NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 13, núm. 49, 23 de abril, 2011.
En Galicia: Guía de las peregrinas mexicanas.
En 1140, un peregrino francés, Aymeric Picaud hizo a caballo el camino a Santiago y escribió una Guía del Peregrino, probablemente la primera en su género, misma que hoy forma parte del Códex Calixtinus, resguadrado en la catedral de Santiago de Compostela. En ella, el buen Aymeric describía así a mis ancestros vascos: "Éste es pueblo bárbaro, distinto de todos los demás en costumbres y modo de ser, colmado de maldades, oscuro de color, aspecto inicuo, depravado, perverso, pérfido, desleal y falso, lujurioso, borracho, ducho en toda suerte de violencias, feroz, silvestre, málvado y réprobo, impío y áspero, cruel y pendenciero, falto de cualquier virtud y diestro en todos los vicios e iniquidades, parecido en maldad a los getas y sarracenos, y enemigo de nuestro pueblo galo en todo". Para rematar, dice que los vascos "descienden del linaje de los escoceses, pues a ellos se parecen en sus costumbres y aspecto". Creo que por eso John y yo nos llevamos divinamente. Luego describe las tierras de León y Galicia, a las cuales dota de tesoros en miel, leche, vides, pan, caballos, carne, pescado, oro y plata, pero apunta que leoneses y gallegos son "hombres malos y viciosos" los primeros, e "iracundos y litigosos" los segundos.
A riesgo de entrar en controversia con Monsieur Picaud, diré que nos hemos encontrado con gente amabilìsima desde León hasta Galicia, que nos han acompañado, ayudado, guiado y, en general, contribuido a que nuestra aventura se esté desarrollando de maravilla. Desde una deliciosa conversaciòn en francés con una viejita en su balcón, hasta don Pepito en Samos, quien me cambió el burdo palo que llevaba por un bastón más bonito y ligero, desde un leonés que nos guió a las 12 de la noche al hotel, hasta los amigos catalanes con quienes cantamos La Bamba y recorrimos las dos últimas etapas del camino, hemos tenido experiencias muy agradables y han sido contadas las excepciones.
Estamos en Palais de Rei, a escasos 70 km de Santiago de Compostela, y casi no lo puedo creer. Hasta se me hacen pocos... El cambio en el paisaje ha sido increíble, de la planicie a las montañas, de la aridez al verdor, los cultivos, los bosques de robles y encinos, los pinares. Hace unos días, rumbo a Sarriá, Addy tomó por la carretera y yo decidì seguir el camino jacobeo. Pasaron 10 km. antes de que me topara con un ser humano. Recorrí en total soledad bosques como de cuento de hadas, atravesando huertos y establos de vacas. Galicia es una maravilla, creo que de los lugares más bellos de España. Cada recodo del camino invita a tomar una foto. Las flechas amarillas, que van señalando la ruta en medio de la nada, se convirtieron en amigas que me dicen "vas bien, sigue adelante", y sentí la compañía de aquellos que se tomaron el tiempo para pintarlas en piedras y bardas, así como de todos quienes pisaron estos senderos antes de mí. A partir de Sarria, sin embargo, ya somos multitud, pues han aparecido peregrinos de todas partes y conforme nos acercamos a la meta, cada vez hay más gente en el camino, incluso peregrinos a caballo. Hemos visto cigüeñas en sus nidos sobre los campanarios, centenares de caracoles, conejos que se esconden rápidamente en el follaje, pájaros diversos, vacas, perros, gatos, caballos, y nos ha acompañado el canto del cucú y de los gallos. He recogido hinojo y lavanda silvestre a la vera del camino, entre miles de flores azules, blancas y amarillas, y los chispazos rojos de las amapolas.
Ayer en Morgade comenzaron los últimos 100 kilómetros antes de llegar a Compostela. El camino ha sido duro a veces, un poco menos demandante, otras. Nuestro lìmite han sido 25 km diarios, no más, a una velocidda promedio de 3 km por hora, dado que hay toboganes continuamente, es decir, subidas empinadas y bajadas ídem. A veces el camino es de asfalto o grava, a veces es un lodazal, a veces se convierte en un río y hay que saltar de piedra en piedra. Llevamos caminados unos 134 km y al final del día las rodillas duelen, los calambres amenazan, las ampollas se hacen presentes, pero pienso en lo que me dice Nacho, mi entrenador: "Lore, ese dolor es adaptaciòn", y sigo adelante.
Seguí pensando para qué estoy haciendo este camino y una primera respuesta me dejó momentáneamente satisfecha: para tener una experiencia que no habìa tenido nunca y que jamás pensé poder tener. 200 y pico kilómetros a pie me parecen una proeza, pero sobre todo me han dado una seguridad en mi misma y en mis capacidades que no tenía. Me he sentido libre y en armonía conmigo misma. Veo, asimismo, el camino de Santiago como la perfecta meditaciòn en movimiento, la forma óptima de mantenerme en el presente, pues el camino demanda atenciòn y estar alerta, a riesgo de perder el paso, caerte o torcerte un tobillo, no ver las señales y equivocarte de ruta. El camino es el aquí y el ahora.Tambièn he comprobado que en esta ruta, como en la vida, cada quien hacemos nuestro camino y vamos a nuestro ritmo, con total responsabilidad por cada paso.
Continuará...
Mi tiempo, mi historia, mis ancestros, mi entorno y cualquier otra cosa que se me ocurra, me interese, me ocupe y me parezca divertido, interesante, hermoso o importante compartir desde el Caribe mexicano.
sábado, 23 de abril de 2011
Primeras etapas: Poco peso, mucho ánimo. NOTICIAS DEL TRÓPICO 48
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 13, núm. 48, 19 de abril, 2011.
Primeras etapas: Poco peso, mucho ánimo.
La realidad me sorprendió. Tiene una forma de cegar con su claridad incandescente. Sueños, fantasías, suposiciones y expectativas no sólo se quedan cortas, sino que se estrellan frente a la realidad. Lógico, puesto que los sueños, etc. los construimos con retazos de las realidades que conocemos; pero si no la hemos vivido, imposible imaginarla y siempre nos sorprenderá. Todo esto viene a cuento porque anteayer, durante la primera etapa de 25 kilómetros, venía pensando que nada en mi mente me había preparado para la realidad del camino, donde es imposible avanzar jalando una mochila de rueditas. Ilusa pretensión. No obstante, y a nuestro favor, pronto nos reacomodamos a las exigencias de la realidad real.
El viaje hasta León nos tomó incontables horas y llegamos finalmente a nuestro hotel a la medianoche del 15. Al día siguiente nos fuimos de compras a una tienda de cosas "de montaña" y nos hicimos de la ropa adecuada. Visitamos la extraordinaria catedral de León, con hermosos vitrales y rosetones, las naves impresionantes, y sobre todo la talla de tantas imágenes y adornos en la piedra. Qué artistas!
Siguiendo las sugerencias de guías, páginas de internet y amables leoneses, decidimos brincarnos las dos primeras etapas del camino e irnos en taxi hasta Astorga. De todas maneras caminaremos poco más de 260 kilómetros y podremos llegar un poco antes para disfrutar de Santiago y quizá conocer Finisterre. Así pues, el 17, muy temprano, después de poner las mochilas en manos de José Luis, un chico que se dedica, junto con sus socios, a transportar equipajes y peregrinos, nos lanzamos a nuestros primeros 25 largos y satisfactorios kilómetros.
Recorrimos páramos que se antojaban interminables. Ahora sé a qué se refería León Felipe cuando hablaba de la estepa castellana. Estábamos en plena comarca maragata, famosa por sus guisos pantagruélicos, y al inicio de la Semana Santa (así, con mayúscula), con las procesiones de las cofradías y los sambenitos a punto de comenzar. El camino nos llevó hasta Foncebadón, una subida que nos llevó casi hasta la cima del monte Irago. En ella está la Cruz de Hierro, a 1500 metros sobre el nivel del mar, donde, siguiendo la tradición jacobea, arrojé una piedra y pedí un deseo. Al día siguiente, o sea, ayer, Addy valientemente emprendió el descenso a pie (otros veintitantos km) y yo, prudentemente, me libré de los llamados rompepiernas y le pedì un aventón a José Luis. Me cuesta trabajo dejar la soberbia convicción de mi indestructibilidad a un lado, pero la meta no es acumular kilometraje, como tampoco lo es cargar una mochila, sino llegar bien a Santiago caminando lo más posible del trayecto. Mis rodillas me lo agradecen.
La ruta nos llevó a Ponferrada, ciudad dominada por el castillo de los Templarios. Albergará la mayor colección del mundo de libros, documentos, pergaminos y demás papeles de esta antigua y controvertida orden de monjes soldados, defensores de los lugares santos y protectores de los peregrinos. Hoy a las 5 y media de la mañana iniciamos la caminata de unos 23 kilómetros que nos ha traído, 8 horas después, a Villafranca del Bierzo, última estación antes de la subida al Cebreiro y la entrada en Galicia.
Me he preguntado varias veces a lo largo del camino qué hago aquí, pero no con desesperación sino con genuina curiosidad. Habrá que hacer a un lado los porqués, que según Constelaciones Familiares son preguntas que no conducen a nada más que a un callejón sin salida, y enfocarme en preguntas más sistémicas, como por ejemplo para qué. Tales reflexiones continuarán en las próximas N. del T.
Hoy nos ha llovido y he descubierto que mi impermeable tiene goteras...
El newsletter de Lorenzia, año 13, núm. 48, 19 de abril, 2011.
Primeras etapas: Poco peso, mucho ánimo.
La realidad me sorprendió. Tiene una forma de cegar con su claridad incandescente. Sueños, fantasías, suposiciones y expectativas no sólo se quedan cortas, sino que se estrellan frente a la realidad. Lógico, puesto que los sueños, etc. los construimos con retazos de las realidades que conocemos; pero si no la hemos vivido, imposible imaginarla y siempre nos sorprenderá. Todo esto viene a cuento porque anteayer, durante la primera etapa de 25 kilómetros, venía pensando que nada en mi mente me había preparado para la realidad del camino, donde es imposible avanzar jalando una mochila de rueditas. Ilusa pretensión. No obstante, y a nuestro favor, pronto nos reacomodamos a las exigencias de la realidad real.
El viaje hasta León nos tomó incontables horas y llegamos finalmente a nuestro hotel a la medianoche del 15. Al día siguiente nos fuimos de compras a una tienda de cosas "de montaña" y nos hicimos de la ropa adecuada. Visitamos la extraordinaria catedral de León, con hermosos vitrales y rosetones, las naves impresionantes, y sobre todo la talla de tantas imágenes y adornos en la piedra. Qué artistas!
Siguiendo las sugerencias de guías, páginas de internet y amables leoneses, decidimos brincarnos las dos primeras etapas del camino e irnos en taxi hasta Astorga. De todas maneras caminaremos poco más de 260 kilómetros y podremos llegar un poco antes para disfrutar de Santiago y quizá conocer Finisterre. Así pues, el 17, muy temprano, después de poner las mochilas en manos de José Luis, un chico que se dedica, junto con sus socios, a transportar equipajes y peregrinos, nos lanzamos a nuestros primeros 25 largos y satisfactorios kilómetros.
Recorrimos páramos que se antojaban interminables. Ahora sé a qué se refería León Felipe cuando hablaba de la estepa castellana. Estábamos en plena comarca maragata, famosa por sus guisos pantagruélicos, y al inicio de la Semana Santa (así, con mayúscula), con las procesiones de las cofradías y los sambenitos a punto de comenzar. El camino nos llevó hasta Foncebadón, una subida que nos llevó casi hasta la cima del monte Irago. En ella está la Cruz de Hierro, a 1500 metros sobre el nivel del mar, donde, siguiendo la tradición jacobea, arrojé una piedra y pedí un deseo. Al día siguiente, o sea, ayer, Addy valientemente emprendió el descenso a pie (otros veintitantos km) y yo, prudentemente, me libré de los llamados rompepiernas y le pedì un aventón a José Luis. Me cuesta trabajo dejar la soberbia convicción de mi indestructibilidad a un lado, pero la meta no es acumular kilometraje, como tampoco lo es cargar una mochila, sino llegar bien a Santiago caminando lo más posible del trayecto. Mis rodillas me lo agradecen.
La ruta nos llevó a Ponferrada, ciudad dominada por el castillo de los Templarios. Albergará la mayor colección del mundo de libros, documentos, pergaminos y demás papeles de esta antigua y controvertida orden de monjes soldados, defensores de los lugares santos y protectores de los peregrinos. Hoy a las 5 y media de la mañana iniciamos la caminata de unos 23 kilómetros que nos ha traído, 8 horas después, a Villafranca del Bierzo, última estación antes de la subida al Cebreiro y la entrada en Galicia.
Me he preguntado varias veces a lo largo del camino qué hago aquí, pero no con desesperación sino con genuina curiosidad. Habrá que hacer a un lado los porqués, que según Constelaciones Familiares son preguntas que no conducen a nada más que a un callejón sin salida, y enfocarme en preguntas más sistémicas, como por ejemplo para qué. Tales reflexiones continuarán en las próximas N. del T.
Hoy nos ha llovido y he descubierto que mi impermeable tiene goteras...
miércoles, 13 de abril de 2011
La víspera. NOTICIAS DEL TRÓPICO 47
La víspera: Caminante, no hay camino...
Se me ha quitado el miedo. Y con el miedo se han ido los dolores de espalda, la molestia en la rodilla, la preocupación por el aguante, las dudas sobre mi condición física. Estoy lista para emprender, en poco más de 48 horas, el viaje que me llevará a la tierra de mis ancestros y al inicio leonés del Camino de Santiago.
He tenido mucha suerte en estos tres meses de entrenamiento. Gracias a Nacho Fuentes, a su sabia guía y experiencia, hoy me encuentro alerta y preparada. Mi prueba de fuego fue la caminata de 15 kilómetros que hicimos el sábado pasado alrededor de Isla Mujeres. Nacho no es uno de esos entrenadores de pesadilla; en ningún momento me sentí presionada ni agotada. Mis avances se han venido dando paulatinamente y, casi sin sentirlo, hoy tengo una condición física que hace muchos años no tenía. Creo que desde aquella etapa frenética de mis 33 años, en la que motivada por las razones equivocadas diario bailaba flamenco, hacía dos horas de aeróbics y acudía a clase de jazz, no había sentido a mi cuerpo tan capaz.
Desde entonces he aprendido mucho acerca de mi misma, de mi cuerpo y su rendimiento. Ahora sé que está en mí tener enfoque y disciplina; el suficiente enfoque y la suficiente disciplina como para levantarme cotidianamente a las 4 de la mañana y lanzarme manejando durante media hora hasta el Mirador, en la Zona Hotelera, donde hay dunas de arena, subidas, bajadas y escaleras, los ingredientes principales para fortalecer el corazón. Caminatas de casi dos horas, sesiones en la elíptica, pesas, sentadillas y abdominales, todo ello en su justa combinación de repeticiones y tiempos, gracias a las rutinas sugeridas por Nacho. Me consta que “sólo por hoy” es la fórmula mágica del esfuerzo sostenido. Eso, y los evidentes resultados.
No cabe duda que la Jornada Jacobea de 310 kilómetros es – será - el mayor reto físico al que me he enfrentado en la vida. Y no dudo que acabará siendo también uno de esos parteaguas vitales, un turning point sin retorno, una cita irresistible e irremediable con el destino, como en su momento lo fue mi estancia de seis meses en la India, bajo la mirada de águila de Osho. Estoy emocionada.
Se me ha quitado el miedo. Y con el miedo se han ido los dolores de espalda, la molestia en la rodilla, la preocupación por el aguante, las dudas sobre mi condición física. Estoy lista para emprender, en poco más de 48 horas, el viaje que me llevará a la tierra de mis ancestros y al inicio leonés del Camino de Santiago.
He tenido mucha suerte en estos tres meses de entrenamiento. Gracias a Nacho Fuentes, a su sabia guía y experiencia, hoy me encuentro alerta y preparada. Mi prueba de fuego fue la caminata de 15 kilómetros que hicimos el sábado pasado alrededor de Isla Mujeres. Nacho no es uno de esos entrenadores de pesadilla; en ningún momento me sentí presionada ni agotada. Mis avances se han venido dando paulatinamente y, casi sin sentirlo, hoy tengo una condición física que hace muchos años no tenía. Creo que desde aquella etapa frenética de mis 33 años, en la que motivada por las razones equivocadas diario bailaba flamenco, hacía dos horas de aeróbics y acudía a clase de jazz, no había sentido a mi cuerpo tan capaz.
Desde entonces he aprendido mucho acerca de mi misma, de mi cuerpo y su rendimiento. Ahora sé que está en mí tener enfoque y disciplina; el suficiente enfoque y la suficiente disciplina como para levantarme cotidianamente a las 4 de la mañana y lanzarme manejando durante media hora hasta el Mirador, en la Zona Hotelera, donde hay dunas de arena, subidas, bajadas y escaleras, los ingredientes principales para fortalecer el corazón. Caminatas de casi dos horas, sesiones en la elíptica, pesas, sentadillas y abdominales, todo ello en su justa combinación de repeticiones y tiempos, gracias a las rutinas sugeridas por Nacho. Me consta que “sólo por hoy” es la fórmula mágica del esfuerzo sostenido. Eso, y los evidentes resultados.
No cabe duda que la Jornada Jacobea de 310 kilómetros es – será - el mayor reto físico al que me he enfrentado en la vida. Y no dudo que acabará siendo también uno de esos parteaguas vitales, un turning point sin retorno, una cita irresistible e irremediable con el destino, como en su momento lo fue mi estancia de seis meses en la India, bajo la mirada de águila de Osho. Estoy emocionada.
lunes, 7 de marzo de 2011
Huellas. Noticias del Trópico 46
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 13, núm. 46, 7 de marzo, 2011.
http://noticiasdeltropico-lorenzia3.blogspot.com/
Huellas
Quizá la vida sea un ir dejando huella en la vida de los demás, y recibiendo a la vez su impronta en la nuestra, a veces como suave marca, a veces a golpe de cincel. La huella que ha dejado Tere Gamboa se hizo a base de paciencia, perseverancia, sabia insistencia, sin quitar el dedo del renglón. Huella fuerte y decisiva, tesonera, como su carácter. Es una huella que ha quedado grabada individualmente en much@s de nosotr@s; pero también fue tan profunda que tocó su entorno, cambiándolo.
Porque no cualquiera crea, prácticamente de cero, el Archivo General de un estado, en este caso de Quintana Roo, apelando tenazmente a la voluntad política y transformando la conciencia pública acerca del valor de “esos papeles viejos” como la principal fuente donde podemos vernos reflejados en el espejo del tiempo y el espacio. Su entusiasta presencia en el mundo archivístico nacional no se olvidará pronto. El sistema ordenado que contribuyó a crear en los archivos de todas las instancias públicas estatales, nos regirá por muchos años.
La Tere Gamboa que tuve el privilegio de conocer y llamar amiga, me dio su confianza en largas charlas donde se mezclaban nuestras inquietudes, historias personales, logros laborales y proyectos futuros. Con ella tengo, además, una enorme deuda profesional. Gracias a su invitación, participé en el Voluntariado Cultural, una experiencia de difusión de la historia de Quintana Roo a principios de los años 90, que nos llevó a un grupo de interesad@s en el asunto, a viajar por el estado y compartir con gente de todas las edades, en escuelas y casas de la cultura, nuestra percepción de la tierra adoptiva.
Asimismo, no podría haber escrito Hierofanía combatiente, de no haber sido por la oportunidad única que Tere me ofreció de acompañarla a revisar el acervo de Quintana Roo en un archivo de tan difícil y restringido acceso como el de la Defensa Nacional. Nos dimos cita diariamente durante casi dos semanas para reproducir en una grabadora aquellos documentos, y mientras Tere se dedicaba a las series de 1902 en adelante, especialmente el periodo de la Revolución, yo me sumergí en los informes, partes de guerra, oficios, cartas, telegramas y mapas del siglo XIX. Gracias a esta invitación de Tere, pude asomarme por una ventana desconocida a aspectos nunca estudiados de la Guerra de Castas.
Por más que la muerte sea parte de la vida – o quizá la vida sea tan sólo un paréntesis de la muerte – cuando ocurre es siempre un golpe y una sacudida, un preguntarse por qué, una profunda sensación de pérdida y vacío. Así me siento ante tu muerte, querida Tere, querida amiga. Dejas un hueco lleno ya de nostalgia.
El newsletter de Lorenzia, año 13, núm. 46, 7 de marzo, 2011.
http://noticiasdeltropico-lorenzia3.blogspot.com/
Huellas
Quizá la vida sea un ir dejando huella en la vida de los demás, y recibiendo a la vez su impronta en la nuestra, a veces como suave marca, a veces a golpe de cincel. La huella que ha dejado Tere Gamboa se hizo a base de paciencia, perseverancia, sabia insistencia, sin quitar el dedo del renglón. Huella fuerte y decisiva, tesonera, como su carácter. Es una huella que ha quedado grabada individualmente en much@s de nosotr@s; pero también fue tan profunda que tocó su entorno, cambiándolo.
Porque no cualquiera crea, prácticamente de cero, el Archivo General de un estado, en este caso de Quintana Roo, apelando tenazmente a la voluntad política y transformando la conciencia pública acerca del valor de “esos papeles viejos” como la principal fuente donde podemos vernos reflejados en el espejo del tiempo y el espacio. Su entusiasta presencia en el mundo archivístico nacional no se olvidará pronto. El sistema ordenado que contribuyó a crear en los archivos de todas las instancias públicas estatales, nos regirá por muchos años.
La Tere Gamboa que tuve el privilegio de conocer y llamar amiga, me dio su confianza en largas charlas donde se mezclaban nuestras inquietudes, historias personales, logros laborales y proyectos futuros. Con ella tengo, además, una enorme deuda profesional. Gracias a su invitación, participé en el Voluntariado Cultural, una experiencia de difusión de la historia de Quintana Roo a principios de los años 90, que nos llevó a un grupo de interesad@s en el asunto, a viajar por el estado y compartir con gente de todas las edades, en escuelas y casas de la cultura, nuestra percepción de la tierra adoptiva.
Asimismo, no podría haber escrito Hierofanía combatiente, de no haber sido por la oportunidad única que Tere me ofreció de acompañarla a revisar el acervo de Quintana Roo en un archivo de tan difícil y restringido acceso como el de la Defensa Nacional. Nos dimos cita diariamente durante casi dos semanas para reproducir en una grabadora aquellos documentos, y mientras Tere se dedicaba a las series de 1902 en adelante, especialmente el periodo de la Revolución, yo me sumergí en los informes, partes de guerra, oficios, cartas, telegramas y mapas del siglo XIX. Gracias a esta invitación de Tere, pude asomarme por una ventana desconocida a aspectos nunca estudiados de la Guerra de Castas.
Por más que la muerte sea parte de la vida – o quizá la vida sea tan sólo un paréntesis de la muerte – cuando ocurre es siempre un golpe y una sacudida, un preguntarse por qué, una profunda sensación de pérdida y vacío. Así me siento ante tu muerte, querida Tere, querida amiga. Dejas un hueco lleno ya de nostalgia.
lunes, 10 de enero de 2011
Adenda a las Noticias del Trópico 45
Al escribir las N. del T. # 45, y haciendo uso de la licencia poética que se me concede, mencioné la posibilidad de obtener la gracia de la Compostela al final de la peregrinación. No fue más que eso, una licencia poética, ya que, de hacerlo en realidad, incurriría en una total hipocresía, así como en un irrespeto hacia quienes sí sustentan esa fe. La Compostela es un documento religioso que hasta el día de hoy se otorga a jacobeas y jacobeos como prueba de su peregrinaje, siempre y cuando éste se lleve a cabo “con sentido cristiano”, lo que equivale a realizarlo por devoción, voto o piedad, y las abadías, sociedades religiosas, cofradías, etc. del camino así lo vayan atestiguando. Éste no es mi caso.
Yo fui bautizada a los 5 años en la iglesia católica por una tenacidad materna que logró superar la resistencia paterna. Luego, a los 12, hice la primera comunión por decisión propia, a pesar de incurrir nuevamente en el enojo y la oposición de mi padre. Hoy, y desde hace muchos años, sin embargo, me encuentro mucho más cercana a la postura de Pepe que la de Queenie, y sumamente alejada de las religiones judeo-cristianas y las instituciones que las avalan, siempre capaces y dispuestas a manipular a quien se deje con la tenaza bipolar del miedo y la culpa. No creo que haya nada más alejado de la espiritualidad y de la religiosidad que eso.
Aclarado lo cual y resumiendo, mi espíritu libre se sentirá mucho más a gusto con el salvoconducto secular que las autoridades civiles de ciudades, pueblos y caseríos avalan y sellan a quienes presenten su pasaporte jacobeo. Y si los superiores seres de poder tienen a bien otorgarme mi propio y personal campo de estrellas, so be it. Agradecida lo recibiré.
Yo fui bautizada a los 5 años en la iglesia católica por una tenacidad materna que logró superar la resistencia paterna. Luego, a los 12, hice la primera comunión por decisión propia, a pesar de incurrir nuevamente en el enojo y la oposición de mi padre. Hoy, y desde hace muchos años, sin embargo, me encuentro mucho más cercana a la postura de Pepe que la de Queenie, y sumamente alejada de las religiones judeo-cristianas y las instituciones que las avalan, siempre capaces y dispuestas a manipular a quien se deje con la tenaza bipolar del miedo y la culpa. No creo que haya nada más alejado de la espiritualidad y de la religiosidad que eso.
Aclarado lo cual y resumiendo, mi espíritu libre se sentirá mucho más a gusto con el salvoconducto secular que las autoridades civiles de ciudades, pueblos y caseríos avalan y sellan a quienes presenten su pasaporte jacobeo. Y si los superiores seres de poder tienen a bien otorgarme mi propio y personal campo de estrellas, so be it. Agradecida lo recibiré.
lunes, 3 de enero de 2011
Jornada Jacobea. Noticias del Trópico 45
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 13, núm. 45, 3 de enero, 2011.
Jornada jacobea
Es de cajón. Ya sea por costumbre o porque las tradiciones así lo marcan, casi por obligación e indudablemente que por tentación, no hay manera de evitar hacer propósitos de año nuevo: esa lista corta o larga de compromisos que hacemos ante todo con nosotr@s mism@s; la docena, o más o menos, de deseos rápida y confusamente formulados mentalmente mientras tratamos de engullir las uvas al son de las doce campanadas; las promesas (¿qué son los propósitos sino promesas?) de hacer, dejar de hacer, propiciar, evitar, mejorar, bajar, subir, agrandar o disminuir algo que tienda, a fin de cuentas, a hacernos más san@s, mas conscientes y/o más productiv@s. Es el momento ideal para que los ojos (mentales) sean más grandes que el estómago (también mental). Dirían l@s astrólog@s: Júpiter reina incontestable, haciéndonos abarcar más de lo que realmente podemos hacer, ponernos objetivos inalcanzables en la práctica, llenarnos de un optimismo que, por desgracia, pronto se desinfla, conforme aquellas autopromesas se van quedando tiradas a lo largo de la ruta anual.
Tiene esto que ver, claro, con un imperativo de la naturaleza humana que es el autoengaño, o para decirlo más bonito, la ceguera de querer que las cosas sean como quisiéramos en lugar de aceptarlas como son. Aceptar, by the way, no es sinónimo de conformarse, anquilosarse o quedarse cruzad@ de brazos esperando que las cosas sucedan. Aceptar tiene que ver con un profundo conocimiento de si mism@; con la capacidad de ver nuestra luz al igual que nuestra sombra y las incontables áreas grises intermedias. Esa aceptación quizá nos llevaría a ponernos metas más acordes con lo que cada quien, en el momento y lugar en el que se encuentra en su vida, pueda realmente llevar a cabo – un día a la vez - con un esfuerzo sostenido y la suficiente dosis de voluntad, sin olvidar que existen condiciones externas sobre las cuales aún menos podemos influir.
Pero lo que más me maravilla de los propósitos de año nuevo es el afán de ponerles a éstos y otros más, una fecha de inicio fija y muchas veces futura. Generalmente estamos a la espera de un día o momento memorable, único, “especial”, para emprender la acción o acciones que nos llevarán a lograr dicho propósito. Huelga decir que ese momento nunca es el presente, sino siempre el futuro. Es como si necesitáramos de una línea de arranque, como en las carreras, para ponernos de humor pertinente y en posición adecuada antes de comenzar con la serie de actividades y disciplinas requeridas para alcanzar la meta.
La verdad, me resulta sospechoso y dudo de nuestras verdaderas intenciones. Hacerse el propósito de comenzar algo el 1° de enero o el próximo lunes o iniciando el mes que entra, se vuelve un ejercicio en lo ineludible, lo inevitable e incluso en lo indeseable, porque a fin de cuentas estamos posponiendo un compromiso que en el fondo no queremos hacer, ya que si lo deseáramos de corazón, probablemente lo iniciaríamos en cualquier instante, por ejemplo, el día de hoy, ahora mismo, ¡ahorita! (aplicable a cualquier cosa, desde dejar de acumular calorías y ponernos en movimiento, hasta escribir una tesis o activar un blog, pasando por dejar un vicio, levantarse más temprano o ser puntuales). Nos encanta jugar el juego que todos jugamos, o sea, a las escondidillas con nosotr@s mism@s. ¿Estaremos más jóvenes y fresc@s, tendremos más energía, seremos más sabi@s o más valeros@s mañana (o el lunes o el día primero) que hoy? Este cuestionamiento de Osho da, creo, en el clavo.
Dicho lo cual, comparto con ustedes un plan/propósito que hace mucho tenía en la mente y el corazón, para el que venía preparándome, que por fortuna inicié antes de que cronológicamente correspondiera al primer día de este 2011, y que de hecho acabó dándose tan auspiciosa y espontáneamente que no me cabe la menor duda de que se cumplirá de una u otra forma.
Este año, una querida amiga y yo nos convertiremos en jacobeas. No sólo recorreremos sitios históricos, sino que haremos y nos convertiremos en historia, una historia medieval viva que se inició alrededor del año 833 y se consolidó como tradición en 950. Nos guiará la luz de nuestra galaxia, la Vía Láctea, en el andar hacia el Finis Terrae de celtas y romanos. Nos protegerá el espíritu de los caballeros Templarios y la hospitalidad de los monjes benedictinos. Morral (o mochila) al hombro, cayado en mano y vieria sobre el pecho, nos uniremos esta semana santa al caudal de peregrinos de todo el orbe que, desde el siglo IX, recorren a pie el camino de Santiago, y obtendremos, si así está escrito, la gracia del campo de estrellas: la “Compostela”.
Me queda claro que la meta es espectacular y el ritual final, emotivo: alcanzar la plaza de la catedral compostelana, admirar el Pórtico de la Gloria, poner mis manos sobre el sepulcro del apóstol Santiago, abrazar al santo y susurrarle al oído mi mensaje. También me motiva pisar por primera vez Galicia y seguir el derrotero del llamado Camino Francés, que parte de los Pirineos. Y aunque nuestro peregrinaje iniciará, no en Roncesvalles, sino en León, a tan sólo 310 kilómetros de Compostela, igual disfrutaremos de lugares hermosos, arte gótico, monumentos románicos y una ruta escénica inolvidable.
Preveo, sin embargo, que lo más importante es la experiencia del camino en sí, un camino que ya ha iniciado, porque ya estoy en él, y que se empieza a manifestar de múltiples y complejas formas: el reto físico de realizar, a pie, 14 etapas de entre 20 y 30 kilómetros cada una, para las cuales ya entreno; el desafío mental de mantener mi enfoque, disciplina y flexibilidad durante los próximos 5 meses; la vivencia espiritual convencida y compartida; la confrontación con dudas, terrores e inseguridades; la tranquilidad de que, al aceptar lo que no puedo cambiar, me será posible llegar a la meta incluso en autobús, si así se requiere; la confianza íntima de saber que no es manda ni competencia ni maratón. Es decir, el Camino de Santiago como un viaje interior de autoconocimiento y contacto con los seres que soy, un ejercicio de humildad, paciencia y benevolencia conmigo misma. Como dijo un peregrino, “una lección realista de mis posibilidades humanas y espirituales”.
La mochila no da para mucho, y mi espalda menos. Pero entre los calcetines y la pomada de árnica viajará algún dispositivo (probablemente mi flamante y ya bien amada BlackBerry) por medio del cual les mantendré informad@s con noticias compostelanas. Es uno de mis propósitos de año nuevo…
Gracias a mi querida amiga por ser la chispa propiciatoria, y a quienes desde ya han sido por demás generos@s con sugerencias, consejos e información. Se cumpla como se cumpla la jornada jacobea, habrá valido la pena. Ya la vale.
Que tengan un feliz año lleno de presentes.
El newsletter de Lorenzia, año 13, núm. 45, 3 de enero, 2011.
Jornada jacobea
Es de cajón. Ya sea por costumbre o porque las tradiciones así lo marcan, casi por obligación e indudablemente que por tentación, no hay manera de evitar hacer propósitos de año nuevo: esa lista corta o larga de compromisos que hacemos ante todo con nosotr@s mism@s; la docena, o más o menos, de deseos rápida y confusamente formulados mentalmente mientras tratamos de engullir las uvas al son de las doce campanadas; las promesas (¿qué son los propósitos sino promesas?) de hacer, dejar de hacer, propiciar, evitar, mejorar, bajar, subir, agrandar o disminuir algo que tienda, a fin de cuentas, a hacernos más san@s, mas conscientes y/o más productiv@s. Es el momento ideal para que los ojos (mentales) sean más grandes que el estómago (también mental). Dirían l@s astrólog@s: Júpiter reina incontestable, haciéndonos abarcar más de lo que realmente podemos hacer, ponernos objetivos inalcanzables en la práctica, llenarnos de un optimismo que, por desgracia, pronto se desinfla, conforme aquellas autopromesas se van quedando tiradas a lo largo de la ruta anual.
Tiene esto que ver, claro, con un imperativo de la naturaleza humana que es el autoengaño, o para decirlo más bonito, la ceguera de querer que las cosas sean como quisiéramos en lugar de aceptarlas como son. Aceptar, by the way, no es sinónimo de conformarse, anquilosarse o quedarse cruzad@ de brazos esperando que las cosas sucedan. Aceptar tiene que ver con un profundo conocimiento de si mism@; con la capacidad de ver nuestra luz al igual que nuestra sombra y las incontables áreas grises intermedias. Esa aceptación quizá nos llevaría a ponernos metas más acordes con lo que cada quien, en el momento y lugar en el que se encuentra en su vida, pueda realmente llevar a cabo – un día a la vez - con un esfuerzo sostenido y la suficiente dosis de voluntad, sin olvidar que existen condiciones externas sobre las cuales aún menos podemos influir.
Pero lo que más me maravilla de los propósitos de año nuevo es el afán de ponerles a éstos y otros más, una fecha de inicio fija y muchas veces futura. Generalmente estamos a la espera de un día o momento memorable, único, “especial”, para emprender la acción o acciones que nos llevarán a lograr dicho propósito. Huelga decir que ese momento nunca es el presente, sino siempre el futuro. Es como si necesitáramos de una línea de arranque, como en las carreras, para ponernos de humor pertinente y en posición adecuada antes de comenzar con la serie de actividades y disciplinas requeridas para alcanzar la meta.
La verdad, me resulta sospechoso y dudo de nuestras verdaderas intenciones. Hacerse el propósito de comenzar algo el 1° de enero o el próximo lunes o iniciando el mes que entra, se vuelve un ejercicio en lo ineludible, lo inevitable e incluso en lo indeseable, porque a fin de cuentas estamos posponiendo un compromiso que en el fondo no queremos hacer, ya que si lo deseáramos de corazón, probablemente lo iniciaríamos en cualquier instante, por ejemplo, el día de hoy, ahora mismo, ¡ahorita! (aplicable a cualquier cosa, desde dejar de acumular calorías y ponernos en movimiento, hasta escribir una tesis o activar un blog, pasando por dejar un vicio, levantarse más temprano o ser puntuales). Nos encanta jugar el juego que todos jugamos, o sea, a las escondidillas con nosotr@s mism@s. ¿Estaremos más jóvenes y fresc@s, tendremos más energía, seremos más sabi@s o más valeros@s mañana (o el lunes o el día primero) que hoy? Este cuestionamiento de Osho da, creo, en el clavo.
Dicho lo cual, comparto con ustedes un plan/propósito que hace mucho tenía en la mente y el corazón, para el que venía preparándome, que por fortuna inicié antes de que cronológicamente correspondiera al primer día de este 2011, y que de hecho acabó dándose tan auspiciosa y espontáneamente que no me cabe la menor duda de que se cumplirá de una u otra forma.
Este año, una querida amiga y yo nos convertiremos en jacobeas. No sólo recorreremos sitios históricos, sino que haremos y nos convertiremos en historia, una historia medieval viva que se inició alrededor del año 833 y se consolidó como tradición en 950. Nos guiará la luz de nuestra galaxia, la Vía Láctea, en el andar hacia el Finis Terrae de celtas y romanos. Nos protegerá el espíritu de los caballeros Templarios y la hospitalidad de los monjes benedictinos. Morral (o mochila) al hombro, cayado en mano y vieria sobre el pecho, nos uniremos esta semana santa al caudal de peregrinos de todo el orbe que, desde el siglo IX, recorren a pie el camino de Santiago, y obtendremos, si así está escrito, la gracia del campo de estrellas: la “Compostela”.
Me queda claro que la meta es espectacular y el ritual final, emotivo: alcanzar la plaza de la catedral compostelana, admirar el Pórtico de la Gloria, poner mis manos sobre el sepulcro del apóstol Santiago, abrazar al santo y susurrarle al oído mi mensaje. También me motiva pisar por primera vez Galicia y seguir el derrotero del llamado Camino Francés, que parte de los Pirineos. Y aunque nuestro peregrinaje iniciará, no en Roncesvalles, sino en León, a tan sólo 310 kilómetros de Compostela, igual disfrutaremos de lugares hermosos, arte gótico, monumentos románicos y una ruta escénica inolvidable.
Preveo, sin embargo, que lo más importante es la experiencia del camino en sí, un camino que ya ha iniciado, porque ya estoy en él, y que se empieza a manifestar de múltiples y complejas formas: el reto físico de realizar, a pie, 14 etapas de entre 20 y 30 kilómetros cada una, para las cuales ya entreno; el desafío mental de mantener mi enfoque, disciplina y flexibilidad durante los próximos 5 meses; la vivencia espiritual convencida y compartida; la confrontación con dudas, terrores e inseguridades; la tranquilidad de que, al aceptar lo que no puedo cambiar, me será posible llegar a la meta incluso en autobús, si así se requiere; la confianza íntima de saber que no es manda ni competencia ni maratón. Es decir, el Camino de Santiago como un viaje interior de autoconocimiento y contacto con los seres que soy, un ejercicio de humildad, paciencia y benevolencia conmigo misma. Como dijo un peregrino, “una lección realista de mis posibilidades humanas y espirituales”.
La mochila no da para mucho, y mi espalda menos. Pero entre los calcetines y la pomada de árnica viajará algún dispositivo (probablemente mi flamante y ya bien amada BlackBerry) por medio del cual les mantendré informad@s con noticias compostelanas. Es uno de mis propósitos de año nuevo…
Gracias a mi querida amiga por ser la chispa propiciatoria, y a quienes desde ya han sido por demás generos@s con sugerencias, consejos e información. Se cumpla como se cumpla la jornada jacobea, habrá valido la pena. Ya la vale.
Que tengan un feliz año lleno de presentes.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
De cumpleaños y centenarios Noticias del Trópico 44
La guerra está de moda y no sólo contra los narcos. Nos ahogan en refritos históricos, nos acribillan con los consabidos cartones heroicos de héroes acartonados y sucumbimos ante el revival de los estereotipos; menos mal que ahí están también las interpretaciones serias y las novedades de la investigación, visiones frescas que desentierran secretos y desenmascaran mitos.
En realidad, la guerra ha estado de moda desde hace 200 años. De alguna manera podemos medir el desarrollo de nuestro país de conflicto armado en conflicto armado. Entre bicentenario y centenario, o mejor dicho, entre la Independencia y la Revolución, México se debatió en un siglo XIX plagado de asonadas, golpes de estado, levantamientos y rebeliones de toda índole. La Independencia – tan manoseada últimamente – es una de esas luchas longevas que empezó con una serie de planteamientos no precisamente independentistas; siguió su curso según los vaivenes liberales y los vientos absolutistas que soplaron desde España; cambió de líderes varias veces (y por lo mismo de objetivos) y se definió de una vez por todas, 11 años después, por el restablecimiento de una constitución liberal que no convenía a los grupos de poder. Siempre me acordaré de la frase de Marco Almazán, en su Rediezcubrimiento de México: “la conquista la hicieron los indígenas, la independencia la hicieron los españoles…”
A partir de ahí, décadas de vivir bajo la amenaza de invasiones, intervenciones y guerras pasteleras. Tuvimos nuestra propia guerra civil: dos bandos, un país dividido por convicciones políticas y creencias religiosas, por planes conservadores y leyes reformadoras. Y llegamos así a la Revolución, otro intento – fallido, por cierto – de revertir el orden, de cambiar de raíz al país, liderado por cabecillas antagónicos, y cuyas repercusiones quizá estemos todavía padeciendo. Fácil atacar la dictadura treintañera de Porfirio Díaz, el villano por excelencia junto con Hernán Cortés, pero ni comparación con 70 años de dictadura priísta y de afanes desmanteladores de la riqueza de este país, alguna de la cual Don Porfirio sí construyó.
La Revolución Mexicana fue la primera gran revolución campesina del siglo XX, como aprendimos por allá de los setentas, tras leer la sobresaliente obra de Eric Wolf. Ahora estamos dando origen a una nueva modalidad en lo que a guerras se refiere. La guerra de los narcos contra el Estado mexicano, aunque se parezca en algunas cosas al caso de Colombia, no es igual, ni los narcos son insurgentes ni tampoco revolucionarios. Estamos ante la primera gran guerra empresarial del siglo XXI. La guerra de cierto grupo de empresarios – que hasta en Forbes aparecen – contra el Estado mexicano, para mantener su estatus quo, proteger sus cotos de poder y asegurar sus ganancias millonarias a través de subvertir el orden y secuestrar al país.
Desde mis ahora 57 veranos, miro hacia atrás y no puedo menos que caer en el cliché: ¡ah, qué tiempos aquellos!, cuando México, con todo y sus broncas ancestrales, era todavía una promesa y una esperanza. Aquel México que enarbolaba una política exterior de la que nos podíamos enorgullecer, el México que dedicaba el mayor porcentaje de su presupuesto a la educación. No el vendido, ni el lacayo, ni el de la rebatinga electoral por el poder, ni el copado por políticos y sindicatos gangsteriles, ni el manipulado por curas, ni el lisiado por traficantes de personas y pederastas. Quizá, sin quererlo, estemos “celebrando”, junto con el centenario y bicentenario de dos guerras, el momento más negro de la historia de México.
Personalmente, no obstante, sí he celebrado en estos días mi cumpleaños y todo lo que el universo me ha regalado y me regala cotidianamente, que es mucho y muy apreciado. Celebro y agradezco mi vida de privilegio, en el sentido de haber contado siempre con oportunidades de crecimiento, educación, desarrollo y libertad, gracias en gran medida a un entorno propicio. Celebro el México que me vio nacer y convertirme en quien ahora soy, el México que abrió los brazos a mis padres y abuelos, el que conocí a través del gran angular de la antropología, el México de mis tiempos, lindo y querido. Porque, con todo, sigue siendo un México lindo y un México querido, al cual también querría que me trajeran si muriera lejos de aquí.
En realidad, la guerra ha estado de moda desde hace 200 años. De alguna manera podemos medir el desarrollo de nuestro país de conflicto armado en conflicto armado. Entre bicentenario y centenario, o mejor dicho, entre la Independencia y la Revolución, México se debatió en un siglo XIX plagado de asonadas, golpes de estado, levantamientos y rebeliones de toda índole. La Independencia – tan manoseada últimamente – es una de esas luchas longevas que empezó con una serie de planteamientos no precisamente independentistas; siguió su curso según los vaivenes liberales y los vientos absolutistas que soplaron desde España; cambió de líderes varias veces (y por lo mismo de objetivos) y se definió de una vez por todas, 11 años después, por el restablecimiento de una constitución liberal que no convenía a los grupos de poder. Siempre me acordaré de la frase de Marco Almazán, en su Rediezcubrimiento de México: “la conquista la hicieron los indígenas, la independencia la hicieron los españoles…”
A partir de ahí, décadas de vivir bajo la amenaza de invasiones, intervenciones y guerras pasteleras. Tuvimos nuestra propia guerra civil: dos bandos, un país dividido por convicciones políticas y creencias religiosas, por planes conservadores y leyes reformadoras. Y llegamos así a la Revolución, otro intento – fallido, por cierto – de revertir el orden, de cambiar de raíz al país, liderado por cabecillas antagónicos, y cuyas repercusiones quizá estemos todavía padeciendo. Fácil atacar la dictadura treintañera de Porfirio Díaz, el villano por excelencia junto con Hernán Cortés, pero ni comparación con 70 años de dictadura priísta y de afanes desmanteladores de la riqueza de este país, alguna de la cual Don Porfirio sí construyó.
La Revolución Mexicana fue la primera gran revolución campesina del siglo XX, como aprendimos por allá de los setentas, tras leer la sobresaliente obra de Eric Wolf. Ahora estamos dando origen a una nueva modalidad en lo que a guerras se refiere. La guerra de los narcos contra el Estado mexicano, aunque se parezca en algunas cosas al caso de Colombia, no es igual, ni los narcos son insurgentes ni tampoco revolucionarios. Estamos ante la primera gran guerra empresarial del siglo XXI. La guerra de cierto grupo de empresarios – que hasta en Forbes aparecen – contra el Estado mexicano, para mantener su estatus quo, proteger sus cotos de poder y asegurar sus ganancias millonarias a través de subvertir el orden y secuestrar al país.
Desde mis ahora 57 veranos, miro hacia atrás y no puedo menos que caer en el cliché: ¡ah, qué tiempos aquellos!, cuando México, con todo y sus broncas ancestrales, era todavía una promesa y una esperanza. Aquel México que enarbolaba una política exterior de la que nos podíamos enorgullecer, el México que dedicaba el mayor porcentaje de su presupuesto a la educación. No el vendido, ni el lacayo, ni el de la rebatinga electoral por el poder, ni el copado por políticos y sindicatos gangsteriles, ni el manipulado por curas, ni el lisiado por traficantes de personas y pederastas. Quizá, sin quererlo, estemos “celebrando”, junto con el centenario y bicentenario de dos guerras, el momento más negro de la historia de México.
Personalmente, no obstante, sí he celebrado en estos días mi cumpleaños y todo lo que el universo me ha regalado y me regala cotidianamente, que es mucho y muy apreciado. Celebro y agradezco mi vida de privilegio, en el sentido de haber contado siempre con oportunidades de crecimiento, educación, desarrollo y libertad, gracias en gran medida a un entorno propicio. Celebro el México que me vio nacer y convertirme en quien ahora soy, el México que abrió los brazos a mis padres y abuelos, el que conocí a través del gran angular de la antropología, el México de mis tiempos, lindo y querido. Porque, con todo, sigue siendo un México lindo y un México querido, al cual también querría que me trajeran si muriera lejos de aquí.
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