecta,
como me gusta considerarme siempre
la causa principal del bien o del mal que me acontece,
siempre me he visto con satisfacción en la situación
de ser mi propio alumno
y en el deber de ser mi propio preceptor.
(Memorias de Giacomo Casanova).
Ustedes perdonen que, en los tiempos que corren, no hable de fútbol ni de elecciones. Es domingo 9 de julio por la noche pero ignoro quién ganó el mundial. En cuanto a quién será el próximo presidente de este país, mis más apremiantes derechos y responsabilidades cívicas se cumplieron con votar (por Patricia Mercado) y me propuse no contestar la avalancha de emails con toda suerte de cartas, peticiones y opiniones a favor y en contra de los candidatos finalistas, del IFE y del TRIFE. ¿Por qué? Hace unos días consulté el Zen Tarot de Osho y el mensaje de la carta “Sanación” me pareció muy sano: Muévete como un ser total y acepta las cosas. Sólo por 24 horas, inténtalo - aceptación total, sea lo que sea que suceda. Acepta, no reacciones y ve qué pasa. Súbitamente hallarás una energía fluyendo en ti que no habías sentido antes.
Decidí intentarlo y con esa energía es que escribo estas Noticias del Trópico. Me acompañan 898 canciones, 2 días y medio de música continua ocupando 3.34 GB de mi computadora. Por fin me compré un iPod y estoy encantada. Un fin de semana totalmente dedicado a descargar la gran mayoría de mis CDs de Pop, R&B, Rock y Jazz. La música clásica, New Age, Folk y otros seguirán después. Por eso todavía no sé quién ganó el mundial... pero en cambio rescaté del olvido, por ejemplo, a ABBA, Credence Clearwater Revival, Queen, Nina Simone, Cat Stevens, Dire Straits y Pat Benatar, entre otros, y enriquecí cosas en las que ando muy clavada: Ray Charles, Pink Floyd y Coldplay.
Es una maravilla tener clasificada toda esa música por nombre, intérprete, álbum y género. Me permite darme cuenta de que tengo dos o más versiones de varias canciones, la original y las variantes posteriores de otros intérpretes, y que la clara ganadora - ¿quién se lo habría imaginado? - es Light my fire, con 7 distintas grabaciones de The Doors, José Feliciano, Shirley Bassey, etc. Sobra decir que entre los intérpretes sobrepasan por muchísimo Los Beatles y John Lennon a todos los demás. No en balde crecí con su música y tengo todos TODOS sus discos.
Últimamente he visto mucho cine, ligado además a novelas que leí o estoy leyendo. ¿Se acuerdan de Valley of the Dolls de Jacqueline Susann? Me gustó releer este best-seller de los setentas, no por su calidad literaria (aunque tiene de pronto frases muy buenas, una de ellas el inicio de la novela: Nueva York como un animal acorralado e iracundo en medio del sofocante verano), sino por ser la historia de tres mujeres atrapadas en el territorio de los seconales, quaaludes, aquachlorales y demás muñequitas.
(La novela que escribo narra, en parte, la historia de tres mujeres perdidas en otros territorios potencialmente igual de letales)
Esta lectura me animó a rentar una película/documental titulada Los últimos días de Marilyn Monroe (2001). Si recuerdan, la diosa murió por una sobredosis de pentobarbitúricos, mejor conocidos como nembutales - "la menor droga letal del mundo". En aquellos momentos se encontraba filmando la que habría sido su última película de haberla terminado: Something’s got to give, al lado de Dean Martin. Seguro han oído la canción tema, cantada por Sammy Davis Jr. (incluida en Lo que las mujeres quieren, Mel Gibson y Hellen Hunt, por ejemplo), y seguro recuerdan las fotos de Marilyn nadando desnuda en una alberca. Precisamente son escenas de dicho filme.
El documental muestra como se lograron filmar las escenas iniciales, a pesar del ausentismo y caprichos de la estrella, y de los corajes y protestas de George Cukor, el director. Los productores rescataron esos rollos, guardados desde 1962, y al final de este documental se pueden ver unos 20 minutos de ésta, la última película de Marilyn y su único desnudo registrado en un filme. Vale la pena.
En probable estado mental alterado, se me ocurrió rentar Casanova, un lamentable y fracasado intento por copiar el esquema de Shakespeare enamorado, en este caso con referencia al famoso Don Giacomo en lugar del Bardo. Qué terrible es querer y no poder. Lo único salvable de este film es el guapo de Heath Ledger, indudablemente también un gran actor, y el hecho de que, en mi caso, me incitó a leer las Memorias de Jacques Casanova, en una versión editada, por supuesto (la original creo que son 7 o 9 tomos, que abarcan las 10,000 cuartillas que acabó escribiendo este extraordinario personaje en los últimos años de su larga vida).
Estas Memorias están contenidas en un bello librito de pasta dura y encuadernado en tela, publicado por Random House en 1929, que ya no recuerdo de donde salió (pero que tiene mi nombre y una dirección que hace décadas abandoné, o sea que ha de ser mío), y lo estoy disfrutando como no se imaginan. ¡Qué extraordinario escritor era Casanova! Me río a carcajadas con su fino e ingenioso sentido del humor, sus apreciaciones sabias y elegantemente cínicas de los seres humanos y sus flaquezas, la crítica acertada de la política, la iglesia, los militares y otras instituciones, además de que estoy siendo trasladada por el arte de su mágica pluma a Venecia, París, Londres y otras ciudades europeas de la segunda mitad del siglo XVIII, con todo y costumbres, cotidianeidad e idiosincrasias. Un manjar en el que lo de menos son las conquistas femeninas (hay que decir que Giacomo Casanova no conquistaba, sino que galantemente se sometía).
Otras películas que me han deleitado últimamente no se si pueden ser descritas como un deleite. Pero hay que verlas, eso es indudable. Todas coinciden en presentar de una forma inteligente y crítica algo de lo más dantesco que caracteriza nuestro planeta en la actualidad. Me refiero a Siriana, que aborda con acierto todos los niveles interactuantes del mundo petrolero; Good night and Good Luck, en memoria de un hombre que osó enfrentar el fanatismo macartista de los 50’s; y The Constant Gardener, que habla de un tema relacionado con algo que escribí no hace mucho (Una multisiniestra historia, Noticias del Trópico Nº 27) y que me llevó a comprar - y pronto leer - la correspondiente novela de John Le Carré.
Recomiendo añadir a esta lista de cine con conciencia, una joya de 1988: La insoportable levedad del ser, con la actuación magistral de Daniel Day-Lewis y Juliette Binoche. ¡Qué película! Me estrujó el corazón, o no se si las vísceras o qué, ser una vez más testigo de esa memorable historia de amor, que va creciendo en medio y a pesar de los tanques soviéticos que invaden Praga. Les puedo asegurar que añadidos quedan a la lista de lecturas un par de libros de Milan Kundera.
Ustedes perdonen que en los tiempos que corren no hable de lo que todo el mundo habla.
No hay tiempo ni espacio suficiente.
El newsletter de Lorenzia, año 8, núm. 29, 9 de julio, 2006.
Días de cine, libros y música
Por lo que a mí respecta,
como me gusta considerarme siempre
la causa principal del bien o del mal que me acontece,
siempre me he visto con satisfacción en la situación
de ser mi propio alumno
y en el deber de ser mi propio preceptor.
(Memorias de Giacomo Casanova).
Ustedes perdonen que, en los tiempos que corren, no hable de fútbol ni de elecciones. Es domingo 9 de julio por la noche pero ignoro quién ganó el mundial. En cuanto a quién será el próximo presidente de este país, mis más apremiantes derechos y responsabilidades cívicas se cumplieron con votar (por Patricia Mercado) y me propuse no contestar la avalancha de emails con toda suerte de cartas, peticiones y opiniones a favor y en contra de los candidatos finalistas, del IFE y del TRIFE. ¿Por qué? Hace unos días consulté el Zen Tarot de Osho y el mensaje de la carta “Sanación” me pareció muy sano: Muévete como un ser total y acepta las cosas. Sólo por 24 horas, inténtalo - aceptación total, sea lo que sea que suceda. Acepta, no reacciones y ve qué pasa. Súbitamente hallarás una energía fluyendo en ti que no habías sentido antes.
Decidí intentarlo y con esa energía es que escribo estas Noticias del Trópico. Me acompañan 898 canciones, 2 días y medio de música continua ocupando 3.34 GB de mi computadora. Por fin me compré un iPod y estoy encantada. Un fin de semana totalmente dedicado a descargar la gran mayoría de mis CDs de Pop, R&B, Rock y Jazz. La música clásica, New Age, Folk y otros seguirán después. Por eso todavía no sé quién ganó el mundial... pero en cambio rescaté del olvido, por ejemplo, a ABBA, Credence Clearwater Revival, Queen, Nina Simone, Cat Stevens, Dire Straits y Pat Benatar, entre otros, y enriquecí cosas en las que ando muy clavada: Ray Charles, Pink Floyd y Coldplay.
Es una maravilla tener clasificada toda esa música por nombre, intérprete, álbum y género. Me permite darme cuenta de que tengo dos o más versiones de varias canciones, la original y las variantes posteriores de otros intérpretes, y que la clara ganadora - ¿quién se lo habría imaginado? - es Light my fire, con 7 distintas grabaciones de The Doors, José Feliciano, Shirley Bassey, etc. Sobra decir que entre los intérpretes sobrepasan por muchísimo Los Beatles y John Lennon a todos los demás. No en balde crecí con su música y tengo todos TODOS sus discos.
Últimamente he visto mucho cine, ligado además a novelas que leí o estoy leyendo. ¿Se acuerdan de Valley of the Dolls de Jacqueline Susann? Me gustó releer este best-seller de los setentas, no por su calidad literaria (aunque tiene de pronto frases muy buenas, una de ellas el inicio de la novela: Nueva York como un animal acorralado e iracundo en medio del sofocante verano), sino por ser la historia de tres mujeres atrapadas en el territorio de los seconales, quaaludes, aquachlorales y demás muñequitas.
(La novela que escribo narra, en parte, la historia de tres mujeres perdidas en otros territorios potencialmente igual de letales)
Esta lectura me animó a rentar una película/documental titulada Los últimos días de Marilyn Monroe (2001). Si recuerdan, la diosa murió por una sobredosis de pentobarbitúricos, mejor conocidos como nembutales - "la menor droga letal del mundo". En aquellos momentos se encontraba filmando la que habría sido su última película de haberla terminado: Something’s got to give, al lado de Dean Martin. Seguro han oído la canción tema, cantada por Sammy Davis Jr. (incluida en Lo que las mujeres quieren, Mel Gibson y Hellen Hunt, por ejemplo), y seguro recuerdan las fotos de Marilyn nadando desnuda en una alberca. Precisamente son escenas de dicho filme.
El documental muestra como se lograron filmar las escenas iniciales, a pesar del ausentismo y caprichos de la estrella, y de los corajes y protestas de George Cukor, el director. Los productores rescataron esos rollos, guardados desde 1962, y al final de este documental se pueden ver unos 20 minutos de ésta, la última película de Marilyn y su único desnudo registrado en un filme. Vale la pena.
En probable estado mental alterado, se me ocurrió rentar Casanova, un lamentable y fracasado intento por copiar el esquema de Shakespeare enamorado, en este caso con referencia al famoso Don Giacomo en lugar del Bardo. Qué terrible es querer y no poder. Lo único salvable de este film es el guapo de Heath Ledger, indudablemente también un gran actor, y el hecho de que, en mi caso, me incitó a leer las Memorias de Jacques Casanova, en una versión editada, por supuesto (la original creo que son 7 o 9 tomos, que abarcan las 10,000 cuartillas que acabó escribiendo este extraordinario personaje en los últimos años de su larga vida).
Estas Memorias están contenidas en un bello librito de pasta dura y encuadernado en tela, publicado por Random House en 1929, que ya no recuerdo de donde salió (pero que tiene mi nombre y una dirección que hace décadas abandoné, o sea que ha de ser mío), y lo estoy disfrutando como no se imaginan. ¡Qué extraordinario escritor era Casanova! Me río a carcajadas con su fino e ingenioso sentido del humor, sus apreciaciones sabias y elegantemente cínicas de los seres humanos y sus flaquezas, la crítica acertada de la política, la iglesia, los militares y otras instituciones, además de que estoy siendo trasladada por el arte de su mágica pluma a Venecia, París, Londres y otras ciudades europeas de la segunda mitad del siglo XVIII, con todo y costumbres, cotidianeidad e idiosincrasias. Un manjar en el que lo de menos son las conquistas femeninas (hay que decir que Giacomo Casanova no conquistaba, sino que galantemente se sometía).
Otras películas que me han deleitado últimamente no se si pueden ser descritas como un deleite. Pero hay que verlas, eso es indudable. Todas coinciden en presentar de una forma inteligente y crítica algo de lo más dantesco que caracteriza nuestro planeta en la actualidad. Me refiero a Siriana, que aborda con acierto todos los niveles interactuantes del mundo petrolero; Good night and Good Luck, en memoria de un hombre que osó enfrentar el fanatismo macartista de los 50’s; y The Constant Gardener, que habla de un tema relacionado con algo que escribí no hace mucho (Una multisiniestra historia, Noticias del Trópico Nº 27) y que me llevó a comprar - y pronto leer - la correspondiente novela de John Le Carré.
Recomiendo añadir a esta lista de cine con conciencia, una joya de 1988: La insoportable levedad del ser, con la actuación magistral de Daniel Day-Lewis y Juliette Binoche. ¡Qué película! Me estrujó el corazón, o no se si las vísceras o qué, ser una vez más testigo de esa memorable historia de amor, que va creciendo en medio y a pesar de los tanques soviéticos que invaden Praga. Les puedo asegurar que añadidos quedan a la lista de lecturas un par de libros de Milan Kundera.
Ustedes perdonen que en los tiempos que corren no hable de lo que todo el mundo habla.
No hay tiempo ni espacio suficiente.
Tres toneladas menos. Noticias del Trópico 28
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 8, núm. 28, 5 de abril, 2006.
Tres toneladas menos
Me tardé mucho en escribir estas Noticias del Trópico porque sin duda son parte de la catarsis, del clavado, de la renovación. Tengo que escribirlas después de todo lo que ha ocurrido desde que empezó el año. He estado inmersa en un proceso personal, y si bien he escrito al respecto pequeñas anotaciones – me va la vida en ello, escribir es mi forma de entender y digerir al mundo y mi mundo – no había tenido, hasta hoy, el tiempo ni el espacio para emprender la tarea a fondo.
Todo comenzó con el extraordinario viaje que hicimos John y yo a España en diciembre, donde pasamos Navidad y Año Nuevo con algunas de mis amigas y de mis familiares más queridos. Varios días enriquecedores en Barcelona, otros tantos de redescubrimiento de Valencia y de la historia familiar, y finalmente Madrid, castillo famoso, la reunión de primos, sobrinos, cónyuges, en fin, una gran familia unida por lazos que atraviesan océanos y acercan continentes. Abrazar a mi tía de 102 años me sumergió en un mar de recuerdos y de reflexiones. Y entrar en la Madre Patria con mi flamante pasaporte español, me hizo sentirme, una vez más, en casa y como pez en el agua. Un orgulloso pez en el agua de sus ancestros.
De regreso a este otro mundo que es Chetumal, la vorágine del cambio me atrapó. Más bien la vorágine la provoqué yo misma, impulsada por una gran necesidad de poner orden y concierto en algunos aspectos de mi vida y decir adiós donde ya había que hacerlo. Dejé Casa Mosaico y me retiré de la sociedad en la que había estado comprometida por casi 6 años. Los ríos subterráneos de las emociones apenas se están dejando ver. Pero en aquel momento, el imperativo era de orden práctico: ¿dónde poner todos mis bártulos de yoga y masaje, si mi casa parecía una versión miniatura del Rastro y la Lagunilla juntos?
Soy hormiga, urraca, ratón. Todo, absolutamente todo lo guardo, en espera de que se vuelva a poner de moda, se necesite para componer algo, se pueda reciclar, reutilizar, readaptar. Previsión para el futuro doblemente exagerada por mis obsesiones de Virgo. ¿Qué tal si esto sirve? Mejor no lo tiro. Ese es mi lema. Y así he acumulado alegremente toneladas de cosas que esperan pacientes sus 15 minutos de gloria, servir de algo algún día.
El dejar Casa Mosaico me obligó a reevaluar no solo el estado de cosas a mi alrededor, sino estas mismas ideas, esta necesidad de acumular o, quizá, de parapetarme tras una muralla de objetos para escapar del mundo. De lo que sí estoy segura es que soy el tipo de persona que, a donde llega, invade. Soy capaz de llenar una casa vacía en tiempo récord y expando mis dominios rápido y facilito. Pero frente a una necesidad real de espacio, no tuve más remedio que cuestionar esta filosofía y esta forma de ser, y algo en mí empezó a anhelar la sobriedad de una pared blanca, la superficie lisa y vacía de un escritorio, la atmósfera de simplicidad monástica de una habitación, la frugalidad en los adornos, el abandono del barroco churrigueresco por un orden sencillo y abarcable de las cosas.
De pronto me di cuenta de que me había acostumbrado tanto al atiborramiento, que ya no lo veía. Ya se había convertido en algo rutinario que me pasaba desapercibido. Y así empecé, tímidamente al principio, a separar lo realmente útil de lo no tanto, a abrir clósets y tratar de mirar su contenido con otros ojos, a buscar la manera de conjurar de la nada más espacio para tantas chácharas. Y aún en las mentes más tozudas se tiene que hacer finalmente la luz: si quieres meter cosas nuevas, tienes que sacar cosas viejas. Si quieres guardar, tienes que soltar. Si quieres decir hola, tienes que decir gracias y adiós.
Adopté, medio a regañadientes, los consejos de una sabia amiga experta en tirar a la basura todo lo superfluo: no vayas a comprar otro librero, mejor deshazte de libros que ya nunca volverás a leer o que nunca leíste y que otros pudieran aprovechar. No metas ninguna prenda de vestir nueva al clóset sin sacar una que ya no te pones o ya no te queda. Échale una mirada crítica a todo aquello que no has utilizado, usado o abierto en un año, pues lo más probable es que sea prescindible. Sabiduría pura.
Y así, desde mediados de enero, fui recorriendo mi casa rincón por rincón, habitación por habitación, armario por armario, cajón por cajón. Me deshice de basura que fue a dar a la basura y me deshice de muchas cosas que podían servirle todavía a alguien: muebles, lámparas, cuadros, adornos, enseres de cocina, electrodomésticos, equipo de computación, cassettes de música, videos, ropa, zapatos, bolsas, maletas, herramientas y literalmente cientos de cosas más.
Obvio que lo más difícil de soltar fueron los libros. ¡Qué manía la de los libros! ¡Qué obsesión! O debería decir adicción. Pero hice progresos inimaginables: me deshice de cajas de libros, revistas, documentos, fotocopias y colecciones para los amigos, el archivo estatal y la biblioteca pública. Muchas cajas.
Quedó tanto espacio libre que ahora tengo un cuarto enterito para masaje, que pienso pintar y arreglar, y donde pondré mi mesa para recibir a mis clientes. Mi casa, después de dos meses de este proceso, pesa tres toneladas menos. Creo que hasta yo misma perdí peso. Al menos me siento más ligera de equipaje.
Y como lo que es arriba, es abajo, y lo que es afuera, es adentro, el proceso de limpieza me llevó a muchos parajes que hacía años no visitaba y me trajo fantasmas y espejos del pasado que hace mucho no me visitaban a mi.
Se me estrujó el corazón frente a cientos, posiblemente miles, de fotocopias que se fueron a la basura, muchísimas de ellas sin haberse utilizado, que me remitieron a otros tantos proyectos académicos que concluyeron o que nunca se emprendieron. Toqué fondo con mi vida académica, con aquel doctorado que se quedó en el tintero, un pasado académico que ya no fue y que se convierte en papel de reciclaje.
Me doy cuenta de que lo que más me gustó - y me gusta - fue el proceso de la investigación, el ir a tantas bibliotecas y archivos, encontrar esos libros y documentos, el placer de leerlos, la cantidad de ideas que me sugirieron y el gozo de transformarlos en una investigación y una publicación. Creo que por eso guardaba tanto papel cuya misión ya se había cumplido. Recorrí las cajas de mi vida estudiantil en el posgrado de la UNAM y guardé lo esencial. Abrí las cajas de mi vida como maestra en la UQROO y me quedé con lo imprescindible.
En este remover y sacar, tirar, regalar y guardar, aparecieron mis tres anillos de graduación y hasta mi anillo de bodas.
En febrero se fue el piano. El de mi abuela, que mis padres le compraron en 1950 en el Monte de Piedad por la fabulosa cantidad de 6,197 pesos de aquel entonces. No lo lloré, pero sí me despedí de él con agradecimiento profundo. Me da gusto que esté en una escuelita de música y que otras manos lo toquen y le den sentido a su existencia. Yo lo tenía muy abandonado.
Además de los muchos y evidentes beneficios de todo este proceso, algo estupendo fue reencontrarme con novelas que leí hace muchos años y que ahora se me antojó mucho releer: ¿Se acuerdan de Fear of flying, aquel divertido bestseller feminista de los setentas escrito por Erica Jong? El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell me intriga, pues lo leí en la adolescencia y no creo haber tenido las necesarias experiencias de vida como para apreciarlo a fondo; las novelas de Vicki Baum que le encantaban a mi madre, D.H.Lawrence, por no dejar desatendido ese delirio de otras épocas.
Por otra parte, aparecieron obras que llegó ya el momento de leer por primera vez, entre otras, À la recherche du temps perdu, de Proust, obra completa en un tomo grande y pesado como ladrillo que compré en el 2000 en la Gare du Nord de París y que es mi próximo gran proyecto de lectura; Mrs. Dalloway, aunque hincarle el diente a Virginia Woolf siempre me ha resultado una empresa ardua y seria; la colección de Los Reyes Malditos; y nada menos que Peyton Place, la Caldera del Diablo de Grace Metallious, creadora en su momento de un nuevo tipo de novela y de un best-seller instantáneo a sus 32 años de edad.
Quiero terminar este relato de revolución y renovación con la aventura, largamente pospuesta, de sumergirme en el reino empolvado y oscuro del tío Luis Careaga y sus papeles. Por lo pronto, ya se de quién heredé la manía acumulativa.
No me refiero a los volúmenes de su inmensa biblioteca, muchos de los cuales conservé y otros muchos regalé o doné, y que reflejan los variadísimos intereses que el tío Luis tuvo a lo largo de su vida: desde Las Moradas de Santa Teresa y las Confesiones de San Agustín, las reglas de diversos conventos de monjas y los breviarios teológicos en latín, hasta docenas de tratados de herbolaria y agricultura, pintura, música renacentista y beisbol, de fabricación de chocolate y cultivo del arroz, de jazz y ajedrez, de reyes visigodos y catedrales góticas, del oro y los alquimistas, de las minas de hulla y el lenguaje de los cretenses, de las obras hidráulicas del Valle de México y de la educación de las señoritas, del teatro de Tirso de Molina y la caligrafía barroca, así ad infinitum.
No me refiero a esos libros, sino a exactamente 62 paquetes de papeles que me siguieron en mi andar por el mundo durante los últimos 30 años y que, a fines de febrero pasado, hube por fin de abrir y confrontar.
Abro el primer paquete y Velázquez me mira de reojo desde un solitario billete de 50 pesetas de 1928, perdido en ese limbo de historia personal. Le sigue un gastado folder con recortes del periódico Excélsior de 1969 y 1970 que me hacen pensar en la película “Una mente brillante: “Murió el dictador portugués Antonio Oliveira Salazar”, “La Orden de las Artes y las Letras para Álvaro Arauz”, “A pesar de lo dicho por el Papa, los obispos holandeses atacan el celibato”, “El más conocido de los púlsares aceleró su ritmo”, “Con la táctica y la estrategia no se gana un juego de fútbol”, “Quienes no estén conformes con el PRI, que se vayan, dijo LEA en Tierra Blanca”, “Experimenta EU con el Rayo de la Muerte”...
Conforme fui avanzando en la maraña de paquetes y papeles, aparecieron
acuarelas, dibujos y mapas, bolsas de plástico llenas de bolsas de plástico, cientos de fotos, cartas y felicitaciones de Navidad y cumpleaños, papeles de colores cuidadosamente doblados que alguna vez envolvieron regalos, libretas, papeles y más papeles.
Me zambullí en sus diarios, en aquella su abigarrada letra y números arábigos reinventados por él, donde la g y la y, el 9 y el 5 pierden sus redondeces y se vuelven geométricos y cubistas. La tarea no solamente resultó paleográfica, sino decepcionante. Misteriosamente, ningún diario era anterior a 1948 (el tío Luis nació en 1899) y todos eran un recuento detallado al extremo de cada paso y actividad de su vida cotidiana desde que se despertaba a las 6 de la mañana, hasta que se acostaba a las 6 de la tarde. Por desgracia, en su mayoría incomprensibles y cifrados, hube de desecharlos, excepto por algunas páginas legibles sobre la vida en Fuego 965, la casa de mi infancia y adolescencia. He preservado también recuentos muy personales y hasta desgarradores, de etapas infelices y difíciles de su existencia, que envió expresamente a amigos y a miembros de la familia.
Me fascinaron sus obras, que podríamos llamar literarias y académicas, burdamente empastadas y copiadas a máquina cinco y diez veces en papel calca y de carbón color azul. Conservé, para la posteridad y la historia familiar, al menos un par de ejemplares de cada una. La lista es enorme y enciclopédica. Destaca su trabajo de investigación y descubrimiento de los restos del bachiller Fernando de Rojas, autor de La Celestina, que muy caro habría de costarle, según el propio tío Luis revela, en su relación con el mundo sobrenatural. Destacan también sus incontables sonetos, en especial los dedicados a México y a las mujeres, y sus versos reservados que, según advierte, no son aptos para menores de 23 años. Están sus comedias picarescas, sus tratados científicos, sus incursiones en el arte, sus memorias humanistas.
Me enternecieron los recuerdos de familia que conservó, y no solo de sus hermanos o de su hija Clarissa. Un recorte de periódico sin fecha, pero que debe tener por lo menos 50 años dice que “El niño Juan A. Careaga recibirá importante premio ganado en el programa ¿Quién soy yo?”, mientras que los coloreados dibujos de Beatriz me sonríen con soles y flores y extraños pájaros.
También seleccioné la correspondencia, guardando las cartas escritas a miembros de la familia y recibidas por él de parte de todos nosotros, desde México, España, Venezuela y Estados Unidos. Me encantó una postal de dos oseznos del parque Yellowstone, fechada el 8 de diciembre de 1952, en la que Queenie, José, Alfredo y Johnny le mandan muchos abrazos y mi papá le pide que escriba contando cómo estuvo la cosecha de arroz (en esos momentos, el tío Luis vivía en Venezuela y se dedicaba a la agricultura). Sin que ninguno de ellos lo supiera, yo ya estaba presente cuando esa postal fue escrita y recibida dos semanas después, reencarnada en apenas un grupúsculo de células reproduciéndose a velocidades vertiginosas en el tibio útero de mi madre.
Y no podía faltar el recorte periodístico de emocionante encabezado: “Si usted se apellida Careaga, no pierda el tiempo. Procure demostrar que es heredero de su antepasado Francisco que murió en Texas y será multimillonario”. Fantasía tan de los Careaga, que nos sigue y persigue y se entremezcla con la realidad.... Pero, volviendo al reino de lo terreno, desafortunadamente nuestra rama de la familia resultó no estar emparentada con aquel personaje.
El más jugoso saldo de todo este laberinto de paquetes resultó ser la versión del tío Luis de la historia de la familia Careaga Echevarría y de la familia Echevarría Azcárate, así como un largo y prometedor recuento de Monte Viejo y de las fincas de Munoa y Casa Blanca. En estos profusos escritos, así como en el grueso folder titulado “Elefanta”, se encuentran las historias familiares y las memorias de un pasado que busco, en el que están involucrados él y sus hermanas y hermanos, nuestros padres y madres, nuestra sangre.
De La República de Elefanta, el imaginario Estado creado por ellos en su infancia, dice el tío Luis:
La familia Careaga Echevarría
es siempre, siempre es, Elefanta,
procede en Señorío de la ría
es río de navíos, es su estampa.
Un buen final/comienzo.
El newsletter de Lorenzia, año 8, núm. 28, 5 de abril, 2006.
Tres toneladas menos
Me tardé mucho en escribir estas Noticias del Trópico porque sin duda son parte de la catarsis, del clavado, de la renovación. Tengo que escribirlas después de todo lo que ha ocurrido desde que empezó el año. He estado inmersa en un proceso personal, y si bien he escrito al respecto pequeñas anotaciones – me va la vida en ello, escribir es mi forma de entender y digerir al mundo y mi mundo – no había tenido, hasta hoy, el tiempo ni el espacio para emprender la tarea a fondo.
Todo comenzó con el extraordinario viaje que hicimos John y yo a España en diciembre, donde pasamos Navidad y Año Nuevo con algunas de mis amigas y de mis familiares más queridos. Varios días enriquecedores en Barcelona, otros tantos de redescubrimiento de Valencia y de la historia familiar, y finalmente Madrid, castillo famoso, la reunión de primos, sobrinos, cónyuges, en fin, una gran familia unida por lazos que atraviesan océanos y acercan continentes. Abrazar a mi tía de 102 años me sumergió en un mar de recuerdos y de reflexiones. Y entrar en la Madre Patria con mi flamante pasaporte español, me hizo sentirme, una vez más, en casa y como pez en el agua. Un orgulloso pez en el agua de sus ancestros.
De regreso a este otro mundo que es Chetumal, la vorágine del cambio me atrapó. Más bien la vorágine la provoqué yo misma, impulsada por una gran necesidad de poner orden y concierto en algunos aspectos de mi vida y decir adiós donde ya había que hacerlo. Dejé Casa Mosaico y me retiré de la sociedad en la que había estado comprometida por casi 6 años. Los ríos subterráneos de las emociones apenas se están dejando ver. Pero en aquel momento, el imperativo era de orden práctico: ¿dónde poner todos mis bártulos de yoga y masaje, si mi casa parecía una versión miniatura del Rastro y la Lagunilla juntos?
Soy hormiga, urraca, ratón. Todo, absolutamente todo lo guardo, en espera de que se vuelva a poner de moda, se necesite para componer algo, se pueda reciclar, reutilizar, readaptar. Previsión para el futuro doblemente exagerada por mis obsesiones de Virgo. ¿Qué tal si esto sirve? Mejor no lo tiro. Ese es mi lema. Y así he acumulado alegremente toneladas de cosas que esperan pacientes sus 15 minutos de gloria, servir de algo algún día.
El dejar Casa Mosaico me obligó a reevaluar no solo el estado de cosas a mi alrededor, sino estas mismas ideas, esta necesidad de acumular o, quizá, de parapetarme tras una muralla de objetos para escapar del mundo. De lo que sí estoy segura es que soy el tipo de persona que, a donde llega, invade. Soy capaz de llenar una casa vacía en tiempo récord y expando mis dominios rápido y facilito. Pero frente a una necesidad real de espacio, no tuve más remedio que cuestionar esta filosofía y esta forma de ser, y algo en mí empezó a anhelar la sobriedad de una pared blanca, la superficie lisa y vacía de un escritorio, la atmósfera de simplicidad monástica de una habitación, la frugalidad en los adornos, el abandono del barroco churrigueresco por un orden sencillo y abarcable de las cosas.
De pronto me di cuenta de que me había acostumbrado tanto al atiborramiento, que ya no lo veía. Ya se había convertido en algo rutinario que me pasaba desapercibido. Y así empecé, tímidamente al principio, a separar lo realmente útil de lo no tanto, a abrir clósets y tratar de mirar su contenido con otros ojos, a buscar la manera de conjurar de la nada más espacio para tantas chácharas. Y aún en las mentes más tozudas se tiene que hacer finalmente la luz: si quieres meter cosas nuevas, tienes que sacar cosas viejas. Si quieres guardar, tienes que soltar. Si quieres decir hola, tienes que decir gracias y adiós.
Adopté, medio a regañadientes, los consejos de una sabia amiga experta en tirar a la basura todo lo superfluo: no vayas a comprar otro librero, mejor deshazte de libros que ya nunca volverás a leer o que nunca leíste y que otros pudieran aprovechar. No metas ninguna prenda de vestir nueva al clóset sin sacar una que ya no te pones o ya no te queda. Échale una mirada crítica a todo aquello que no has utilizado, usado o abierto en un año, pues lo más probable es que sea prescindible. Sabiduría pura.
Y así, desde mediados de enero, fui recorriendo mi casa rincón por rincón, habitación por habitación, armario por armario, cajón por cajón. Me deshice de basura que fue a dar a la basura y me deshice de muchas cosas que podían servirle todavía a alguien: muebles, lámparas, cuadros, adornos, enseres de cocina, electrodomésticos, equipo de computación, cassettes de música, videos, ropa, zapatos, bolsas, maletas, herramientas y literalmente cientos de cosas más.
Obvio que lo más difícil de soltar fueron los libros. ¡Qué manía la de los libros! ¡Qué obsesión! O debería decir adicción. Pero hice progresos inimaginables: me deshice de cajas de libros, revistas, documentos, fotocopias y colecciones para los amigos, el archivo estatal y la biblioteca pública. Muchas cajas.
Quedó tanto espacio libre que ahora tengo un cuarto enterito para masaje, que pienso pintar y arreglar, y donde pondré mi mesa para recibir a mis clientes. Mi casa, después de dos meses de este proceso, pesa tres toneladas menos. Creo que hasta yo misma perdí peso. Al menos me siento más ligera de equipaje.
Y como lo que es arriba, es abajo, y lo que es afuera, es adentro, el proceso de limpieza me llevó a muchos parajes que hacía años no visitaba y me trajo fantasmas y espejos del pasado que hace mucho no me visitaban a mi.
Se me estrujó el corazón frente a cientos, posiblemente miles, de fotocopias que se fueron a la basura, muchísimas de ellas sin haberse utilizado, que me remitieron a otros tantos proyectos académicos que concluyeron o que nunca se emprendieron. Toqué fondo con mi vida académica, con aquel doctorado que se quedó en el tintero, un pasado académico que ya no fue y que se convierte en papel de reciclaje.
Me doy cuenta de que lo que más me gustó - y me gusta - fue el proceso de la investigación, el ir a tantas bibliotecas y archivos, encontrar esos libros y documentos, el placer de leerlos, la cantidad de ideas que me sugirieron y el gozo de transformarlos en una investigación y una publicación. Creo que por eso guardaba tanto papel cuya misión ya se había cumplido. Recorrí las cajas de mi vida estudiantil en el posgrado de la UNAM y guardé lo esencial. Abrí las cajas de mi vida como maestra en la UQROO y me quedé con lo imprescindible.
En este remover y sacar, tirar, regalar y guardar, aparecieron mis tres anillos de graduación y hasta mi anillo de bodas.
En febrero se fue el piano. El de mi abuela, que mis padres le compraron en 1950 en el Monte de Piedad por la fabulosa cantidad de 6,197 pesos de aquel entonces. No lo lloré, pero sí me despedí de él con agradecimiento profundo. Me da gusto que esté en una escuelita de música y que otras manos lo toquen y le den sentido a su existencia. Yo lo tenía muy abandonado.
Además de los muchos y evidentes beneficios de todo este proceso, algo estupendo fue reencontrarme con novelas que leí hace muchos años y que ahora se me antojó mucho releer: ¿Se acuerdan de Fear of flying, aquel divertido bestseller feminista de los setentas escrito por Erica Jong? El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell me intriga, pues lo leí en la adolescencia y no creo haber tenido las necesarias experiencias de vida como para apreciarlo a fondo; las novelas de Vicki Baum que le encantaban a mi madre, D.H.Lawrence, por no dejar desatendido ese delirio de otras épocas.
Por otra parte, aparecieron obras que llegó ya el momento de leer por primera vez, entre otras, À la recherche du temps perdu, de Proust, obra completa en un tomo grande y pesado como ladrillo que compré en el 2000 en la Gare du Nord de París y que es mi próximo gran proyecto de lectura; Mrs. Dalloway, aunque hincarle el diente a Virginia Woolf siempre me ha resultado una empresa ardua y seria; la colección de Los Reyes Malditos; y nada menos que Peyton Place, la Caldera del Diablo de Grace Metallious, creadora en su momento de un nuevo tipo de novela y de un best-seller instantáneo a sus 32 años de edad.
Quiero terminar este relato de revolución y renovación con la aventura, largamente pospuesta, de sumergirme en el reino empolvado y oscuro del tío Luis Careaga y sus papeles. Por lo pronto, ya se de quién heredé la manía acumulativa.
No me refiero a los volúmenes de su inmensa biblioteca, muchos de los cuales conservé y otros muchos regalé o doné, y que reflejan los variadísimos intereses que el tío Luis tuvo a lo largo de su vida: desde Las Moradas de Santa Teresa y las Confesiones de San Agustín, las reglas de diversos conventos de monjas y los breviarios teológicos en latín, hasta docenas de tratados de herbolaria y agricultura, pintura, música renacentista y beisbol, de fabricación de chocolate y cultivo del arroz, de jazz y ajedrez, de reyes visigodos y catedrales góticas, del oro y los alquimistas, de las minas de hulla y el lenguaje de los cretenses, de las obras hidráulicas del Valle de México y de la educación de las señoritas, del teatro de Tirso de Molina y la caligrafía barroca, así ad infinitum.
No me refiero a esos libros, sino a exactamente 62 paquetes de papeles que me siguieron en mi andar por el mundo durante los últimos 30 años y que, a fines de febrero pasado, hube por fin de abrir y confrontar.
Abro el primer paquete y Velázquez me mira de reojo desde un solitario billete de 50 pesetas de 1928, perdido en ese limbo de historia personal. Le sigue un gastado folder con recortes del periódico Excélsior de 1969 y 1970 que me hacen pensar en la película “Una mente brillante: “Murió el dictador portugués Antonio Oliveira Salazar”, “La Orden de las Artes y las Letras para Álvaro Arauz”, “A pesar de lo dicho por el Papa, los obispos holandeses atacan el celibato”, “El más conocido de los púlsares aceleró su ritmo”, “Con la táctica y la estrategia no se gana un juego de fútbol”, “Quienes no estén conformes con el PRI, que se vayan, dijo LEA en Tierra Blanca”, “Experimenta EU con el Rayo de la Muerte”...
Conforme fui avanzando en la maraña de paquetes y papeles, aparecieron
acuarelas, dibujos y mapas, bolsas de plástico llenas de bolsas de plástico, cientos de fotos, cartas y felicitaciones de Navidad y cumpleaños, papeles de colores cuidadosamente doblados que alguna vez envolvieron regalos, libretas, papeles y más papeles.
Me zambullí en sus diarios, en aquella su abigarrada letra y números arábigos reinventados por él, donde la g y la y, el 9 y el 5 pierden sus redondeces y se vuelven geométricos y cubistas. La tarea no solamente resultó paleográfica, sino decepcionante. Misteriosamente, ningún diario era anterior a 1948 (el tío Luis nació en 1899) y todos eran un recuento detallado al extremo de cada paso y actividad de su vida cotidiana desde que se despertaba a las 6 de la mañana, hasta que se acostaba a las 6 de la tarde. Por desgracia, en su mayoría incomprensibles y cifrados, hube de desecharlos, excepto por algunas páginas legibles sobre la vida en Fuego 965, la casa de mi infancia y adolescencia. He preservado también recuentos muy personales y hasta desgarradores, de etapas infelices y difíciles de su existencia, que envió expresamente a amigos y a miembros de la familia.
Me fascinaron sus obras, que podríamos llamar literarias y académicas, burdamente empastadas y copiadas a máquina cinco y diez veces en papel calca y de carbón color azul. Conservé, para la posteridad y la historia familiar, al menos un par de ejemplares de cada una. La lista es enorme y enciclopédica. Destaca su trabajo de investigación y descubrimiento de los restos del bachiller Fernando de Rojas, autor de La Celestina, que muy caro habría de costarle, según el propio tío Luis revela, en su relación con el mundo sobrenatural. Destacan también sus incontables sonetos, en especial los dedicados a México y a las mujeres, y sus versos reservados que, según advierte, no son aptos para menores de 23 años. Están sus comedias picarescas, sus tratados científicos, sus incursiones en el arte, sus memorias humanistas.
Me enternecieron los recuerdos de familia que conservó, y no solo de sus hermanos o de su hija Clarissa. Un recorte de periódico sin fecha, pero que debe tener por lo menos 50 años dice que “El niño Juan A. Careaga recibirá importante premio ganado en el programa ¿Quién soy yo?”, mientras que los coloreados dibujos de Beatriz me sonríen con soles y flores y extraños pájaros.
También seleccioné la correspondencia, guardando las cartas escritas a miembros de la familia y recibidas por él de parte de todos nosotros, desde México, España, Venezuela y Estados Unidos. Me encantó una postal de dos oseznos del parque Yellowstone, fechada el 8 de diciembre de 1952, en la que Queenie, José, Alfredo y Johnny le mandan muchos abrazos y mi papá le pide que escriba contando cómo estuvo la cosecha de arroz (en esos momentos, el tío Luis vivía en Venezuela y se dedicaba a la agricultura). Sin que ninguno de ellos lo supiera, yo ya estaba presente cuando esa postal fue escrita y recibida dos semanas después, reencarnada en apenas un grupúsculo de células reproduciéndose a velocidades vertiginosas en el tibio útero de mi madre.
Y no podía faltar el recorte periodístico de emocionante encabezado: “Si usted se apellida Careaga, no pierda el tiempo. Procure demostrar que es heredero de su antepasado Francisco que murió en Texas y será multimillonario”. Fantasía tan de los Careaga, que nos sigue y persigue y se entremezcla con la realidad.... Pero, volviendo al reino de lo terreno, desafortunadamente nuestra rama de la familia resultó no estar emparentada con aquel personaje.
El más jugoso saldo de todo este laberinto de paquetes resultó ser la versión del tío Luis de la historia de la familia Careaga Echevarría y de la familia Echevarría Azcárate, así como un largo y prometedor recuento de Monte Viejo y de las fincas de Munoa y Casa Blanca. En estos profusos escritos, así como en el grueso folder titulado “Elefanta”, se encuentran las historias familiares y las memorias de un pasado que busco, en el que están involucrados él y sus hermanas y hermanos, nuestros padres y madres, nuestra sangre.
De La República de Elefanta, el imaginario Estado creado por ellos en su infancia, dice el tío Luis:
La familia Careaga Echevarría
es siempre, siempre es, Elefanta,
procede en Señorío de la ría
es río de navíos, es su estampa.
Un buen final/comienzo.
Una multisiniestra historia. Noticias del Trópico 27
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 7, núm. 27, 1º de diciembre, 2005.
Una multisiniestra historia
Celebramos un día internacional más de la lucha contra el VIH/SIDA. El panorama es bastante desolador, las cifras hablan de más casos, de más personas infectadas, de más muertes, de más huérfanos. Pero no les hablaré de esta faceta de la pandemia, sino de una historia de horror en medio del horror que de por sí es la plaga del VIH/SIDA.
No se si calificarla de ciencia ficción, de novela de terror o de ambas. Y me quedaría corta, porque lo peor de esta multisiniestra historia es que no es producto de la febril imaginación de un discípulo mentalmente perturbado de H.P. Lovecraft, sino que se trata de realidades documentadas y comprobables. Me refiero a una de las teorías más polémicas que existen hoy en día acerca de los orígenes de este síndrome y del virus de inmunodeficiencia humana que lo produce.
En su libro “El río”, basado en 10 años de investigaciones, el periodista británico y corresponsal de la BBC, Edward Hooper, afirma que el VIH “brincó” de los simios a los seres humanos tras la aplicación masiva de las primeras vacunas orales de polio en África a finales de los cincuentas. Aún hoy en día, el virus de polio debilitado se cultiva y se prepara en una base hecha de tejido vivo de primate, y como resultado de ello, cada vacuna contiene no solamente dicho virus, sino cualquier otro que pudiera estar presente en ese tejido.
Hooper contiende que una vacuna oral experimental, llamada CHAT y desarrollada por el médico polaco Hilary Koprowski en el Instituto Wistar de Filadelfia en la década de los cincuentas, dio inicio a la pandemia del SIDA al introducir el virus de inmunodeficiencia simia (VIS), proveniente de un chimpancé común, en millones de habitantes del Congo Belga (hoy República Democrática del Congo) y del protectorado Ruanda-Urundi (hoy Ruanda y Burundi), países que representan en la actualidad el epicentro del grupo M del VIH. Así, el SIDA podría ser una más de las lacras de nuestro mundo producidas por un error humano, y no solo eso, sino por la propia mano del establecimiento médico occidental.
Ante estas acusaciones, la comunidad científica cerró filas. Descalificaron a Hooper por ser periodista; no le dieron voz en una reunión que organizó la Real Academia para revisar el tema; negaron haber participado en la investigación, producción y aplicación de vacunas en el Congo; negaron haber experimentado con chimpancés; lo negaron todo. Sin embargo, un documental producido recientemente en la Unión Europea y Canadá sugiere, a través de fotos, filmes, documentos y entrevistas, que la hipótesis de Hooper sobre los orígenes del SIDA podría no estar tan equivocada. Ahí están las imágenes incontrovertibles de los colaboradores de Koprowski, los documentos firmados por ellos, los testimonios de quienes trabajaron bajo sus órdenes.
El Laboratorio Médico de Stanleyville, donde se probó la efectividad y seguridad de las vacunas experimentales CHAT y se coordinaron las primeras campañas de vacunación, estaba situado cerca del Campo Lindi, donde se sacrificaron a más de 500 chimpancés entre 1956 y 1960. 400 de estos primates fueron operados vivos y sin anestesia para arrancarles el hígado, riñones y sangre utilizados en la obtención del tejido base. Lo que es más, la vacuna CHAT se administró de manera forzada y obligatoria al menos a un millón de africanos colonizados, convirtiéndolos así en perfectos conejillos de indias.
A pesar de las enfáticas protestas de Koprowski y sus colegas, la evidencia apunta a que la teoría de Hooper es al menos plausible y debe ser investigada más a fondo. Es innegable el beneficio que ha reportado a la humanidad la vacuna antipolio, pero el error fatal de no haber analizado los sueros experimentales en busca de virus potencialmente letales, debe servir a la comunidad científica y médica para que no se vuelva a repetir. Y a nosotros, para cuestionarnos y cuestionarle sin tregua a dicha comunidad científica sus procedimientos, métodos y valores. El fin definitivamente no justifica los medios.
El newsletter de Lorenzia, año 7, núm. 27, 1º de diciembre, 2005.
Una multisiniestra historia
Celebramos un día internacional más de la lucha contra el VIH/SIDA. El panorama es bastante desolador, las cifras hablan de más casos, de más personas infectadas, de más muertes, de más huérfanos. Pero no les hablaré de esta faceta de la pandemia, sino de una historia de horror en medio del horror que de por sí es la plaga del VIH/SIDA.
No se si calificarla de ciencia ficción, de novela de terror o de ambas. Y me quedaría corta, porque lo peor de esta multisiniestra historia es que no es producto de la febril imaginación de un discípulo mentalmente perturbado de H.P. Lovecraft, sino que se trata de realidades documentadas y comprobables. Me refiero a una de las teorías más polémicas que existen hoy en día acerca de los orígenes de este síndrome y del virus de inmunodeficiencia humana que lo produce.
En su libro “El río”, basado en 10 años de investigaciones, el periodista británico y corresponsal de la BBC, Edward Hooper, afirma que el VIH “brincó” de los simios a los seres humanos tras la aplicación masiva de las primeras vacunas orales de polio en África a finales de los cincuentas. Aún hoy en día, el virus de polio debilitado se cultiva y se prepara en una base hecha de tejido vivo de primate, y como resultado de ello, cada vacuna contiene no solamente dicho virus, sino cualquier otro que pudiera estar presente en ese tejido.
Hooper contiende que una vacuna oral experimental, llamada CHAT y desarrollada por el médico polaco Hilary Koprowski en el Instituto Wistar de Filadelfia en la década de los cincuentas, dio inicio a la pandemia del SIDA al introducir el virus de inmunodeficiencia simia (VIS), proveniente de un chimpancé común, en millones de habitantes del Congo Belga (hoy República Democrática del Congo) y del protectorado Ruanda-Urundi (hoy Ruanda y Burundi), países que representan en la actualidad el epicentro del grupo M del VIH. Así, el SIDA podría ser una más de las lacras de nuestro mundo producidas por un error humano, y no solo eso, sino por la propia mano del establecimiento médico occidental.
Ante estas acusaciones, la comunidad científica cerró filas. Descalificaron a Hooper por ser periodista; no le dieron voz en una reunión que organizó la Real Academia para revisar el tema; negaron haber participado en la investigación, producción y aplicación de vacunas en el Congo; negaron haber experimentado con chimpancés; lo negaron todo. Sin embargo, un documental producido recientemente en la Unión Europea y Canadá sugiere, a través de fotos, filmes, documentos y entrevistas, que la hipótesis de Hooper sobre los orígenes del SIDA podría no estar tan equivocada. Ahí están las imágenes incontrovertibles de los colaboradores de Koprowski, los documentos firmados por ellos, los testimonios de quienes trabajaron bajo sus órdenes.
El Laboratorio Médico de Stanleyville, donde se probó la efectividad y seguridad de las vacunas experimentales CHAT y se coordinaron las primeras campañas de vacunación, estaba situado cerca del Campo Lindi, donde se sacrificaron a más de 500 chimpancés entre 1956 y 1960. 400 de estos primates fueron operados vivos y sin anestesia para arrancarles el hígado, riñones y sangre utilizados en la obtención del tejido base. Lo que es más, la vacuna CHAT se administró de manera forzada y obligatoria al menos a un millón de africanos colonizados, convirtiéndolos así en perfectos conejillos de indias.
A pesar de las enfáticas protestas de Koprowski y sus colegas, la evidencia apunta a que la teoría de Hooper es al menos plausible y debe ser investigada más a fondo. Es innegable el beneficio que ha reportado a la humanidad la vacuna antipolio, pero el error fatal de no haber analizado los sueros experimentales en busca de virus potencialmente letales, debe servir a la comunidad científica y médica para que no se vuelva a repetir. Y a nosotros, para cuestionarnos y cuestionarle sin tregua a dicha comunidad científica sus procedimientos, métodos y valores. El fin definitivamente no justifica los medios.
Chaturanga, el ajedrez y la muerte. Noticias del Trópico 26
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 7, núm. 26, 1º de noviembre, 2005.
Chaturanga, el ajedrez y la muerte.
La primera vez que oí la palabra fue en un taller de yoga para instructores. El maestro, Ganga White, estaba demostrando una secuencia de posturas, y de pronto dio un brinco y cayó sobre manos y pies diciendo ¡chaturanga! A mi me sonó como a invocación mágica, algo así como el abracadabra de los cuentos infantiles; pero en realidad el maestro se refería a una postura del yoga que imita a una lagartija.
De hecho, chaturanga, en sánscrito, significa “lagartija” y se parece a lo que en gimnasia también se conoce como hacer lagartijas. El cuerpo, con la espalda recta y el abdomen contraído, está suspendido en el aire como una unidad y descansa su peso únicamente en las manos y en los dedos de los pies.
Es la postura perfecta para trabajar la resistencia física y la pureza de la mente. Sin embargo, la fuerza que se requiere para hacer chaturanga, y que es mucha, no es lo más importante. Lo es la habilidad para integrar y organizar a diferentes elementos corporales para que funcionen en armonía y cooperación. Solamente se puede hacer si existe una gran energía cohesiva e integradora que corra a lo largo de la columna vertebral, de manera recta y sin cortes.
Tomando esto en cuenta, no es de sorprenderse que la palabra “chaturanga” se encuentre también en los versos del poema épico hindú Mahabarata, describiendo una formación de combate entre dos ejércitos. Y quizá por esta razón, tampoco sea sorprendente que “chaturanga” haya sido el nombre original del ajedrez, cuando fue inventado por los rajás de la India en el siglo VI de nuestra era.
En un principio participaban en el juego cuatro jugadores, utilizando dados y un tablero de 64 cuadros como el que conocemos actualmente. Ya las piezas tenían distinta jerarquía de poder y el resultado final, es decir, la victoria o la derrota, dependía de lo que le ocurriera al Rey.
Sin embargo, la pieza estratégicamente más importante no era ni el Rey ni una lagartija, sino el elefante, signo de fortaleza y capaz, en los albores de este juego de ingenio y destreza, de moverse libremente por todo el tablero. De hecho, los rajás conocían bien la invencible naturaleza del elefante, su resistencia y fuerza física, el invaluable rol táctico que jugaba siempre en las batallas. Y es que el ajedrez es la guerra. Fue inventado para estudiar y practicar estrategias de ataque y educar a la realeza en la lid bélica.
Chaturanga evolucionó para dar paso a “shatrani”, el ajedrez de dos jugadores, sin dados y con una nueva pieza importante: el consejero del Rey, que más tarde se convertiría en la Reina. La victoria se lograba dando muerte al Rey o bien eliminando de la jugada a todas las demás piezas.
Con esta estructura, el juego fue exportado de la India a China hacia el año 750, y luego en el siglo XI a Japón y Corea. Fueron los árabes quienes, a través de la expansión de su imperio, lo llevaron al norte de África, a España y al resto de Europa, mientras que los vikingos se encargaron de difundirlo en Islandia e Inglaterra.
A pesar de estos andares, el poderoso elefante no se perdió. Continua hasta hoy arrasando el tablero la pieza que lleva su nombre en árabe: el Alfil. Chaturanga tampoco desapareció, pues el moderno ajedrez es, y será siempre, un juego de estrategia, cálculo, destreza bélica, capacidad para prever los movimientos del enemigo, y sobre todo, habilidad para integrar en armonía y cohesión a las distintas piezas jerárquicas de este ejército simbólico.
Siendo que el ajedrez está irremediablemente ligado a la guerra, resulta inseparable de la muerte. Ello me remite a El séptimo sello, de Ingmar Bergman. ¿La recuerdan?
Mientras la peste bubónica asola Europa cobrando miles de víctimas, un caballero y su escudero regresan de las Cruzadas. La Muerte se presenta ante el caballero para llevárselo, pero éste la reta a una partida de ajedrez. Si gana, la Muerte lo dejará libre, si pierde, se entregará a ella. El caballero obtiene, así, un respiro mientras dura el juego, un tiempo precioso en el que hace varias buenas obras, a la par que cuestiona y se cuestiona acerca de la existencia de Dios, del Diablo y de lo que hay más allá de la muerte: quizá la nada, quizá el vacío que percibe en sí mismo y que lo ha hundido en la desesperanza. Huelga decir que la Muerte, no sin engañarlo - lo cual equivale a hacer trampa - gana la partida.
El séptimo sello me trae a la mente otra obra maestra que vio la luz dos años después, en 1959: Macario, inspirada en el relato de Bruno Traven y llevada magistralmente a la pantalla por Roberto Gavaldón, con Ignacio López Tarso en el papel protagónico.
Macario era un campesino muy pobre que vivía obsesionado por la idea de la muerte y su mujer decide cumplirle el mayor de sus anhelos. Se roba un guajolote, lo guisa y se lo da a Macario diciendo: “toma, no lo compartas ni conmigo ni con tus hijos, llévatelo y disfrútalo solo”. Macario se va al monte y cuando está a punto de darle la primera mordida, aparece el Diablo, quien le pide que comparta el pavo con él. Macario le contesta que, siendo el Diablo, cuenta con todas las argucias para hacerse maléficamente de un guajolote. Luego aparece Dios y también le pide un poco del guiso, a lo que Macario responde que Dios, siendo todopoderoso, puede obtener cualquier vianda en cualquier momento.
Finalmente, a punto está de empezar a comer cuando aparece la Muerte y le pide compartir un bocado. Sin dudarlo un segundo, Macario le da la mitad del pavo y ambos se sientan a comer. Al terminar, la Muerte, extrañada, le pregunta que por qué con ella sí compartió ese banquete, mientras que se negó a hacerlo con Dios y con el Diablo. Macario le explica que, en parte, porque la veía tan flaca y famélica como él mismo, y porque, al compartir su comida, tendría al menos la oportunidad, antes de morir, de saborear aunque fuera la mitad del pavo, mientras la Muerte consumía la otra mitad.
Complacida por el ingenio del campesino, la Muerte decide premiarlo con una pócima milagrosa. Unas cuantas gotas le servirán para salvar a cualquier moribundo, siempre y cuando vea a la Muerte a los pies de la cama. Si la ve en la cabecera, no habrá nada que hacer. Macario se dedica entonces a realizar muchas buenas obras, es decir, salvar las vidas de numerosos enfermos desahuciados por los médicos. Pero justo al enfermo que más le interesa curar, a ese no puede, pues encuentra a la Muerte en su cabecera. Y por más vueltas que le da a la cama, tratando de engañarla, el enfermo fallece.
En la caverna de la Muerte, donde miles de velas de distintos tamaños, que son las vidas humanas, arden hasta consumirse, el propio Macario ve entonces la suya propia que se extingue. Comprende que el tiempo transcurrido desde su encuentro con la Muerte ha sido, hasta ese momento, un sueño fugaz. A la mañana siguiente de haberse ido al monte, su esposa lo encuentra muerto, con la mitad del pavo aún por comer.
Con astucia, haciendo trampa, ingeniosamente o sin engaños, nadie todavía le ha ganado la partida al único inevitable de todos los personajes y de todas las piezas del juego: la Parca Cruel, la Flaca, la Huesuda, la Catrina, la Segadora, la Calaca, la Impía, la Cierta, la Jijurria, la Tiznada, la Jedionda, la Igualadora, la Llorona, la Tía Quiteria, la Tía de las Muchachas, la Madre Matiana, la Güera, la Cuatacha, la Novia Fiel, la Pelona, la Dientona, la Descarnada, la Tembeleque, la Pepenadora, la Chirifusca, la Pálida, la Tilinga...
El newsletter de Lorenzia, año 7, núm. 26, 1º de noviembre, 2005.
Chaturanga, el ajedrez y la muerte.
La primera vez que oí la palabra fue en un taller de yoga para instructores. El maestro, Ganga White, estaba demostrando una secuencia de posturas, y de pronto dio un brinco y cayó sobre manos y pies diciendo ¡chaturanga! A mi me sonó como a invocación mágica, algo así como el abracadabra de los cuentos infantiles; pero en realidad el maestro se refería a una postura del yoga que imita a una lagartija.
De hecho, chaturanga, en sánscrito, significa “lagartija” y se parece a lo que en gimnasia también se conoce como hacer lagartijas. El cuerpo, con la espalda recta y el abdomen contraído, está suspendido en el aire como una unidad y descansa su peso únicamente en las manos y en los dedos de los pies.
Es la postura perfecta para trabajar la resistencia física y la pureza de la mente. Sin embargo, la fuerza que se requiere para hacer chaturanga, y que es mucha, no es lo más importante. Lo es la habilidad para integrar y organizar a diferentes elementos corporales para que funcionen en armonía y cooperación. Solamente se puede hacer si existe una gran energía cohesiva e integradora que corra a lo largo de la columna vertebral, de manera recta y sin cortes.
Tomando esto en cuenta, no es de sorprenderse que la palabra “chaturanga” se encuentre también en los versos del poema épico hindú Mahabarata, describiendo una formación de combate entre dos ejércitos. Y quizá por esta razón, tampoco sea sorprendente que “chaturanga” haya sido el nombre original del ajedrez, cuando fue inventado por los rajás de la India en el siglo VI de nuestra era.
En un principio participaban en el juego cuatro jugadores, utilizando dados y un tablero de 64 cuadros como el que conocemos actualmente. Ya las piezas tenían distinta jerarquía de poder y el resultado final, es decir, la victoria o la derrota, dependía de lo que le ocurriera al Rey.
Sin embargo, la pieza estratégicamente más importante no era ni el Rey ni una lagartija, sino el elefante, signo de fortaleza y capaz, en los albores de este juego de ingenio y destreza, de moverse libremente por todo el tablero. De hecho, los rajás conocían bien la invencible naturaleza del elefante, su resistencia y fuerza física, el invaluable rol táctico que jugaba siempre en las batallas. Y es que el ajedrez es la guerra. Fue inventado para estudiar y practicar estrategias de ataque y educar a la realeza en la lid bélica.
Chaturanga evolucionó para dar paso a “shatrani”, el ajedrez de dos jugadores, sin dados y con una nueva pieza importante: el consejero del Rey, que más tarde se convertiría en la Reina. La victoria se lograba dando muerte al Rey o bien eliminando de la jugada a todas las demás piezas.
Con esta estructura, el juego fue exportado de la India a China hacia el año 750, y luego en el siglo XI a Japón y Corea. Fueron los árabes quienes, a través de la expansión de su imperio, lo llevaron al norte de África, a España y al resto de Europa, mientras que los vikingos se encargaron de difundirlo en Islandia e Inglaterra.
A pesar de estos andares, el poderoso elefante no se perdió. Continua hasta hoy arrasando el tablero la pieza que lleva su nombre en árabe: el Alfil. Chaturanga tampoco desapareció, pues el moderno ajedrez es, y será siempre, un juego de estrategia, cálculo, destreza bélica, capacidad para prever los movimientos del enemigo, y sobre todo, habilidad para integrar en armonía y cohesión a las distintas piezas jerárquicas de este ejército simbólico.
Siendo que el ajedrez está irremediablemente ligado a la guerra, resulta inseparable de la muerte. Ello me remite a El séptimo sello, de Ingmar Bergman. ¿La recuerdan?
Mientras la peste bubónica asola Europa cobrando miles de víctimas, un caballero y su escudero regresan de las Cruzadas. La Muerte se presenta ante el caballero para llevárselo, pero éste la reta a una partida de ajedrez. Si gana, la Muerte lo dejará libre, si pierde, se entregará a ella. El caballero obtiene, así, un respiro mientras dura el juego, un tiempo precioso en el que hace varias buenas obras, a la par que cuestiona y se cuestiona acerca de la existencia de Dios, del Diablo y de lo que hay más allá de la muerte: quizá la nada, quizá el vacío que percibe en sí mismo y que lo ha hundido en la desesperanza. Huelga decir que la Muerte, no sin engañarlo - lo cual equivale a hacer trampa - gana la partida.
El séptimo sello me trae a la mente otra obra maestra que vio la luz dos años después, en 1959: Macario, inspirada en el relato de Bruno Traven y llevada magistralmente a la pantalla por Roberto Gavaldón, con Ignacio López Tarso en el papel protagónico.
Macario era un campesino muy pobre que vivía obsesionado por la idea de la muerte y su mujer decide cumplirle el mayor de sus anhelos. Se roba un guajolote, lo guisa y se lo da a Macario diciendo: “toma, no lo compartas ni conmigo ni con tus hijos, llévatelo y disfrútalo solo”. Macario se va al monte y cuando está a punto de darle la primera mordida, aparece el Diablo, quien le pide que comparta el pavo con él. Macario le contesta que, siendo el Diablo, cuenta con todas las argucias para hacerse maléficamente de un guajolote. Luego aparece Dios y también le pide un poco del guiso, a lo que Macario responde que Dios, siendo todopoderoso, puede obtener cualquier vianda en cualquier momento.
Finalmente, a punto está de empezar a comer cuando aparece la Muerte y le pide compartir un bocado. Sin dudarlo un segundo, Macario le da la mitad del pavo y ambos se sientan a comer. Al terminar, la Muerte, extrañada, le pregunta que por qué con ella sí compartió ese banquete, mientras que se negó a hacerlo con Dios y con el Diablo. Macario le explica que, en parte, porque la veía tan flaca y famélica como él mismo, y porque, al compartir su comida, tendría al menos la oportunidad, antes de morir, de saborear aunque fuera la mitad del pavo, mientras la Muerte consumía la otra mitad.
Complacida por el ingenio del campesino, la Muerte decide premiarlo con una pócima milagrosa. Unas cuantas gotas le servirán para salvar a cualquier moribundo, siempre y cuando vea a la Muerte a los pies de la cama. Si la ve en la cabecera, no habrá nada que hacer. Macario se dedica entonces a realizar muchas buenas obras, es decir, salvar las vidas de numerosos enfermos desahuciados por los médicos. Pero justo al enfermo que más le interesa curar, a ese no puede, pues encuentra a la Muerte en su cabecera. Y por más vueltas que le da a la cama, tratando de engañarla, el enfermo fallece.
En la caverna de la Muerte, donde miles de velas de distintos tamaños, que son las vidas humanas, arden hasta consumirse, el propio Macario ve entonces la suya propia que se extingue. Comprende que el tiempo transcurrido desde su encuentro con la Muerte ha sido, hasta ese momento, un sueño fugaz. A la mañana siguiente de haberse ido al monte, su esposa lo encuentra muerto, con la mitad del pavo aún por comer.
Con astucia, haciendo trampa, ingeniosamente o sin engaños, nadie todavía le ha ganado la partida al único inevitable de todos los personajes y de todas las piezas del juego: la Parca Cruel, la Flaca, la Huesuda, la Catrina, la Segadora, la Calaca, la Impía, la Cierta, la Jijurria, la Tiznada, la Jedionda, la Igualadora, la Llorona, la Tía Quiteria, la Tía de las Muchachas, la Madre Matiana, la Güera, la Cuatacha, la Novia Fiel, la Pelona, la Dientona, la Descarnada, la Tembeleque, la Pepenadora, la Chirifusca, la Pálida, la Tilinga...
Una noche en la Riviera Maya. Noticias del Trópico 25
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 7, núm. 25, 9 de octubre, 2005.
Una noche en la Riviera Maya
Mis afanes de escribidora me llevaron a pasar una noche en uno de los típicos hoteles all-included de la Riviera Maya. Ya me esperaban, pues al hacer la reservación me preguntaron que a qué hora pensaba llegar. Me topo con una fortaleza: seguridad en la puerta, walkie talkies, y como me tardé en llegar al lobby, ya venían por mi al estacionamiento.
En la recepción, el registro en italiano; en las habitaciones, los avisos en italiano. Todo el personal del hotel habla italiano, lo que me hace preguntarme si no se estará convirtiendo este idioma en la segunda lengua de Quintana Roo después de…¿el español?... ¿el maya?... ¿el inglés?...
Esa noche había cena mexicana, es decir, el restaurante decorado profusamente con banderas, papel picado en los colores nacionales, sarapes y sombreros.
La entente cordiale italomexicana estaba presente en cada platillo: antipasto y tacos al pastor, pizza y elotes con crema y queso, ravioli y pescado a la veracruzana. En la mesa de postres, buñuelos, chongos zamoranos, polvorones y cocada, acompañados aquí y allá de copas de spumoni y tiramisú.
Pero el highlight de la noche fueron sin duda los mariachis interpretando O Sole Mío, y lo más sorprendente es que nada más reconocieron los primeros acordes, 500 italianos empezaron a tararear la melodía y luego a aplaudir rabiosamente las proezas del tenor azteca. Como me imagino ocurriría si en la Costa Azul, un humilde discípulo de Pavarotti interpretara México Lindo y Querido ante 500 turistas chilangos.
Algo agradable e inesperado es el sonido de arpas, flautas, clavicordios, laúdes y otros sutiles instrumentos musicales que sale de la selva y del manglar, y que me acompaña a lo largo del aproximadamente kilómetro y medio de caminata desde el lobby hasta mi cuarto. No me quejo, es buen ejercicio para bajar la cena.
Me sigo de frente y llego hasta la playa, desde donde se ven más estrellas, Marte en el horizonte, un faro hacia el sur. Se me acerca el guardia, no solo porque lo es, sino porque soy una mujer sola parada en una playa a la media noche. Creo que se desilusiona al comprobar que no soy italiana y no requiero de sus servicios, pero en cambio entablamos una breve pero agradable charla sobre el mar y sus pescaditos y acaba encantado de que pertenezca yo a esa rara especie en extinción – las y los mexicanos – que casi nunca se ve por estas latitudes, y menos una mexicana de Chetumal. Por la cara de asombro que pone, pareciera que acabo de aterrizar en una nave espacial.
Temprano por la mañana, camino hasta el faro cuya luz me atrajo la noche anterior y me alejo del hotel quizá dos kilómetros. Estoy benditamente sola y decido quitarme el traje de baño antes de meterme al mar. Qué delicia su frescura y qué primigenia sensación de estar llevando a cabo un ritual sagrado. Siempre que entro al mar, especialmente si camino lentamente como en este caso, con el agua a la rodilla poco a poco haciéndose cada vez más profunda, me siento purificada y renovada, revitalizada y absuelta por ese baño de sales y energía orgánica. Comprendo y comparto la adoración de millones de seres del planeta al sol y al mar. El mar nos llama y nos llama y nos va atrayendo, recuperando inevitablemente los genes de nuestro origen.
En esas estoy, flotando en los brazos de Poseidón, cuando aparece un tipo, probablemente huésped del hotel, probablemente italiano, y enseguida se prenden las luces rojas y suenan las sirenas, como seguro le ocurriría a cualquier mujer - desnuda o no - que estuviera en una playa solitaria y apareciera un tipo. Traemos ese cassette grabado con sangre en la sangre. Pero él se mantiene prudentemente alejado, enviando la señal inequívoca de que no hay bronca, no son esas mis intenciones, yo estoy en mi rollo. Se pone sus aletas y esnórquel y se mete al mar. Me encanta comprobar la maravilla de las sutilezas en la comunicación entre los seres humanos. Aparecen dos yates de pesca por el otro lado, como con 10 tipos a bordo de cada uno, y me da risa sentirme tan acompañada en un lugar que hasta hace unos minutos estaba completamente desierto. Me saludan con la mano y se alejan.
Salgo por fin a la playa, y ya me he puesto el traje de baño cuando aparece a lo lejos una pareja que viene desde el hotel. Como era de esperarse, mujer soy al fin y al cabo, primero la miro a ella y hago rápidamente un chequeo comparativo mental: bikini versus traje completo, arrugas, panza, flacidez, celulitis y edad, y compruebo satisfecha que la comparación se inclina decididamente a mi favor. Luego, al cruzarnos, al que miro a los ojos y le sonrío es a él y el me mira y me sonríe a mí. Porque así son los hombres y así somos las mujeres.
Me dirijo hacia la alberca y paso junto a dos empleados que están barriendo y arreglando las tumbonas. Me llegan pedazos de su conversación: “… sí, hombre, el chaparro ese que a todo le dice chan, mi chan pueblo, mi chan casa, yo ya lo apodé Chan, Qué pasó mi Chan, Cómo te va mi Chan, así le digo…” y ese maya, al que supongo se refiere el empleado, quizá le responda sonriendo porque está en su naturaleza apacible hacerlo o quizá porque no le queda más remedio, porque es uno más de los cientos de mayas que emigran en busca de trabajo, cualquier trabajo, a la Riviera Maya, donde una noche de hospedaje todo incluido cuesta más de lo que él gana en un mes.
Y puesto que a escribir vine, eso hago cuando llego de nuevo a mi cuarto, antes de elevarme en el platívolo que me llevará de regreso a mi casa, lugar que comparado con la Riviera Maya es el Macondo de Nunca Jamás.
El newsletter de Lorenzia, año 7, núm. 25, 9 de octubre, 2005.
Una noche en la Riviera Maya
Mis afanes de escribidora me llevaron a pasar una noche en uno de los típicos hoteles all-included de la Riviera Maya. Ya me esperaban, pues al hacer la reservación me preguntaron que a qué hora pensaba llegar. Me topo con una fortaleza: seguridad en la puerta, walkie talkies, y como me tardé en llegar al lobby, ya venían por mi al estacionamiento.
En la recepción, el registro en italiano; en las habitaciones, los avisos en italiano. Todo el personal del hotel habla italiano, lo que me hace preguntarme si no se estará convirtiendo este idioma en la segunda lengua de Quintana Roo después de…¿el español?... ¿el maya?... ¿el inglés?...
Esa noche había cena mexicana, es decir, el restaurante decorado profusamente con banderas, papel picado en los colores nacionales, sarapes y sombreros.
La entente cordiale italomexicana estaba presente en cada platillo: antipasto y tacos al pastor, pizza y elotes con crema y queso, ravioli y pescado a la veracruzana. En la mesa de postres, buñuelos, chongos zamoranos, polvorones y cocada, acompañados aquí y allá de copas de spumoni y tiramisú.
Pero el highlight de la noche fueron sin duda los mariachis interpretando O Sole Mío, y lo más sorprendente es que nada más reconocieron los primeros acordes, 500 italianos empezaron a tararear la melodía y luego a aplaudir rabiosamente las proezas del tenor azteca. Como me imagino ocurriría si en la Costa Azul, un humilde discípulo de Pavarotti interpretara México Lindo y Querido ante 500 turistas chilangos.
Algo agradable e inesperado es el sonido de arpas, flautas, clavicordios, laúdes y otros sutiles instrumentos musicales que sale de la selva y del manglar, y que me acompaña a lo largo del aproximadamente kilómetro y medio de caminata desde el lobby hasta mi cuarto. No me quejo, es buen ejercicio para bajar la cena.
Me sigo de frente y llego hasta la playa, desde donde se ven más estrellas, Marte en el horizonte, un faro hacia el sur. Se me acerca el guardia, no solo porque lo es, sino porque soy una mujer sola parada en una playa a la media noche. Creo que se desilusiona al comprobar que no soy italiana y no requiero de sus servicios, pero en cambio entablamos una breve pero agradable charla sobre el mar y sus pescaditos y acaba encantado de que pertenezca yo a esa rara especie en extinción – las y los mexicanos – que casi nunca se ve por estas latitudes, y menos una mexicana de Chetumal. Por la cara de asombro que pone, pareciera que acabo de aterrizar en una nave espacial.
Temprano por la mañana, camino hasta el faro cuya luz me atrajo la noche anterior y me alejo del hotel quizá dos kilómetros. Estoy benditamente sola y decido quitarme el traje de baño antes de meterme al mar. Qué delicia su frescura y qué primigenia sensación de estar llevando a cabo un ritual sagrado. Siempre que entro al mar, especialmente si camino lentamente como en este caso, con el agua a la rodilla poco a poco haciéndose cada vez más profunda, me siento purificada y renovada, revitalizada y absuelta por ese baño de sales y energía orgánica. Comprendo y comparto la adoración de millones de seres del planeta al sol y al mar. El mar nos llama y nos llama y nos va atrayendo, recuperando inevitablemente los genes de nuestro origen.
En esas estoy, flotando en los brazos de Poseidón, cuando aparece un tipo, probablemente huésped del hotel, probablemente italiano, y enseguida se prenden las luces rojas y suenan las sirenas, como seguro le ocurriría a cualquier mujer - desnuda o no - que estuviera en una playa solitaria y apareciera un tipo. Traemos ese cassette grabado con sangre en la sangre. Pero él se mantiene prudentemente alejado, enviando la señal inequívoca de que no hay bronca, no son esas mis intenciones, yo estoy en mi rollo. Se pone sus aletas y esnórquel y se mete al mar. Me encanta comprobar la maravilla de las sutilezas en la comunicación entre los seres humanos. Aparecen dos yates de pesca por el otro lado, como con 10 tipos a bordo de cada uno, y me da risa sentirme tan acompañada en un lugar que hasta hace unos minutos estaba completamente desierto. Me saludan con la mano y se alejan.
Salgo por fin a la playa, y ya me he puesto el traje de baño cuando aparece a lo lejos una pareja que viene desde el hotel. Como era de esperarse, mujer soy al fin y al cabo, primero la miro a ella y hago rápidamente un chequeo comparativo mental: bikini versus traje completo, arrugas, panza, flacidez, celulitis y edad, y compruebo satisfecha que la comparación se inclina decididamente a mi favor. Luego, al cruzarnos, al que miro a los ojos y le sonrío es a él y el me mira y me sonríe a mí. Porque así son los hombres y así somos las mujeres.
Me dirijo hacia la alberca y paso junto a dos empleados que están barriendo y arreglando las tumbonas. Me llegan pedazos de su conversación: “… sí, hombre, el chaparro ese que a todo le dice chan, mi chan pueblo, mi chan casa, yo ya lo apodé Chan, Qué pasó mi Chan, Cómo te va mi Chan, así le digo…” y ese maya, al que supongo se refiere el empleado, quizá le responda sonriendo porque está en su naturaleza apacible hacerlo o quizá porque no le queda más remedio, porque es uno más de los cientos de mayas que emigran en busca de trabajo, cualquier trabajo, a la Riviera Maya, donde una noche de hospedaje todo incluido cuesta más de lo que él gana en un mes.
Y puesto que a escribir vine, eso hago cuando llego de nuevo a mi cuarto, antes de elevarme en el platívolo que me llevará de regreso a mi casa, lugar que comparado con la Riviera Maya es el Macondo de Nunca Jamás.
Vientos de otros huracanes. Noticias del Trópico 24
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 7, núm. 24, 5 de septiembre, 2005.
Vientos de otros huracanes
Eran casi las siete cuando Don Valentín abrió los ojos y se levantó de la hamaca aún con sueño. Había llovido toda la noche y eso siempre le producía cierta inquietud, como una voz susurrando en su interior que no le permitía dormir profundamente. Con su tazón de café negro en la mano, observó el calendario que colgaba de la pared. Domingo 22 de octubre de 1978. Buen día para reparar esa red olvidada o revisar las colmenas. Le dolía la espalda y se sentía cansado. Me estoy haciendo viejo, pensó. Hace poco cumplí 73 años. Será por eso que me duelen los huesos.
El día anterior había regresado de Carrillo Puerto, después de permanecer un par de días en aquel poblado, donde aprovechaba para hacer algunas compras y tomarse unas cervezas con Don Vicente Villanueva, su mejor amigo. Cada mes debía ir a cobrar la pensión de 300 pesos que le daba el ayuntamiento, y aunque sus parientes le insistían en que se quedara más tiempo, dos días en Carrillo Puerto eran más que suficientes. Como siempre, su corazón se apaciguaba de nuevo al recorrer aquellos 58 kilómetros que separaban a Carrillo Puerto de Vigía Chico, donde estaba su hogar.
El camino de terracería se iba haciendo cada vez más angosto, y al final era una brecha que llegaba hasta la mera orilla del mar. Desde ese punto se dominaba casi la totalidad de la bahía de la Ascensión. ¿Y qué era lo más sorprendente de Vigía Chico? Pues que no había nada. Nada de nada. Quedaban las ruinas de tres o cuatro casas de madera, un “bar” que nunca funcionó como tal, cuyo techo de palapa se estaba cayendo, y una construcción de bloc y concreto sin terminar. Todavía estaban en pie algunos postes de lo que había sido el telégrafo y, entre la maleza, los restos oxidados de una máquina de ferrocarril.
Don Valentín era un hombre muy alto y muy delgado, de pelo completamente blanco y ojos brillantes y vivarachos. Piel curtida por el sol que atestiguaba los años vividos al aire libre. De sonrisa fácil y complacida, fuerte y saludable a pesar de su edad. Y era, además, el único habitante de Vigía Chico. A él le gustaba decir, en tono serio y solemne, que era la máxima autoridad del lugar. Luego soltaba una alegre carcajada, riéndose de su propia broma.
Don Valentín se dirigió a la playa. Inesperadamente, un chispazo de luz atrajo su mirada. Se agachó a recoger un pedazo de vidrio que en otro tiempo había sido parte de una botella de cerveza. Sonrió con cierta tristeza. No había día en su vida que no recordara la noche en que todo cambió, en que su vida se transformó radicalmente. El pedazo de vidrio descolorido le volvió a traer esas memorias siempre frescas. De hecho, todo en Vigía Chico, todo lo que había sobrevivido después de aquella noche, era una única memoria, y él también era parte de ese espejo de recuerdos.
Por ahí de 1925, Don Valentín se había trasladado a Quintana Roo desde su natal Valladolid como agente de un contratista chiclero. Era la mera época de auge del chicle y ya Vigía Chico se había convertido en el puerto de embarque más importante del territorio. Don Valentín recordaba bien la febril actividad que en aquel año reinaba en el puerto: por un lado, la exportación de toneladas de chicle a la compañía norteamericana Wrigley o a Robert S. Turton, de Belice, y por otro, la importación de las más variadas mercancías destinadas a los hatos chicleros: pistolas, escopetas, municiones, pólvora, máquinas de coser, molinos de maíz y de carne, linternas, fonógrafos, whiskey, laterías, cigarrillos, sal, azúcar, calzado, telas, y hasta sedas y bisutería.
Dadas estas favorables condiciones, Don Valentín mismo se había convertido en contratista y pequeño productor. El año 1929 habría de ser el más próspero y, a la par, el más difícil. La producción chiclera alcanzó un nivel pico de dos millones trescientos mil kilos, pero al año siguiente se desplomó y en 1933 no pasó de los 300 mil kilos, ello debido principalmente a la caída de los precios durante la crisis económica del 29. No obstante, Don Valentín continuó como contratista y pequeño productor hasta la época en que se organizaron las primeras cooperativas en los años cuarenta.
La Segunda Guerra Mundial provocó una nueva demanda de chicle, y en 1942 se produjeron 3,876,265 kilos, es decir, la mayor cantidad de este látex en toda la historia de Quintana Roo. Su viejo amigo, mister Turton, compró toda la producción junto con cuatro grandes empresas norteamericanas. Poco después empezó a haber más control por parte del gobierno, no solo limitando la extracción según el clima, las lluvias y las concesiones de selva explotable, sino también en cuanto a las condiciones de trabajo y subsistencia de los chicleros y sus familias. La producción chiclera nunca volvería a ser igual.
En 1950, Don Valentín entró a trabajar como bodeguero, viviendo de planta en el puerto de Vigía Chico junto con unas 14 personas más entre empleados y sus familias. En las bodegas a su cargo se seguía almacenando, por un lado, el chicle que venía de Carrillo Puerto, y por otro, las mercancías que venían de Cozumel, como cerveza, maíz y frijol. Las marquetas de chicle eran transportadas por vías decauville, utilizando las antiguas plataformas y la máquina del ferrocarril, tal y como se había hecho desde los inicios de la producción chiclera.
La vida en Vigía Chico continuó su curso sin grandes cambios hasta 1955. En ese año llegaron dos ciclones: El primero de ellos no causó grandes estragos, pero fue un negro presagio de lo que aún estaba por venir.
El 16 de septiembre de 1955, el Hilda pegó en las costas quintanarroenses a la altura de la bahía de la Ascensión, en un área prácticamente despoblada. No obstante, su paso por otras regiones del país dejó un saldo de 200 muertos. Fue uno de esos ciclones andariegos que bordeó las Antillas menores, Puerto Rico, República Dominicana y Cuba, provocando estragos por doquier antes de dirigirse hacia Quintana Roo. Tras de afectar principalmente las regiones centro y norte del territorio, el Hilda siguió sin freno su ruta, atravesando la península de Yucatán y el Golfo de México hasta tocar nuevamente tierra en Tampico, provocando una de las más catastróficas inundaciones de su historia, pues cubrió las partes bajas del puerto durante una semana.
Luego, a escasos 11 días de la llegada del Hilda, el 27 de septiembre le tocó su turno al Janet. Aquel día las bodegas de Vigía Chico se hallaban repletas de mercancías, especialmente cajas de cerveza. Don Valentín terminó de estibarlas donde la lluvia no las alcanzara y acudió a la pequeña oficina para saber qué otras medidas se iban a tomar. No obstante, a pesar de las alertas recibidas por radio, el jefe de empleados se mostró incrédulo. No le parecía posible que otro ciclón pudiera pegar nuevamente en Vigía Chico. No después del Hilda. Por lo tanto, se negó a evacuar el lugar.
Pero a diferencia del Hilda, el Janet pareció tener una sola y única meta: enfilar su fuerza destructiva casi en línea recta hacia Chetumal y la costa sur de Quintana Roo. Fue el décimo huracán de una temporada calificada por muchos como la peor del siglo. Tras de originarse en el Atlántico y de causar graves daños en la isla de Granada, el Janet se las arregló para evitar tocar tierra nuevamente e ir ganando en tamaño e intensidad. Suyo es el dudoso honor de haber provocado, por primera y única vez en la historia ciclónica del Atlántico Norte, la caída de un avión norteamericano de reconocimiento o caza-ciclones, que despegó de la base de Guantánamo, en Cuba, llevando a bordo nueve tripulantes y dos periodistas. En aquel momento, 26 de septiembre por la tarde, Janet era ya un huracán de categoría 4, con vientos de más de 220 kilómetros por hora que levantaban a su paso olas de hasta 20 metros de altura.
Al día siguiente, 27 de septiembre de 1955, los habitantes de Vigía Chico recibieron la última alerta de huracán, con la consigna de evacuar el puerto. De pie en la playa y bajo una lluvia pertinaz, Don Valentín miraba taciturno cómo iba opacándose la luz del día, cómo la coloración del horizonte iba adquiriendo una extraña tonalidad amarillenta.
Poco después, hacia las 9 de la noche, Janet azotó Chetumal. La fuerza del viento había superado los 275 kilómetros por hora y era ya un huracán de categoría 5. También en Vigía Chico, en medio de un ruido ensordecedor, el mar se retiró más de un kilómetro. Sus habitantes, refugiados en las casas y bodegas del puerto, pronto quedaron al descubierto y a merced de los elementos. El viento se llevó casi todas las construcciones y luego el mar, regresando en una ola gigante, arrasó con lo que quedaba.
Don Valentín, uno de los tres únicos supervivientes, se subió a la horqueta de un árbol y se agarró de las ramas con todas sus fuerzas. Ello le salvó la vida. El resto de los habitantes de Vigía Chico murió esa noche: doce personas ahogadas, entre hombres, mujeres y niños, incluyendo al escéptico jefe de empleados. Los muertos y las mercancías fueron arrastrados por el viento y el mar hasta el monte, más allá de la sabana, a varios kilómetros de distancia. Mucho tiempo después todavía se podían encontrar botellas de cerveza entre los escombros, entre la maleza y los pocos árboles que habían quedado en pie.
Desde entonces Don Valentín se había convertido en el único y solitario habitante de Vigía Chico. Sabía que el apego que sentía por ese lugar, a pesar de su aislamiento y abandono, tenía que ver no sólo con los muchos años de vida transcurridos en él, sino también con una apuesta ganada la noche de aquel 27 de septiembre de 1955. Una bien ganada apuesta a la muerte y al Janet. No les había dado el gusto. No, señor.
El ruido lejano de un motor acercándose lo trajo de nuevo al presente. Mientras se ponía de pie, Don Valentín vio que un automóvil se aproximaba por la brecha. Éste se detuvo a pocos pasos de donde se encontraba y de él bajaron dos mujeres y un hombre, los tres muy jóvenes. Dándole los buenos días y después de presentarse, una de las mujeres le dijo que venía desde Carrillo Puerto recomendada por Don Vicente Villanueva. Aquello fue suficiente. “Sea bienvenida - sonrió Don Valentín - puede hacer lo que quiera en este lugar”. “Lo que realmente quiero - contestó ella - es platicar con usted, que me cuente de su vida y de lo que fue y ahora es Vigía Chico”. Don Valentín accedió gustoso. Aquel domingo 22 de octubre de 1978 sería un día, tan bueno como cualquier otro, para contarle su historia a una antropóloga en ciernes.
El newsletter de Lorenzia, año 7, núm. 24, 5 de septiembre, 2005.
Vientos de otros huracanes
Eran casi las siete cuando Don Valentín abrió los ojos y se levantó de la hamaca aún con sueño. Había llovido toda la noche y eso siempre le producía cierta inquietud, como una voz susurrando en su interior que no le permitía dormir profundamente. Con su tazón de café negro en la mano, observó el calendario que colgaba de la pared. Domingo 22 de octubre de 1978. Buen día para reparar esa red olvidada o revisar las colmenas. Le dolía la espalda y se sentía cansado. Me estoy haciendo viejo, pensó. Hace poco cumplí 73 años. Será por eso que me duelen los huesos.
El día anterior había regresado de Carrillo Puerto, después de permanecer un par de días en aquel poblado, donde aprovechaba para hacer algunas compras y tomarse unas cervezas con Don Vicente Villanueva, su mejor amigo. Cada mes debía ir a cobrar la pensión de 300 pesos que le daba el ayuntamiento, y aunque sus parientes le insistían en que se quedara más tiempo, dos días en Carrillo Puerto eran más que suficientes. Como siempre, su corazón se apaciguaba de nuevo al recorrer aquellos 58 kilómetros que separaban a Carrillo Puerto de Vigía Chico, donde estaba su hogar.
El camino de terracería se iba haciendo cada vez más angosto, y al final era una brecha que llegaba hasta la mera orilla del mar. Desde ese punto se dominaba casi la totalidad de la bahía de la Ascensión. ¿Y qué era lo más sorprendente de Vigía Chico? Pues que no había nada. Nada de nada. Quedaban las ruinas de tres o cuatro casas de madera, un “bar” que nunca funcionó como tal, cuyo techo de palapa se estaba cayendo, y una construcción de bloc y concreto sin terminar. Todavía estaban en pie algunos postes de lo que había sido el telégrafo y, entre la maleza, los restos oxidados de una máquina de ferrocarril.
Don Valentín era un hombre muy alto y muy delgado, de pelo completamente blanco y ojos brillantes y vivarachos. Piel curtida por el sol que atestiguaba los años vividos al aire libre. De sonrisa fácil y complacida, fuerte y saludable a pesar de su edad. Y era, además, el único habitante de Vigía Chico. A él le gustaba decir, en tono serio y solemne, que era la máxima autoridad del lugar. Luego soltaba una alegre carcajada, riéndose de su propia broma.
Don Valentín se dirigió a la playa. Inesperadamente, un chispazo de luz atrajo su mirada. Se agachó a recoger un pedazo de vidrio que en otro tiempo había sido parte de una botella de cerveza. Sonrió con cierta tristeza. No había día en su vida que no recordara la noche en que todo cambió, en que su vida se transformó radicalmente. El pedazo de vidrio descolorido le volvió a traer esas memorias siempre frescas. De hecho, todo en Vigía Chico, todo lo que había sobrevivido después de aquella noche, era una única memoria, y él también era parte de ese espejo de recuerdos.
Por ahí de 1925, Don Valentín se había trasladado a Quintana Roo desde su natal Valladolid como agente de un contratista chiclero. Era la mera época de auge del chicle y ya Vigía Chico se había convertido en el puerto de embarque más importante del territorio. Don Valentín recordaba bien la febril actividad que en aquel año reinaba en el puerto: por un lado, la exportación de toneladas de chicle a la compañía norteamericana Wrigley o a Robert S. Turton, de Belice, y por otro, la importación de las más variadas mercancías destinadas a los hatos chicleros: pistolas, escopetas, municiones, pólvora, máquinas de coser, molinos de maíz y de carne, linternas, fonógrafos, whiskey, laterías, cigarrillos, sal, azúcar, calzado, telas, y hasta sedas y bisutería.
Dadas estas favorables condiciones, Don Valentín mismo se había convertido en contratista y pequeño productor. El año 1929 habría de ser el más próspero y, a la par, el más difícil. La producción chiclera alcanzó un nivel pico de dos millones trescientos mil kilos, pero al año siguiente se desplomó y en 1933 no pasó de los 300 mil kilos, ello debido principalmente a la caída de los precios durante la crisis económica del 29. No obstante, Don Valentín continuó como contratista y pequeño productor hasta la época en que se organizaron las primeras cooperativas en los años cuarenta.
La Segunda Guerra Mundial provocó una nueva demanda de chicle, y en 1942 se produjeron 3,876,265 kilos, es decir, la mayor cantidad de este látex en toda la historia de Quintana Roo. Su viejo amigo, mister Turton, compró toda la producción junto con cuatro grandes empresas norteamericanas. Poco después empezó a haber más control por parte del gobierno, no solo limitando la extracción según el clima, las lluvias y las concesiones de selva explotable, sino también en cuanto a las condiciones de trabajo y subsistencia de los chicleros y sus familias. La producción chiclera nunca volvería a ser igual.
En 1950, Don Valentín entró a trabajar como bodeguero, viviendo de planta en el puerto de Vigía Chico junto con unas 14 personas más entre empleados y sus familias. En las bodegas a su cargo se seguía almacenando, por un lado, el chicle que venía de Carrillo Puerto, y por otro, las mercancías que venían de Cozumel, como cerveza, maíz y frijol. Las marquetas de chicle eran transportadas por vías decauville, utilizando las antiguas plataformas y la máquina del ferrocarril, tal y como se había hecho desde los inicios de la producción chiclera.
La vida en Vigía Chico continuó su curso sin grandes cambios hasta 1955. En ese año llegaron dos ciclones: El primero de ellos no causó grandes estragos, pero fue un negro presagio de lo que aún estaba por venir.
El 16 de septiembre de 1955, el Hilda pegó en las costas quintanarroenses a la altura de la bahía de la Ascensión, en un área prácticamente despoblada. No obstante, su paso por otras regiones del país dejó un saldo de 200 muertos. Fue uno de esos ciclones andariegos que bordeó las Antillas menores, Puerto Rico, República Dominicana y Cuba, provocando estragos por doquier antes de dirigirse hacia Quintana Roo. Tras de afectar principalmente las regiones centro y norte del territorio, el Hilda siguió sin freno su ruta, atravesando la península de Yucatán y el Golfo de México hasta tocar nuevamente tierra en Tampico, provocando una de las más catastróficas inundaciones de su historia, pues cubrió las partes bajas del puerto durante una semana.
Luego, a escasos 11 días de la llegada del Hilda, el 27 de septiembre le tocó su turno al Janet. Aquel día las bodegas de Vigía Chico se hallaban repletas de mercancías, especialmente cajas de cerveza. Don Valentín terminó de estibarlas donde la lluvia no las alcanzara y acudió a la pequeña oficina para saber qué otras medidas se iban a tomar. No obstante, a pesar de las alertas recibidas por radio, el jefe de empleados se mostró incrédulo. No le parecía posible que otro ciclón pudiera pegar nuevamente en Vigía Chico. No después del Hilda. Por lo tanto, se negó a evacuar el lugar.
Pero a diferencia del Hilda, el Janet pareció tener una sola y única meta: enfilar su fuerza destructiva casi en línea recta hacia Chetumal y la costa sur de Quintana Roo. Fue el décimo huracán de una temporada calificada por muchos como la peor del siglo. Tras de originarse en el Atlántico y de causar graves daños en la isla de Granada, el Janet se las arregló para evitar tocar tierra nuevamente e ir ganando en tamaño e intensidad. Suyo es el dudoso honor de haber provocado, por primera y única vez en la historia ciclónica del Atlántico Norte, la caída de un avión norteamericano de reconocimiento o caza-ciclones, que despegó de la base de Guantánamo, en Cuba, llevando a bordo nueve tripulantes y dos periodistas. En aquel momento, 26 de septiembre por la tarde, Janet era ya un huracán de categoría 4, con vientos de más de 220 kilómetros por hora que levantaban a su paso olas de hasta 20 metros de altura.
Al día siguiente, 27 de septiembre de 1955, los habitantes de Vigía Chico recibieron la última alerta de huracán, con la consigna de evacuar el puerto. De pie en la playa y bajo una lluvia pertinaz, Don Valentín miraba taciturno cómo iba opacándose la luz del día, cómo la coloración del horizonte iba adquiriendo una extraña tonalidad amarillenta.
Poco después, hacia las 9 de la noche, Janet azotó Chetumal. La fuerza del viento había superado los 275 kilómetros por hora y era ya un huracán de categoría 5. También en Vigía Chico, en medio de un ruido ensordecedor, el mar se retiró más de un kilómetro. Sus habitantes, refugiados en las casas y bodegas del puerto, pronto quedaron al descubierto y a merced de los elementos. El viento se llevó casi todas las construcciones y luego el mar, regresando en una ola gigante, arrasó con lo que quedaba.
Don Valentín, uno de los tres únicos supervivientes, se subió a la horqueta de un árbol y se agarró de las ramas con todas sus fuerzas. Ello le salvó la vida. El resto de los habitantes de Vigía Chico murió esa noche: doce personas ahogadas, entre hombres, mujeres y niños, incluyendo al escéptico jefe de empleados. Los muertos y las mercancías fueron arrastrados por el viento y el mar hasta el monte, más allá de la sabana, a varios kilómetros de distancia. Mucho tiempo después todavía se podían encontrar botellas de cerveza entre los escombros, entre la maleza y los pocos árboles que habían quedado en pie.
Desde entonces Don Valentín se había convertido en el único y solitario habitante de Vigía Chico. Sabía que el apego que sentía por ese lugar, a pesar de su aislamiento y abandono, tenía que ver no sólo con los muchos años de vida transcurridos en él, sino también con una apuesta ganada la noche de aquel 27 de septiembre de 1955. Una bien ganada apuesta a la muerte y al Janet. No les había dado el gusto. No, señor.
El ruido lejano de un motor acercándose lo trajo de nuevo al presente. Mientras se ponía de pie, Don Valentín vio que un automóvil se aproximaba por la brecha. Éste se detuvo a pocos pasos de donde se encontraba y de él bajaron dos mujeres y un hombre, los tres muy jóvenes. Dándole los buenos días y después de presentarse, una de las mujeres le dijo que venía desde Carrillo Puerto recomendada por Don Vicente Villanueva. Aquello fue suficiente. “Sea bienvenida - sonrió Don Valentín - puede hacer lo que quiera en este lugar”. “Lo que realmente quiero - contestó ella - es platicar con usted, que me cuente de su vida y de lo que fue y ahora es Vigía Chico”. Don Valentín accedió gustoso. Aquel domingo 22 de octubre de 1978 sería un día, tan bueno como cualquier otro, para contarle su historia a una antropóloga en ciernes.
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