La víspera: Caminante, no hay camino...
Se me ha quitado el miedo. Y con el miedo se han ido los dolores de espalda, la molestia en la rodilla, la preocupación por el aguante, las dudas sobre mi condición física. Estoy lista para emprender, en poco más de 48 horas, el viaje que me llevará a la tierra de mis ancestros y al inicio leonés del Camino de Santiago.
He tenido mucha suerte en estos tres meses de entrenamiento. Gracias a Nacho Fuentes, a su sabia guía y experiencia, hoy me encuentro alerta y preparada. Mi prueba de fuego fue la caminata de 15 kilómetros que hicimos el sábado pasado alrededor de Isla Mujeres. Nacho no es uno de esos entrenadores de pesadilla; en ningún momento me sentí presionada ni agotada. Mis avances se han venido dando paulatinamente y, casi sin sentirlo, hoy tengo una condición física que hace muchos años no tenía. Creo que desde aquella etapa frenética de mis 33 años, en la que motivada por las razones equivocadas diario bailaba flamenco, hacía dos horas de aeróbics y acudía a clase de jazz, no había sentido a mi cuerpo tan capaz.
Desde entonces he aprendido mucho acerca de mi misma, de mi cuerpo y su rendimiento. Ahora sé que está en mí tener enfoque y disciplina; el suficiente enfoque y la suficiente disciplina como para levantarme cotidianamente a las 4 de la mañana y lanzarme manejando durante media hora hasta el Mirador, en la Zona Hotelera, donde hay dunas de arena, subidas, bajadas y escaleras, los ingredientes principales para fortalecer el corazón. Caminatas de casi dos horas, sesiones en la elíptica, pesas, sentadillas y abdominales, todo ello en su justa combinación de repeticiones y tiempos, gracias a las rutinas sugeridas por Nacho. Me consta que “sólo por hoy” es la fórmula mágica del esfuerzo sostenido. Eso, y los evidentes resultados.
No cabe duda que la Jornada Jacobea de 310 kilómetros es – será - el mayor reto físico al que me he enfrentado en la vida. Y no dudo que acabará siendo también uno de esos parteaguas vitales, un turning point sin retorno, una cita irresistible e irremediable con el destino, como en su momento lo fue mi estancia de seis meses en la India, bajo la mirada de águila de Osho. Estoy emocionada.
Mi tiempo, mi historia, mis ancestros, mi entorno y cualquier otra cosa que se me ocurra, me interese, me ocupe y me parezca divertido, interesante, hermoso o importante compartir desde el Caribe mexicano.
miércoles, 13 de abril de 2011
lunes, 7 de marzo de 2011
Huellas. Noticias del Trópico 46
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 13, núm. 46, 7 de marzo, 2011.
http://noticiasdeltropico-lorenzia3.blogspot.com/
Huellas
Quizá la vida sea un ir dejando huella en la vida de los demás, y recibiendo a la vez su impronta en la nuestra, a veces como suave marca, a veces a golpe de cincel. La huella que ha dejado Tere Gamboa se hizo a base de paciencia, perseverancia, sabia insistencia, sin quitar el dedo del renglón. Huella fuerte y decisiva, tesonera, como su carácter. Es una huella que ha quedado grabada individualmente en much@s de nosotr@s; pero también fue tan profunda que tocó su entorno, cambiándolo.
Porque no cualquiera crea, prácticamente de cero, el Archivo General de un estado, en este caso de Quintana Roo, apelando tenazmente a la voluntad política y transformando la conciencia pública acerca del valor de “esos papeles viejos” como la principal fuente donde podemos vernos reflejados en el espejo del tiempo y el espacio. Su entusiasta presencia en el mundo archivístico nacional no se olvidará pronto. El sistema ordenado que contribuyó a crear en los archivos de todas las instancias públicas estatales, nos regirá por muchos años.
La Tere Gamboa que tuve el privilegio de conocer y llamar amiga, me dio su confianza en largas charlas donde se mezclaban nuestras inquietudes, historias personales, logros laborales y proyectos futuros. Con ella tengo, además, una enorme deuda profesional. Gracias a su invitación, participé en el Voluntariado Cultural, una experiencia de difusión de la historia de Quintana Roo a principios de los años 90, que nos llevó a un grupo de interesad@s en el asunto, a viajar por el estado y compartir con gente de todas las edades, en escuelas y casas de la cultura, nuestra percepción de la tierra adoptiva.
Asimismo, no podría haber escrito Hierofanía combatiente, de no haber sido por la oportunidad única que Tere me ofreció de acompañarla a revisar el acervo de Quintana Roo en un archivo de tan difícil y restringido acceso como el de la Defensa Nacional. Nos dimos cita diariamente durante casi dos semanas para reproducir en una grabadora aquellos documentos, y mientras Tere se dedicaba a las series de 1902 en adelante, especialmente el periodo de la Revolución, yo me sumergí en los informes, partes de guerra, oficios, cartas, telegramas y mapas del siglo XIX. Gracias a esta invitación de Tere, pude asomarme por una ventana desconocida a aspectos nunca estudiados de la Guerra de Castas.
Por más que la muerte sea parte de la vida – o quizá la vida sea tan sólo un paréntesis de la muerte – cuando ocurre es siempre un golpe y una sacudida, un preguntarse por qué, una profunda sensación de pérdida y vacío. Así me siento ante tu muerte, querida Tere, querida amiga. Dejas un hueco lleno ya de nostalgia.
El newsletter de Lorenzia, año 13, núm. 46, 7 de marzo, 2011.
http://noticiasdeltropico-lorenzia3.blogspot.com/
Huellas
Quizá la vida sea un ir dejando huella en la vida de los demás, y recibiendo a la vez su impronta en la nuestra, a veces como suave marca, a veces a golpe de cincel. La huella que ha dejado Tere Gamboa se hizo a base de paciencia, perseverancia, sabia insistencia, sin quitar el dedo del renglón. Huella fuerte y decisiva, tesonera, como su carácter. Es una huella que ha quedado grabada individualmente en much@s de nosotr@s; pero también fue tan profunda que tocó su entorno, cambiándolo.
Porque no cualquiera crea, prácticamente de cero, el Archivo General de un estado, en este caso de Quintana Roo, apelando tenazmente a la voluntad política y transformando la conciencia pública acerca del valor de “esos papeles viejos” como la principal fuente donde podemos vernos reflejados en el espejo del tiempo y el espacio. Su entusiasta presencia en el mundo archivístico nacional no se olvidará pronto. El sistema ordenado que contribuyó a crear en los archivos de todas las instancias públicas estatales, nos regirá por muchos años.
La Tere Gamboa que tuve el privilegio de conocer y llamar amiga, me dio su confianza en largas charlas donde se mezclaban nuestras inquietudes, historias personales, logros laborales y proyectos futuros. Con ella tengo, además, una enorme deuda profesional. Gracias a su invitación, participé en el Voluntariado Cultural, una experiencia de difusión de la historia de Quintana Roo a principios de los años 90, que nos llevó a un grupo de interesad@s en el asunto, a viajar por el estado y compartir con gente de todas las edades, en escuelas y casas de la cultura, nuestra percepción de la tierra adoptiva.
Asimismo, no podría haber escrito Hierofanía combatiente, de no haber sido por la oportunidad única que Tere me ofreció de acompañarla a revisar el acervo de Quintana Roo en un archivo de tan difícil y restringido acceso como el de la Defensa Nacional. Nos dimos cita diariamente durante casi dos semanas para reproducir en una grabadora aquellos documentos, y mientras Tere se dedicaba a las series de 1902 en adelante, especialmente el periodo de la Revolución, yo me sumergí en los informes, partes de guerra, oficios, cartas, telegramas y mapas del siglo XIX. Gracias a esta invitación de Tere, pude asomarme por una ventana desconocida a aspectos nunca estudiados de la Guerra de Castas.
Por más que la muerte sea parte de la vida – o quizá la vida sea tan sólo un paréntesis de la muerte – cuando ocurre es siempre un golpe y una sacudida, un preguntarse por qué, una profunda sensación de pérdida y vacío. Así me siento ante tu muerte, querida Tere, querida amiga. Dejas un hueco lleno ya de nostalgia.
lunes, 10 de enero de 2011
Adenda a las Noticias del Trópico 45
Al escribir las N. del T. # 45, y haciendo uso de la licencia poética que se me concede, mencioné la posibilidad de obtener la gracia de la Compostela al final de la peregrinación. No fue más que eso, una licencia poética, ya que, de hacerlo en realidad, incurriría en una total hipocresía, así como en un irrespeto hacia quienes sí sustentan esa fe. La Compostela es un documento religioso que hasta el día de hoy se otorga a jacobeas y jacobeos como prueba de su peregrinaje, siempre y cuando éste se lleve a cabo “con sentido cristiano”, lo que equivale a realizarlo por devoción, voto o piedad, y las abadías, sociedades religiosas, cofradías, etc. del camino así lo vayan atestiguando. Éste no es mi caso.
Yo fui bautizada a los 5 años en la iglesia católica por una tenacidad materna que logró superar la resistencia paterna. Luego, a los 12, hice la primera comunión por decisión propia, a pesar de incurrir nuevamente en el enojo y la oposición de mi padre. Hoy, y desde hace muchos años, sin embargo, me encuentro mucho más cercana a la postura de Pepe que la de Queenie, y sumamente alejada de las religiones judeo-cristianas y las instituciones que las avalan, siempre capaces y dispuestas a manipular a quien se deje con la tenaza bipolar del miedo y la culpa. No creo que haya nada más alejado de la espiritualidad y de la religiosidad que eso.
Aclarado lo cual y resumiendo, mi espíritu libre se sentirá mucho más a gusto con el salvoconducto secular que las autoridades civiles de ciudades, pueblos y caseríos avalan y sellan a quienes presenten su pasaporte jacobeo. Y si los superiores seres de poder tienen a bien otorgarme mi propio y personal campo de estrellas, so be it. Agradecida lo recibiré.
Yo fui bautizada a los 5 años en la iglesia católica por una tenacidad materna que logró superar la resistencia paterna. Luego, a los 12, hice la primera comunión por decisión propia, a pesar de incurrir nuevamente en el enojo y la oposición de mi padre. Hoy, y desde hace muchos años, sin embargo, me encuentro mucho más cercana a la postura de Pepe que la de Queenie, y sumamente alejada de las religiones judeo-cristianas y las instituciones que las avalan, siempre capaces y dispuestas a manipular a quien se deje con la tenaza bipolar del miedo y la culpa. No creo que haya nada más alejado de la espiritualidad y de la religiosidad que eso.
Aclarado lo cual y resumiendo, mi espíritu libre se sentirá mucho más a gusto con el salvoconducto secular que las autoridades civiles de ciudades, pueblos y caseríos avalan y sellan a quienes presenten su pasaporte jacobeo. Y si los superiores seres de poder tienen a bien otorgarme mi propio y personal campo de estrellas, so be it. Agradecida lo recibiré.
lunes, 3 de enero de 2011
Jornada Jacobea. Noticias del Trópico 45
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 13, núm. 45, 3 de enero, 2011.
Jornada jacobea
Es de cajón. Ya sea por costumbre o porque las tradiciones así lo marcan, casi por obligación e indudablemente que por tentación, no hay manera de evitar hacer propósitos de año nuevo: esa lista corta o larga de compromisos que hacemos ante todo con nosotr@s mism@s; la docena, o más o menos, de deseos rápida y confusamente formulados mentalmente mientras tratamos de engullir las uvas al son de las doce campanadas; las promesas (¿qué son los propósitos sino promesas?) de hacer, dejar de hacer, propiciar, evitar, mejorar, bajar, subir, agrandar o disminuir algo que tienda, a fin de cuentas, a hacernos más san@s, mas conscientes y/o más productiv@s. Es el momento ideal para que los ojos (mentales) sean más grandes que el estómago (también mental). Dirían l@s astrólog@s: Júpiter reina incontestable, haciéndonos abarcar más de lo que realmente podemos hacer, ponernos objetivos inalcanzables en la práctica, llenarnos de un optimismo que, por desgracia, pronto se desinfla, conforme aquellas autopromesas se van quedando tiradas a lo largo de la ruta anual.
Tiene esto que ver, claro, con un imperativo de la naturaleza humana que es el autoengaño, o para decirlo más bonito, la ceguera de querer que las cosas sean como quisiéramos en lugar de aceptarlas como son. Aceptar, by the way, no es sinónimo de conformarse, anquilosarse o quedarse cruzad@ de brazos esperando que las cosas sucedan. Aceptar tiene que ver con un profundo conocimiento de si mism@; con la capacidad de ver nuestra luz al igual que nuestra sombra y las incontables áreas grises intermedias. Esa aceptación quizá nos llevaría a ponernos metas más acordes con lo que cada quien, en el momento y lugar en el que se encuentra en su vida, pueda realmente llevar a cabo – un día a la vez - con un esfuerzo sostenido y la suficiente dosis de voluntad, sin olvidar que existen condiciones externas sobre las cuales aún menos podemos influir.
Pero lo que más me maravilla de los propósitos de año nuevo es el afán de ponerles a éstos y otros más, una fecha de inicio fija y muchas veces futura. Generalmente estamos a la espera de un día o momento memorable, único, “especial”, para emprender la acción o acciones que nos llevarán a lograr dicho propósito. Huelga decir que ese momento nunca es el presente, sino siempre el futuro. Es como si necesitáramos de una línea de arranque, como en las carreras, para ponernos de humor pertinente y en posición adecuada antes de comenzar con la serie de actividades y disciplinas requeridas para alcanzar la meta.
La verdad, me resulta sospechoso y dudo de nuestras verdaderas intenciones. Hacerse el propósito de comenzar algo el 1° de enero o el próximo lunes o iniciando el mes que entra, se vuelve un ejercicio en lo ineludible, lo inevitable e incluso en lo indeseable, porque a fin de cuentas estamos posponiendo un compromiso que en el fondo no queremos hacer, ya que si lo deseáramos de corazón, probablemente lo iniciaríamos en cualquier instante, por ejemplo, el día de hoy, ahora mismo, ¡ahorita! (aplicable a cualquier cosa, desde dejar de acumular calorías y ponernos en movimiento, hasta escribir una tesis o activar un blog, pasando por dejar un vicio, levantarse más temprano o ser puntuales). Nos encanta jugar el juego que todos jugamos, o sea, a las escondidillas con nosotr@s mism@s. ¿Estaremos más jóvenes y fresc@s, tendremos más energía, seremos más sabi@s o más valeros@s mañana (o el lunes o el día primero) que hoy? Este cuestionamiento de Osho da, creo, en el clavo.
Dicho lo cual, comparto con ustedes un plan/propósito que hace mucho tenía en la mente y el corazón, para el que venía preparándome, que por fortuna inicié antes de que cronológicamente correspondiera al primer día de este 2011, y que de hecho acabó dándose tan auspiciosa y espontáneamente que no me cabe la menor duda de que se cumplirá de una u otra forma.
Este año, una querida amiga y yo nos convertiremos en jacobeas. No sólo recorreremos sitios históricos, sino que haremos y nos convertiremos en historia, una historia medieval viva que se inició alrededor del año 833 y se consolidó como tradición en 950. Nos guiará la luz de nuestra galaxia, la Vía Láctea, en el andar hacia el Finis Terrae de celtas y romanos. Nos protegerá el espíritu de los caballeros Templarios y la hospitalidad de los monjes benedictinos. Morral (o mochila) al hombro, cayado en mano y vieria sobre el pecho, nos uniremos esta semana santa al caudal de peregrinos de todo el orbe que, desde el siglo IX, recorren a pie el camino de Santiago, y obtendremos, si así está escrito, la gracia del campo de estrellas: la “Compostela”.
Me queda claro que la meta es espectacular y el ritual final, emotivo: alcanzar la plaza de la catedral compostelana, admirar el Pórtico de la Gloria, poner mis manos sobre el sepulcro del apóstol Santiago, abrazar al santo y susurrarle al oído mi mensaje. También me motiva pisar por primera vez Galicia y seguir el derrotero del llamado Camino Francés, que parte de los Pirineos. Y aunque nuestro peregrinaje iniciará, no en Roncesvalles, sino en León, a tan sólo 310 kilómetros de Compostela, igual disfrutaremos de lugares hermosos, arte gótico, monumentos románicos y una ruta escénica inolvidable.
Preveo, sin embargo, que lo más importante es la experiencia del camino en sí, un camino que ya ha iniciado, porque ya estoy en él, y que se empieza a manifestar de múltiples y complejas formas: el reto físico de realizar, a pie, 14 etapas de entre 20 y 30 kilómetros cada una, para las cuales ya entreno; el desafío mental de mantener mi enfoque, disciplina y flexibilidad durante los próximos 5 meses; la vivencia espiritual convencida y compartida; la confrontación con dudas, terrores e inseguridades; la tranquilidad de que, al aceptar lo que no puedo cambiar, me será posible llegar a la meta incluso en autobús, si así se requiere; la confianza íntima de saber que no es manda ni competencia ni maratón. Es decir, el Camino de Santiago como un viaje interior de autoconocimiento y contacto con los seres que soy, un ejercicio de humildad, paciencia y benevolencia conmigo misma. Como dijo un peregrino, “una lección realista de mis posibilidades humanas y espirituales”.
La mochila no da para mucho, y mi espalda menos. Pero entre los calcetines y la pomada de árnica viajará algún dispositivo (probablemente mi flamante y ya bien amada BlackBerry) por medio del cual les mantendré informad@s con noticias compostelanas. Es uno de mis propósitos de año nuevo…
Gracias a mi querida amiga por ser la chispa propiciatoria, y a quienes desde ya han sido por demás generos@s con sugerencias, consejos e información. Se cumpla como se cumpla la jornada jacobea, habrá valido la pena. Ya la vale.
Que tengan un feliz año lleno de presentes.
El newsletter de Lorenzia, año 13, núm. 45, 3 de enero, 2011.
Jornada jacobea
Es de cajón. Ya sea por costumbre o porque las tradiciones así lo marcan, casi por obligación e indudablemente que por tentación, no hay manera de evitar hacer propósitos de año nuevo: esa lista corta o larga de compromisos que hacemos ante todo con nosotr@s mism@s; la docena, o más o menos, de deseos rápida y confusamente formulados mentalmente mientras tratamos de engullir las uvas al son de las doce campanadas; las promesas (¿qué son los propósitos sino promesas?) de hacer, dejar de hacer, propiciar, evitar, mejorar, bajar, subir, agrandar o disminuir algo que tienda, a fin de cuentas, a hacernos más san@s, mas conscientes y/o más productiv@s. Es el momento ideal para que los ojos (mentales) sean más grandes que el estómago (también mental). Dirían l@s astrólog@s: Júpiter reina incontestable, haciéndonos abarcar más de lo que realmente podemos hacer, ponernos objetivos inalcanzables en la práctica, llenarnos de un optimismo que, por desgracia, pronto se desinfla, conforme aquellas autopromesas se van quedando tiradas a lo largo de la ruta anual.
Tiene esto que ver, claro, con un imperativo de la naturaleza humana que es el autoengaño, o para decirlo más bonito, la ceguera de querer que las cosas sean como quisiéramos en lugar de aceptarlas como son. Aceptar, by the way, no es sinónimo de conformarse, anquilosarse o quedarse cruzad@ de brazos esperando que las cosas sucedan. Aceptar tiene que ver con un profundo conocimiento de si mism@; con la capacidad de ver nuestra luz al igual que nuestra sombra y las incontables áreas grises intermedias. Esa aceptación quizá nos llevaría a ponernos metas más acordes con lo que cada quien, en el momento y lugar en el que se encuentra en su vida, pueda realmente llevar a cabo – un día a la vez - con un esfuerzo sostenido y la suficiente dosis de voluntad, sin olvidar que existen condiciones externas sobre las cuales aún menos podemos influir.
Pero lo que más me maravilla de los propósitos de año nuevo es el afán de ponerles a éstos y otros más, una fecha de inicio fija y muchas veces futura. Generalmente estamos a la espera de un día o momento memorable, único, “especial”, para emprender la acción o acciones que nos llevarán a lograr dicho propósito. Huelga decir que ese momento nunca es el presente, sino siempre el futuro. Es como si necesitáramos de una línea de arranque, como en las carreras, para ponernos de humor pertinente y en posición adecuada antes de comenzar con la serie de actividades y disciplinas requeridas para alcanzar la meta.
La verdad, me resulta sospechoso y dudo de nuestras verdaderas intenciones. Hacerse el propósito de comenzar algo el 1° de enero o el próximo lunes o iniciando el mes que entra, se vuelve un ejercicio en lo ineludible, lo inevitable e incluso en lo indeseable, porque a fin de cuentas estamos posponiendo un compromiso que en el fondo no queremos hacer, ya que si lo deseáramos de corazón, probablemente lo iniciaríamos en cualquier instante, por ejemplo, el día de hoy, ahora mismo, ¡ahorita! (aplicable a cualquier cosa, desde dejar de acumular calorías y ponernos en movimiento, hasta escribir una tesis o activar un blog, pasando por dejar un vicio, levantarse más temprano o ser puntuales). Nos encanta jugar el juego que todos jugamos, o sea, a las escondidillas con nosotr@s mism@s. ¿Estaremos más jóvenes y fresc@s, tendremos más energía, seremos más sabi@s o más valeros@s mañana (o el lunes o el día primero) que hoy? Este cuestionamiento de Osho da, creo, en el clavo.
Dicho lo cual, comparto con ustedes un plan/propósito que hace mucho tenía en la mente y el corazón, para el que venía preparándome, que por fortuna inicié antes de que cronológicamente correspondiera al primer día de este 2011, y que de hecho acabó dándose tan auspiciosa y espontáneamente que no me cabe la menor duda de que se cumplirá de una u otra forma.
Este año, una querida amiga y yo nos convertiremos en jacobeas. No sólo recorreremos sitios históricos, sino que haremos y nos convertiremos en historia, una historia medieval viva que se inició alrededor del año 833 y se consolidó como tradición en 950. Nos guiará la luz de nuestra galaxia, la Vía Láctea, en el andar hacia el Finis Terrae de celtas y romanos. Nos protegerá el espíritu de los caballeros Templarios y la hospitalidad de los monjes benedictinos. Morral (o mochila) al hombro, cayado en mano y vieria sobre el pecho, nos uniremos esta semana santa al caudal de peregrinos de todo el orbe que, desde el siglo IX, recorren a pie el camino de Santiago, y obtendremos, si así está escrito, la gracia del campo de estrellas: la “Compostela”.
Me queda claro que la meta es espectacular y el ritual final, emotivo: alcanzar la plaza de la catedral compostelana, admirar el Pórtico de la Gloria, poner mis manos sobre el sepulcro del apóstol Santiago, abrazar al santo y susurrarle al oído mi mensaje. También me motiva pisar por primera vez Galicia y seguir el derrotero del llamado Camino Francés, que parte de los Pirineos. Y aunque nuestro peregrinaje iniciará, no en Roncesvalles, sino en León, a tan sólo 310 kilómetros de Compostela, igual disfrutaremos de lugares hermosos, arte gótico, monumentos románicos y una ruta escénica inolvidable.
Preveo, sin embargo, que lo más importante es la experiencia del camino en sí, un camino que ya ha iniciado, porque ya estoy en él, y que se empieza a manifestar de múltiples y complejas formas: el reto físico de realizar, a pie, 14 etapas de entre 20 y 30 kilómetros cada una, para las cuales ya entreno; el desafío mental de mantener mi enfoque, disciplina y flexibilidad durante los próximos 5 meses; la vivencia espiritual convencida y compartida; la confrontación con dudas, terrores e inseguridades; la tranquilidad de que, al aceptar lo que no puedo cambiar, me será posible llegar a la meta incluso en autobús, si así se requiere; la confianza íntima de saber que no es manda ni competencia ni maratón. Es decir, el Camino de Santiago como un viaje interior de autoconocimiento y contacto con los seres que soy, un ejercicio de humildad, paciencia y benevolencia conmigo misma. Como dijo un peregrino, “una lección realista de mis posibilidades humanas y espirituales”.
La mochila no da para mucho, y mi espalda menos. Pero entre los calcetines y la pomada de árnica viajará algún dispositivo (probablemente mi flamante y ya bien amada BlackBerry) por medio del cual les mantendré informad@s con noticias compostelanas. Es uno de mis propósitos de año nuevo…
Gracias a mi querida amiga por ser la chispa propiciatoria, y a quienes desde ya han sido por demás generos@s con sugerencias, consejos e información. Se cumpla como se cumpla la jornada jacobea, habrá valido la pena. Ya la vale.
Que tengan un feliz año lleno de presentes.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
De cumpleaños y centenarios Noticias del Trópico 44
La guerra está de moda y no sólo contra los narcos. Nos ahogan en refritos históricos, nos acribillan con los consabidos cartones heroicos de héroes acartonados y sucumbimos ante el revival de los estereotipos; menos mal que ahí están también las interpretaciones serias y las novedades de la investigación, visiones frescas que desentierran secretos y desenmascaran mitos.
En realidad, la guerra ha estado de moda desde hace 200 años. De alguna manera podemos medir el desarrollo de nuestro país de conflicto armado en conflicto armado. Entre bicentenario y centenario, o mejor dicho, entre la Independencia y la Revolución, México se debatió en un siglo XIX plagado de asonadas, golpes de estado, levantamientos y rebeliones de toda índole. La Independencia – tan manoseada últimamente – es una de esas luchas longevas que empezó con una serie de planteamientos no precisamente independentistas; siguió su curso según los vaivenes liberales y los vientos absolutistas que soplaron desde España; cambió de líderes varias veces (y por lo mismo de objetivos) y se definió de una vez por todas, 11 años después, por el restablecimiento de una constitución liberal que no convenía a los grupos de poder. Siempre me acordaré de la frase de Marco Almazán, en su Rediezcubrimiento de México: “la conquista la hicieron los indígenas, la independencia la hicieron los españoles…”
A partir de ahí, décadas de vivir bajo la amenaza de invasiones, intervenciones y guerras pasteleras. Tuvimos nuestra propia guerra civil: dos bandos, un país dividido por convicciones políticas y creencias religiosas, por planes conservadores y leyes reformadoras. Y llegamos así a la Revolución, otro intento – fallido, por cierto – de revertir el orden, de cambiar de raíz al país, liderado por cabecillas antagónicos, y cuyas repercusiones quizá estemos todavía padeciendo. Fácil atacar la dictadura treintañera de Porfirio Díaz, el villano por excelencia junto con Hernán Cortés, pero ni comparación con 70 años de dictadura priísta y de afanes desmanteladores de la riqueza de este país, alguna de la cual Don Porfirio sí construyó.
La Revolución Mexicana fue la primera gran revolución campesina del siglo XX, como aprendimos por allá de los setentas, tras leer la sobresaliente obra de Eric Wolf. Ahora estamos dando origen a una nueva modalidad en lo que a guerras se refiere. La guerra de los narcos contra el Estado mexicano, aunque se parezca en algunas cosas al caso de Colombia, no es igual, ni los narcos son insurgentes ni tampoco revolucionarios. Estamos ante la primera gran guerra empresarial del siglo XXI. La guerra de cierto grupo de empresarios – que hasta en Forbes aparecen – contra el Estado mexicano, para mantener su estatus quo, proteger sus cotos de poder y asegurar sus ganancias millonarias a través de subvertir el orden y secuestrar al país.
Desde mis ahora 57 veranos, miro hacia atrás y no puedo menos que caer en el cliché: ¡ah, qué tiempos aquellos!, cuando México, con todo y sus broncas ancestrales, era todavía una promesa y una esperanza. Aquel México que enarbolaba una política exterior de la que nos podíamos enorgullecer, el México que dedicaba el mayor porcentaje de su presupuesto a la educación. No el vendido, ni el lacayo, ni el de la rebatinga electoral por el poder, ni el copado por políticos y sindicatos gangsteriles, ni el manipulado por curas, ni el lisiado por traficantes de personas y pederastas. Quizá, sin quererlo, estemos “celebrando”, junto con el centenario y bicentenario de dos guerras, el momento más negro de la historia de México.
Personalmente, no obstante, sí he celebrado en estos días mi cumpleaños y todo lo que el universo me ha regalado y me regala cotidianamente, que es mucho y muy apreciado. Celebro y agradezco mi vida de privilegio, en el sentido de haber contado siempre con oportunidades de crecimiento, educación, desarrollo y libertad, gracias en gran medida a un entorno propicio. Celebro el México que me vio nacer y convertirme en quien ahora soy, el México que abrió los brazos a mis padres y abuelos, el que conocí a través del gran angular de la antropología, el México de mis tiempos, lindo y querido. Porque, con todo, sigue siendo un México lindo y un México querido, al cual también querría que me trajeran si muriera lejos de aquí.
En realidad, la guerra ha estado de moda desde hace 200 años. De alguna manera podemos medir el desarrollo de nuestro país de conflicto armado en conflicto armado. Entre bicentenario y centenario, o mejor dicho, entre la Independencia y la Revolución, México se debatió en un siglo XIX plagado de asonadas, golpes de estado, levantamientos y rebeliones de toda índole. La Independencia – tan manoseada últimamente – es una de esas luchas longevas que empezó con una serie de planteamientos no precisamente independentistas; siguió su curso según los vaivenes liberales y los vientos absolutistas que soplaron desde España; cambió de líderes varias veces (y por lo mismo de objetivos) y se definió de una vez por todas, 11 años después, por el restablecimiento de una constitución liberal que no convenía a los grupos de poder. Siempre me acordaré de la frase de Marco Almazán, en su Rediezcubrimiento de México: “la conquista la hicieron los indígenas, la independencia la hicieron los españoles…”
A partir de ahí, décadas de vivir bajo la amenaza de invasiones, intervenciones y guerras pasteleras. Tuvimos nuestra propia guerra civil: dos bandos, un país dividido por convicciones políticas y creencias religiosas, por planes conservadores y leyes reformadoras. Y llegamos así a la Revolución, otro intento – fallido, por cierto – de revertir el orden, de cambiar de raíz al país, liderado por cabecillas antagónicos, y cuyas repercusiones quizá estemos todavía padeciendo. Fácil atacar la dictadura treintañera de Porfirio Díaz, el villano por excelencia junto con Hernán Cortés, pero ni comparación con 70 años de dictadura priísta y de afanes desmanteladores de la riqueza de este país, alguna de la cual Don Porfirio sí construyó.
La Revolución Mexicana fue la primera gran revolución campesina del siglo XX, como aprendimos por allá de los setentas, tras leer la sobresaliente obra de Eric Wolf. Ahora estamos dando origen a una nueva modalidad en lo que a guerras se refiere. La guerra de los narcos contra el Estado mexicano, aunque se parezca en algunas cosas al caso de Colombia, no es igual, ni los narcos son insurgentes ni tampoco revolucionarios. Estamos ante la primera gran guerra empresarial del siglo XXI. La guerra de cierto grupo de empresarios – que hasta en Forbes aparecen – contra el Estado mexicano, para mantener su estatus quo, proteger sus cotos de poder y asegurar sus ganancias millonarias a través de subvertir el orden y secuestrar al país.
Desde mis ahora 57 veranos, miro hacia atrás y no puedo menos que caer en el cliché: ¡ah, qué tiempos aquellos!, cuando México, con todo y sus broncas ancestrales, era todavía una promesa y una esperanza. Aquel México que enarbolaba una política exterior de la que nos podíamos enorgullecer, el México que dedicaba el mayor porcentaje de su presupuesto a la educación. No el vendido, ni el lacayo, ni el de la rebatinga electoral por el poder, ni el copado por políticos y sindicatos gangsteriles, ni el manipulado por curas, ni el lisiado por traficantes de personas y pederastas. Quizá, sin quererlo, estemos “celebrando”, junto con el centenario y bicentenario de dos guerras, el momento más negro de la historia de México.
Personalmente, no obstante, sí he celebrado en estos días mi cumpleaños y todo lo que el universo me ha regalado y me regala cotidianamente, que es mucho y muy apreciado. Celebro y agradezco mi vida de privilegio, en el sentido de haber contado siempre con oportunidades de crecimiento, educación, desarrollo y libertad, gracias en gran medida a un entorno propicio. Celebro el México que me vio nacer y convertirme en quien ahora soy, el México que abrió los brazos a mis padres y abuelos, el que conocí a través del gran angular de la antropología, el México de mis tiempos, lindo y querido. Porque, con todo, sigue siendo un México lindo y un México querido, al cual también querría que me trajeran si muriera lejos de aquí.
jueves, 24 de junio de 2010
Pippa reencontrada. Noticias del Trópico 43
Pippa reencontrada
Son muchos los lazos que me unen a Eva Johanna Antonen. Además de haberse encargado de la sección infantil de la Biblioteca Franklin - donde trabajó al lado y se hizo amiga de mi tía Mimi -, de que una parte de su vida transcurrió en una casita diseñada por ella en Tulum, de que leía adictivamente y amaba el sol, el mar, el color blanco, el arte popular mexicano y el mercado de San Miguel de Allende, esta maravillosa mujer nacida en Boston pero de origen lapón, fue mi primer contacto con los países escandinavos y una de mis hadas madrinas en lo que a proveerme de libros se refiere.
A Eva Johanna Antonen no le gustaba su nombre y por eso se fabricó uno nuevo, sencillo y distintivo: Toni, de su apellido, y Gerez, del amor de su vida. Por una de esas curiosidades coincidentes con las que el Universo suele divertirse, no sólo mi mamá y Luis Gerez se conocían desde sus días de estudiantes de medicina en Valladolid, sino que Luis y mi papá eran grandes amigos de juventud. Cuál no sería su sorpresa cuando al llegar mis papás a México en 1941, se toparon con aquel amigo de tiempos paralelos, un amigo que lo sería hasta la muerte. Con ese Gerez completó Toni su nombre inventado y encontró una vida llena de aventuras, primero en su preciosa casa colonial de San Ángel (de su mano, a mis cinco años, conocí el Bazar del Sábado), luego durante muchos años en Culiacán, batallando con alacranes y tarántulas mientras Luis se iba de pesca a Altata, y finalmente en San Miguel de Allende, donde la improbable pareja vivió feliz y pasó a formar parte del folklor y la memoria local.
Podría escribir varias páginas acerca de Toni Gerez, de su optimismo contagioso, de su acento gringo, de las grandes camisas de manta que usaba y que difícilmente disimulaban sus frondosos pechos. Bibliotecaria y lectora nata, sentía una curiosidad insaciable por saber lo que los demás estaban leyendo; si veía a alguien inmerso en un libro en un lugar público, tenía que asomarse a checar el título porque sentía una comunicación especial con quien ella consideraba un alma gemela. Ella misma escribió y publicó tres libros infantiles: Dos-Conejo, Siete-Viento y Mi canción es una pieza de jade, que recopilan poemas del México antiguo en inglés y español, y Louhi, Witch of North Farm, basado en el poema épico finlandés Kalevala. Antes de su muerte, salió a la luz en Finlandia el cuento para niños The Day the Bear Turns Over.
Mi prima, mi hermano y una gran amiga de la familia contribuyeron también con sus recuerdos para completar esta imagen: “Vestía, por temporadas, de un mismo color y había seleccionado el azul claro para la última etapa de su vida, cuando estuviera ya más cerca del cielo”. “Cuando Luis falleció, se hizo una bolsa con una de sus camisa porque decía que así siempre llevaba algo de el”. “En busca de sus orígenes finlandeses, buscó y encontró a su familia justamente por medio de su apellido. Fue entonces a Helsinki y los conoció a todos y hasta salió en los periódicos”. “Se instalaba en un hotelito frente a la Casa Lam en Álvaro Obregón y durante dos o tres días se dedicaba a comprar libros para la biblioteca de San Miguel de Allende, especialmente de literatura infantil. Fue así que le dedicaron una sala, la “Quetzal”, para la cual adquirió valiosas obras sobre México, además de que donó el sillón de un jefe huichol que por mucho tiempo tuvo junto a su estufita de hierro”.
Gracias a Toni Gerez y a su amor por los libros, llegó a mis manos, en 1962, cuando recién cumplí nueve años, la historia de Pippa Mediaslargas, otra niña de nueve años que vivía sola en “Villekulla”, vestía un traje de parches confeccionado por ella y largas medias de distinto color, poseía un tesoro en monedas de oro y se hacía acompañar de un monito de nombre Mr. Nelson. Pippa tenía una fuerza extraordinaria, no le temía a nadie y era capaz de poner en su lugar a una banda de chicos violentos y acosadores (“No eres muy amable con las damas” le dijo a uno de ellos, antes de darles una paliza y tacharlos de cobardes). No iba a la escuela y cuando un par de policías intentaron recluirla en un hogar infantil, se les enfrentó y escabulló de tal forma que decidieron que lo mejor era dejarla tranquila. En fin, es una historia muy divertida, que para mí lo era todavía más porque me parecía que Pippa y Toni eran igualmente geniales, excéntricas y singulares. ¿Quién me iba a decir que esa extraña niña sueca reaparecería transformada en una de las heroínas más originales de los últimos tiempos?
Suecia está ahora en la mente y la boca del mundo lector gracias a la trilogía Milenio, escrita por Stieg Larsson. Supe de esta obra por varios lados simultáneamente, incluyendo el regalo del primer tomo, titulado en inglés The Girl with the Dragon Tatoo. Ya desde ahí sabemos que estaremos lidiando con un personaje fuera de lo común. La versión en español sigue al pie de la letra el título sueco: Los hombres que no amaban a las mujeres, y revela la temática más importante de todas las que Larsson entrelaza magistralmente a lo largo de la trilogía: la violencia individual e institucional que se ejerce contra las mujeres, por ser mujeres, y contra las niñas y niños, las migrantes ilegales y todas aquellas que tienen la mala suerte de caer en manos de las mafias del mundo dedicadas al comercio y la explotación sexual. Los siguientes dos tomos tienen títulos igualmente inusuales: The Girl who played with Fire o La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, y The Girl who kicked the Hornet’s Nest o La reina en el palacio de las corrientes de aire.
Lizbeth Salander, la protagonista de Milenio, es una Pippa postmoderna: pequeña de estatura, delgadísima al punto de anorexia aunque se alimente de comida chatarra, con tatuajes y piercings, bisexual, introvertida, solitaria, billonaria y hacker consumada (al final de su libro, Pippa exclama: “¡Cuando sea mayor seré pirata!”). Acompaña a Lizbeth en sus aventuras dilucidadoras de crímenes, rescatadoras de inocentes, castigadoras de violadores y asesinos, y reveladoras de corrupción y violencia hasta en las más altas esferas del gobierno sueco, un personaje inspirado también en otra obra infantil de la autora de Pippa Mediaslargas, Astrid Lindgren. Se trata del niño detective Kalle Blomkvist, que sirvió a Stieg Larsson de modelo para el periodista, fundador y editor estrella de la revista de investigación y denuncia política Milenio.
Los temas que Larsson logró entretejer en su trilogía son tan variados como fascinantes. Me llegó al corazón la violencia contra las mujeres, la trata de personas, la realidad de tantos hombres que odian a las mujeres por el sólo hecho de serlo. Me intrigaron los ejemplos históricos de la presencia femenina en la guerra y miré con nuevos ojos a las adelitas. Me divirtió la incursión de Lizbeth Salander en las matemáticas y que encontrara la solución del propio Fermat a su insoluble teorema. Me encantó la magia de la investigación, cuyos horizontes se han abierto de forma tal que cuando yo me inicié en la búsqueda de información documental y bibliográfica resultaban totalmente impredecibles e inimaginables. Milenio es, de hecho, un manual/lección en investigación, que igual vale para aclarar robos y secuestros que para abordar interrogantes académicas. Sobre todo, la lectura de Milenio me remitió a mis propios recuerdos de Suecia.
A punto de cumplir 16 años, hice junto con mis padres y mi hermano Alfredo un memorable viaje en coche que nos llevó desde Holanda hasta Bélgica pero por la vía larga, o sea, atravesando Alemania, Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, la Unión Soviética, Polonia y nuevamente Alemania. Cuando en aquel verano de 1969, tras de visitar Kronborg, el castillo de Hamlet en Elsinore, abordamos un ferry de Dinamarca a Suecia, tuvimos nuestro primer contacto con este reino socialista sui géneris, inventor del Ombudsman, donde el precepto fundamental de la democracia es la libertad de expresión, derecho humano que abarca a todos los demás.
Luego del tour por Noruega, cruzamos nuevamente, pero sin darnos cuenta, la frontera sueca, y el paisaje noruego de cultivos dio lugar a praderas, pastizales y bosques de coníferas. Pasamos por lugares que Milenio me traería a la memoria, como Göteborg y Udevalla. Disfrutamos de los abundantes smorgasbord o bufets de carnes frías, quesos, panes diversos y otros ingredientes de la cocina sueca. Finalmente llegamos a Estocolmo, que se recorre tanto en barco, por estar construida sobre 14 islas, como en coche, a través de sus 57 puentes. Es una ciudad preciosa.
Tras la visita al Rathaus o sede del gobierno municipal, nos encontramos en el parabrisas del coche un tarjetón de la policía que, en varios idiomas, decía lo siguiente: “Sabemos que son ustedes extranjeros y que desconocen las leyes y reglas de tránsito de nuestro país. Cuando vean este signo – un dibujito – no estacionen su vehículo porque indica zona prohibida. Gracias por su cooperación y ¡bienvenidos a Suecia!” Nos pareció el colmo de la civilización.
Califiqué a los suecos, en mi diario de viaje, como “demasiado descarados y atrevidos”… Quizá mi juventud, aspecto y vestidos de paliacates y jorongos mexicanos provocaron un exceso de sonrisas, guiños, piropos, acercamientos e invitaciones de suecos de ojos azulísimos pero en su mayoría borrachos como cubas. No me privé, sin embargo, de bailar “Lady Madonna” con mi hermano, para regocijo de los comensales del restaurant donde cenamos una noche y donde tocaba un conjunto de 4 suecos inolvidablemente guapos.
La continuación del viaje nos llevó de Suecia a Finlandia, donde muchos rostros venidos de la Laponía nos recordaron de inmediato las facciones alegres y los ojos medio rasgadillos de Toni Gerez. Y en su honor recordé en mi diario a Pippa Mediaslargas, a Nils Holgersson, a Kalle Blomkvist y a otros héroes y heroínas de las historias que, gracias a Toni, disfruté en mi infancia, y que ahora, tantos años después, he vuelto a encontrar.
Son muchos los lazos que me unen a Eva Johanna Antonen. Además de haberse encargado de la sección infantil de la Biblioteca Franklin - donde trabajó al lado y se hizo amiga de mi tía Mimi -, de que una parte de su vida transcurrió en una casita diseñada por ella en Tulum, de que leía adictivamente y amaba el sol, el mar, el color blanco, el arte popular mexicano y el mercado de San Miguel de Allende, esta maravillosa mujer nacida en Boston pero de origen lapón, fue mi primer contacto con los países escandinavos y una de mis hadas madrinas en lo que a proveerme de libros se refiere.
A Eva Johanna Antonen no le gustaba su nombre y por eso se fabricó uno nuevo, sencillo y distintivo: Toni, de su apellido, y Gerez, del amor de su vida. Por una de esas curiosidades coincidentes con las que el Universo suele divertirse, no sólo mi mamá y Luis Gerez se conocían desde sus días de estudiantes de medicina en Valladolid, sino que Luis y mi papá eran grandes amigos de juventud. Cuál no sería su sorpresa cuando al llegar mis papás a México en 1941, se toparon con aquel amigo de tiempos paralelos, un amigo que lo sería hasta la muerte. Con ese Gerez completó Toni su nombre inventado y encontró una vida llena de aventuras, primero en su preciosa casa colonial de San Ángel (de su mano, a mis cinco años, conocí el Bazar del Sábado), luego durante muchos años en Culiacán, batallando con alacranes y tarántulas mientras Luis se iba de pesca a Altata, y finalmente en San Miguel de Allende, donde la improbable pareja vivió feliz y pasó a formar parte del folklor y la memoria local.
Podría escribir varias páginas acerca de Toni Gerez, de su optimismo contagioso, de su acento gringo, de las grandes camisas de manta que usaba y que difícilmente disimulaban sus frondosos pechos. Bibliotecaria y lectora nata, sentía una curiosidad insaciable por saber lo que los demás estaban leyendo; si veía a alguien inmerso en un libro en un lugar público, tenía que asomarse a checar el título porque sentía una comunicación especial con quien ella consideraba un alma gemela. Ella misma escribió y publicó tres libros infantiles: Dos-Conejo, Siete-Viento y Mi canción es una pieza de jade, que recopilan poemas del México antiguo en inglés y español, y Louhi, Witch of North Farm, basado en el poema épico finlandés Kalevala. Antes de su muerte, salió a la luz en Finlandia el cuento para niños The Day the Bear Turns Over.
Mi prima, mi hermano y una gran amiga de la familia contribuyeron también con sus recuerdos para completar esta imagen: “Vestía, por temporadas, de un mismo color y había seleccionado el azul claro para la última etapa de su vida, cuando estuviera ya más cerca del cielo”. “Cuando Luis falleció, se hizo una bolsa con una de sus camisa porque decía que así siempre llevaba algo de el”. “En busca de sus orígenes finlandeses, buscó y encontró a su familia justamente por medio de su apellido. Fue entonces a Helsinki y los conoció a todos y hasta salió en los periódicos”. “Se instalaba en un hotelito frente a la Casa Lam en Álvaro Obregón y durante dos o tres días se dedicaba a comprar libros para la biblioteca de San Miguel de Allende, especialmente de literatura infantil. Fue así que le dedicaron una sala, la “Quetzal”, para la cual adquirió valiosas obras sobre México, además de que donó el sillón de un jefe huichol que por mucho tiempo tuvo junto a su estufita de hierro”.
Gracias a Toni Gerez y a su amor por los libros, llegó a mis manos, en 1962, cuando recién cumplí nueve años, la historia de Pippa Mediaslargas, otra niña de nueve años que vivía sola en “Villekulla”, vestía un traje de parches confeccionado por ella y largas medias de distinto color, poseía un tesoro en monedas de oro y se hacía acompañar de un monito de nombre Mr. Nelson. Pippa tenía una fuerza extraordinaria, no le temía a nadie y era capaz de poner en su lugar a una banda de chicos violentos y acosadores (“No eres muy amable con las damas” le dijo a uno de ellos, antes de darles una paliza y tacharlos de cobardes). No iba a la escuela y cuando un par de policías intentaron recluirla en un hogar infantil, se les enfrentó y escabulló de tal forma que decidieron que lo mejor era dejarla tranquila. En fin, es una historia muy divertida, que para mí lo era todavía más porque me parecía que Pippa y Toni eran igualmente geniales, excéntricas y singulares. ¿Quién me iba a decir que esa extraña niña sueca reaparecería transformada en una de las heroínas más originales de los últimos tiempos?
Suecia está ahora en la mente y la boca del mundo lector gracias a la trilogía Milenio, escrita por Stieg Larsson. Supe de esta obra por varios lados simultáneamente, incluyendo el regalo del primer tomo, titulado en inglés The Girl with the Dragon Tatoo. Ya desde ahí sabemos que estaremos lidiando con un personaje fuera de lo común. La versión en español sigue al pie de la letra el título sueco: Los hombres que no amaban a las mujeres, y revela la temática más importante de todas las que Larsson entrelaza magistralmente a lo largo de la trilogía: la violencia individual e institucional que se ejerce contra las mujeres, por ser mujeres, y contra las niñas y niños, las migrantes ilegales y todas aquellas que tienen la mala suerte de caer en manos de las mafias del mundo dedicadas al comercio y la explotación sexual. Los siguientes dos tomos tienen títulos igualmente inusuales: The Girl who played with Fire o La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, y The Girl who kicked the Hornet’s Nest o La reina en el palacio de las corrientes de aire.
Lizbeth Salander, la protagonista de Milenio, es una Pippa postmoderna: pequeña de estatura, delgadísima al punto de anorexia aunque se alimente de comida chatarra, con tatuajes y piercings, bisexual, introvertida, solitaria, billonaria y hacker consumada (al final de su libro, Pippa exclama: “¡Cuando sea mayor seré pirata!”). Acompaña a Lizbeth en sus aventuras dilucidadoras de crímenes, rescatadoras de inocentes, castigadoras de violadores y asesinos, y reveladoras de corrupción y violencia hasta en las más altas esferas del gobierno sueco, un personaje inspirado también en otra obra infantil de la autora de Pippa Mediaslargas, Astrid Lindgren. Se trata del niño detective Kalle Blomkvist, que sirvió a Stieg Larsson de modelo para el periodista, fundador y editor estrella de la revista de investigación y denuncia política Milenio.
Los temas que Larsson logró entretejer en su trilogía son tan variados como fascinantes. Me llegó al corazón la violencia contra las mujeres, la trata de personas, la realidad de tantos hombres que odian a las mujeres por el sólo hecho de serlo. Me intrigaron los ejemplos históricos de la presencia femenina en la guerra y miré con nuevos ojos a las adelitas. Me divirtió la incursión de Lizbeth Salander en las matemáticas y que encontrara la solución del propio Fermat a su insoluble teorema. Me encantó la magia de la investigación, cuyos horizontes se han abierto de forma tal que cuando yo me inicié en la búsqueda de información documental y bibliográfica resultaban totalmente impredecibles e inimaginables. Milenio es, de hecho, un manual/lección en investigación, que igual vale para aclarar robos y secuestros que para abordar interrogantes académicas. Sobre todo, la lectura de Milenio me remitió a mis propios recuerdos de Suecia.
A punto de cumplir 16 años, hice junto con mis padres y mi hermano Alfredo un memorable viaje en coche que nos llevó desde Holanda hasta Bélgica pero por la vía larga, o sea, atravesando Alemania, Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia, la Unión Soviética, Polonia y nuevamente Alemania. Cuando en aquel verano de 1969, tras de visitar Kronborg, el castillo de Hamlet en Elsinore, abordamos un ferry de Dinamarca a Suecia, tuvimos nuestro primer contacto con este reino socialista sui géneris, inventor del Ombudsman, donde el precepto fundamental de la democracia es la libertad de expresión, derecho humano que abarca a todos los demás.
Luego del tour por Noruega, cruzamos nuevamente, pero sin darnos cuenta, la frontera sueca, y el paisaje noruego de cultivos dio lugar a praderas, pastizales y bosques de coníferas. Pasamos por lugares que Milenio me traería a la memoria, como Göteborg y Udevalla. Disfrutamos de los abundantes smorgasbord o bufets de carnes frías, quesos, panes diversos y otros ingredientes de la cocina sueca. Finalmente llegamos a Estocolmo, que se recorre tanto en barco, por estar construida sobre 14 islas, como en coche, a través de sus 57 puentes. Es una ciudad preciosa.
Tras la visita al Rathaus o sede del gobierno municipal, nos encontramos en el parabrisas del coche un tarjetón de la policía que, en varios idiomas, decía lo siguiente: “Sabemos que son ustedes extranjeros y que desconocen las leyes y reglas de tránsito de nuestro país. Cuando vean este signo – un dibujito – no estacionen su vehículo porque indica zona prohibida. Gracias por su cooperación y ¡bienvenidos a Suecia!” Nos pareció el colmo de la civilización.
Califiqué a los suecos, en mi diario de viaje, como “demasiado descarados y atrevidos”… Quizá mi juventud, aspecto y vestidos de paliacates y jorongos mexicanos provocaron un exceso de sonrisas, guiños, piropos, acercamientos e invitaciones de suecos de ojos azulísimos pero en su mayoría borrachos como cubas. No me privé, sin embargo, de bailar “Lady Madonna” con mi hermano, para regocijo de los comensales del restaurant donde cenamos una noche y donde tocaba un conjunto de 4 suecos inolvidablemente guapos.
La continuación del viaje nos llevó de Suecia a Finlandia, donde muchos rostros venidos de la Laponía nos recordaron de inmediato las facciones alegres y los ojos medio rasgadillos de Toni Gerez. Y en su honor recordé en mi diario a Pippa Mediaslargas, a Nils Holgersson, a Kalle Blomkvist y a otros héroes y heroínas de las historias que, gracias a Toni, disfruté en mi infancia, y que ahora, tantos años después, he vuelto a encontrar.
martes, 4 de mayo de 2010
Un alto en el camino. Noticias del Trópico 42
NOTICIAS DEL TRÓPICO
El newsletter de Lorenzia, año 12, núm. 42, 4 de mayo, 2010.
Un alto en el camino
Iba a escribir sobre la paciencia y todavía lo haré, pero no hoy. Desde la tranquilidad del campamento gitano en el que se ha convertido la planta baja de mi casa, veo literalmente las horas pasar. ¿Tal y como decía Apollinaire que pasaban para él los días y las semanas, viendo correr las aguas del Sena bajo el puente Mirabeau? No tan poéticamente, de plano, pero sí a un ritmo distinto al cotidiano, más lento, con espacio suficiente para saborear los pensamientos, escuchar la diversidad de trinos y cantos y graznidos de los pájaros al salir el sol, ver como cambia la luz, la brisa, la sombra de mis palmeras conforme avanza el día.
Hace exactamente un mes. Domingo de Pascua en St Thomas. 4 de la tarde. Solazo pegando en la terraza frente al mar, mientras, de cuclillas, limpiaba un librero que John y yo acabábamos de rescatar de una bodega abandonada. Cuando intenté ponerme de pie, ya no pude. Me quedé viendo estrellitas de dolor, la rodilla derecha bloqueada, sin poderla estirar, sin poder apoyar el pie en el suelo. Lo peor de las horas que siguieron a ese tonto accidente (¿no lo son todos?) fue mi enojo conmigo misma. Luego me metí a Internet a buscar respuestas y soluciones. Todo apuntaba a un esguince, pero fiel a la tradición catastrófica Viliesid, me fui hasta la cocina y me autodiagnostiqué desgarro de meniscos. Lo importante fue el sentido común de quedarme en reposo, poner la pierna en alto, vendarme la rodilla y esperar. John tuvo que ir a comprar unas muletas y todavía me di el lujo de pedirlas “bonitas”. Vanidad ante todo.
Desde entonces me he sentido en un sueño, en una obra de teatro, en una historia que no es la mía, como si estuviera interpretando un papel ajeno, como un desdoble de la personalidad. Soy lo que se dice “una hacedora”. Yo hago cosas. Ése es mi asunto, mi rollo. Y desde hace un mes, el 90% de las cosas que ocupan mi vida, no las puedo hacer. Mi “hacer” se ha visto drásticamente limitado a las funciones básicas del día a día, siempre y cuando no involucren movimiento. Puedo trabajar a ratos en la computadora, y gracias sean dadas a l@s dios@s por mi reposet. Tengo mil libros que leer y bastantes películas que ver. Puedo desplazarme al jardín y bañarme con la manguera sentada en una silla. Pero no mucho más.
Quizá porque estoy tantas horas en silencio, con tanto tiempo para pensar, con la calma necesaria para hacer mis respiraciones y mis mudras sanadores, he estado recordando con mayor claridad mis sueños. Hace unos días soñé que caminaba otra vez, con muchas precauciones claro está, y la sensación era sí de fragilidad, pero también de novedad y descubrimiento, como si me deslizara ligera y semiflotando por el suelo. Otra noche soñé que entraba a mi casa apoyada en las muletas y que alguien me había cambiado todo de lugar y había sustituido algunos de mis muebles por otros, y ese caos me asustó y encolerizó. También me han visitado en sueños fantasmas de otros tiempos, sus cosméticos y botes de crema en perfecto orden y colores, en un tocador donde ya no había espacio para mí, y cuando me miré en aquel espejo, vi la cara nada menos que de Denzel Washington. ¡Eso sí que desafió mi interpretación!
Tras los sueños viene el despertar a una realidad muy concreta. Una persona discapacitada se ve obligada a hacer ajustes en su idea de lo que es propio, conveniente e íntimo. Tiene forzosamente que aceptar esa realidad, la de depender y confiar en los demás, hacerlos partícipes de su vida personal y poder decir, en un momento dado, ok me rindo. Parte de la gran incertidumbre que sentía en el regreso de St Thomas a Cancún incluía actividades que normalmente hacemos en privado. Obligada por las circunstancias, no fue tan difícil decirle a la amable señorita que me condujo por la aduana y revisión de equipaje que me acercara a un baño. Su momentáneo gesto de disgusto quizá se debiera a que pensó que yo necesitaría algún tipo de ayuda, pero la tranquilicé diciendo que yo me las podía arreglar sola y ella me tranquilizó diciendo que me esperaba con la silla de ruedas a la puerta. Tampoco fue difícil dejarme cachear completamente por una mujer policía, al no poder cruzar por mi propio pie a través del detector de metales. Fue interesante el ritual de la revisión corporal de los gringos, siempre pendientes de que no los demanden por abuso, porque me fue explicando cada movimiento del dorso de sus manos para asegurarse que no llevara yo armas escondidas.
Lo que sí pensé que me costaría más trabajo fue pedirle al chico cubano que me recibió en Miami con la silla de ruedas, que me llevara al baño y a comer algo. Pero resultó, en cierto sentido, más fácil y de plano divertido. Primero, porque me transportó a velocidades suicidas por los largos pasillos del aeropuerto de Miami, sorteando viajeros y maletas a diestra y siniestra, a tal punto que creí que nos estrellaríamos contra alguien o que yo saldría disparada en cualquier momento. Como buen cubano, además, cada vez que veía a una chica guapa, viraba la silla de ruedas para que pudiéramos pasar cerca de ella y soltarle un piropo. Acabó dándome risa. Y no sólo me llevó a un baño especial para personas discapacitadas – “cuando termine nada más me da un grito y entro por usted” – sino que me compró un wrap de pavo y algo de beber antes de depositarme en la sala de espera donde saldría el avión a Cancún. Nunca me había quedado tan claro que la discapacidad requiere de soltar cierta vergüenza y de adquirir cierta fortaleza para pedir ayuda y dejarse ayudar. Bajar los puentes, vulnerar las defensas, abrir las compuertas, dejar entrar a la gente a la intimidad.
Y siempre hay una mano amiga, o al menos esa ha sido mi experiencia. Me subieron al avión en St Thomas en un elevador donde había otra señora en su silla de ruedas. Nos saludamos como viejas conocidas, como si perteneciéramos al mismo club; compartimos historias de accidentes y daños; me sentí acompañada y sobre todo comprendida. Ella viajaba con su marido, lo cual le facilitaba las cosas, y éste se ofreció también a ayudarme. En Cancún, después de que un amabilísimo hombre me pasó por migraciones y aduanas como una exhalación hasta el estacionamiento, me esperaba mi amiga/hermana, que me albergó en su casa, me llevó al médico, al ultrasonido, a farmacias y tiendas de ortopedia, al súper y finalmente a mi casa. Otras amigas, amigos, parientes, colegas de la biblioteca y de la universidad, vecinos y mi ayudante/mano derecha y su familia han estado al pie del cañón. Siento cotidianamente su apoyo y su cariño, como el de otros seres queridos en la distancia y el de John, aún lidiando como está, con sus propios problemas de salud. Ayuda no falta en la vida, eso me queda claro, como me queda clara la confabulación del universo para que las cosas salgan como tienen que salir. Yo sólo debo confiar y abrir mi corazón. La autosuficiencia también tiene límites.
La mayor lección, no obstante podría ser la pérdida de control, el imperativo de soltar el control, porque no hay de otra; pero en realidad, el aprendizaje detrás de esta lección es que no hay nada, absolutamente nada, ni siquiera nuestro cuerpo, ni siquiera nuestra mente, que esté bajo nuestro control. Esta palabra podrá aplicarse a los controles de una máquina o de un vehículo, pero no tiene cabida en la incertidumbre del mundo humano, o mejor dicho, no tiene cabida en lo que se refiere a la naturaleza y a la vida. Suponemos que estamos en control de lo que hacemos y lo que nos rodea, pero es sólo una pantalla que proyecta otras pantallas de seguridad, solidez, permanencia. Son muletas. Ahora, en mi nueva inseguridad y vulnerabilidad, me aferro a mis muletas como mi único medio de sostén, mi escaso y limitado medio de control y solidez. Pero hasta mis muletas se resbalan y tambalean. La lección de Buda sobre la impermanencia acaba de adquirir en mi vida un sentido real. Se transformó de teoría en certeza práctica.
No iba a escribir sobre la paciencia, pero la experiencia de tener que acudir al Seguro Social por mi incapacidad fue una soberana lección en esta admirable cualidad de la que yo, siento decirlo, carezco. Impaciente, al fin y al cabo, nunca me había dado el tiempo de ir a tramitar mi carnet y si no fuera porque varias personas se apiadaron de mi y mis muletas, habría tenido que regresar, hacer cola para obtener una de las 9 fichas para carnets, luego ponerme en la otra cola para obtener una de las 40 fichas para solicitar cita con el médico familiar, regresar probablemente al día siguiente a esperar mi turno. A punto estuve de mandar a volar todo el asunto, pero gracias a la compañía, ayuda y sabios consejos de dos compañeros de la biblioteca que estaban conmigo, obtuve el carnet, vi al médico familiar, me dieron mi incapacidad y encontré la fuerza y la paciencia para ir todavía a hacer más colas por más fichas a la clínica de especialidades, no sin antes pasar por urgencias como requisito de un complicado e incomprensible protocolo burocrático.
No se si aprendí la lección y tengo ahora más paciencia que antes. Lo que sí siento es un renovado respeto por todas aquellas personas cuya única opción de salud es el IMSS, que hacen cola para obtener fichas a veces desde las 4 de la mañana en medio de niños tosiendo y adultos enfermos. Y mi respeto se extiende aún más hacia todas aquellas personas que sufren alguna incapacidad. El mundo no está hecho para ellas. Ciertamente hay rampas y baños más grandes y lugares especiales de estacionamiento, pero el reto que enfrentan es algo inimaginable hasta que una tiene que vérselas con un simple movimiento como es el acto de caminar. No quiero imaginar lo difícil que debe ser la cotidianeidad para las personas que de por vida viven en sillas de ruedas o se mueven con muletas, o a quienes les falta un brazo o no pueden ver. Para mí hay luz al final del túnel, pero no se si el material del que estoy hecha resistiría, sin amargura aniquilante, una vida de continuos desafíos semejantes.
Me esperan todavía dos semanas más de incapacidad y el lento camino de la terapia de rehabilitación física. Me contaba mi mamá que, de pequeña, aprendí a hablar antes que a caminar. No creo que por flojera, sino por precaución. Ahora es posible que tenga que aprender a caminar nuevamente y cuando visualizo el proceso siento trepidación pero más que nada unas ganas enormes de hacerlo. Me veo caminando por la playa, subiendo las escaleras de la biblioteca, haciendo ejercicio en la escaladora, bailando salsa con mis amigas. Pero sobre todo me veo a mi misma cuidándome con una nueva consciencia. Con una amorosa, paciente y compasiva consciencia. Que así sea.
¡Noticias del Trópico ya está en un blog!
http://noticiasdeltropico-lorenzia3.blogspot.com/
El newsletter de Lorenzia, año 12, núm. 42, 4 de mayo, 2010.
Un alto en el camino
Iba a escribir sobre la paciencia y todavía lo haré, pero no hoy. Desde la tranquilidad del campamento gitano en el que se ha convertido la planta baja de mi casa, veo literalmente las horas pasar. ¿Tal y como decía Apollinaire que pasaban para él los días y las semanas, viendo correr las aguas del Sena bajo el puente Mirabeau? No tan poéticamente, de plano, pero sí a un ritmo distinto al cotidiano, más lento, con espacio suficiente para saborear los pensamientos, escuchar la diversidad de trinos y cantos y graznidos de los pájaros al salir el sol, ver como cambia la luz, la brisa, la sombra de mis palmeras conforme avanza el día.
Hace exactamente un mes. Domingo de Pascua en St Thomas. 4 de la tarde. Solazo pegando en la terraza frente al mar, mientras, de cuclillas, limpiaba un librero que John y yo acabábamos de rescatar de una bodega abandonada. Cuando intenté ponerme de pie, ya no pude. Me quedé viendo estrellitas de dolor, la rodilla derecha bloqueada, sin poderla estirar, sin poder apoyar el pie en el suelo. Lo peor de las horas que siguieron a ese tonto accidente (¿no lo son todos?) fue mi enojo conmigo misma. Luego me metí a Internet a buscar respuestas y soluciones. Todo apuntaba a un esguince, pero fiel a la tradición catastrófica Viliesid, me fui hasta la cocina y me autodiagnostiqué desgarro de meniscos. Lo importante fue el sentido común de quedarme en reposo, poner la pierna en alto, vendarme la rodilla y esperar. John tuvo que ir a comprar unas muletas y todavía me di el lujo de pedirlas “bonitas”. Vanidad ante todo.
Desde entonces me he sentido en un sueño, en una obra de teatro, en una historia que no es la mía, como si estuviera interpretando un papel ajeno, como un desdoble de la personalidad. Soy lo que se dice “una hacedora”. Yo hago cosas. Ése es mi asunto, mi rollo. Y desde hace un mes, el 90% de las cosas que ocupan mi vida, no las puedo hacer. Mi “hacer” se ha visto drásticamente limitado a las funciones básicas del día a día, siempre y cuando no involucren movimiento. Puedo trabajar a ratos en la computadora, y gracias sean dadas a l@s dios@s por mi reposet. Tengo mil libros que leer y bastantes películas que ver. Puedo desplazarme al jardín y bañarme con la manguera sentada en una silla. Pero no mucho más.
Quizá porque estoy tantas horas en silencio, con tanto tiempo para pensar, con la calma necesaria para hacer mis respiraciones y mis mudras sanadores, he estado recordando con mayor claridad mis sueños. Hace unos días soñé que caminaba otra vez, con muchas precauciones claro está, y la sensación era sí de fragilidad, pero también de novedad y descubrimiento, como si me deslizara ligera y semiflotando por el suelo. Otra noche soñé que entraba a mi casa apoyada en las muletas y que alguien me había cambiado todo de lugar y había sustituido algunos de mis muebles por otros, y ese caos me asustó y encolerizó. También me han visitado en sueños fantasmas de otros tiempos, sus cosméticos y botes de crema en perfecto orden y colores, en un tocador donde ya no había espacio para mí, y cuando me miré en aquel espejo, vi la cara nada menos que de Denzel Washington. ¡Eso sí que desafió mi interpretación!
Tras los sueños viene el despertar a una realidad muy concreta. Una persona discapacitada se ve obligada a hacer ajustes en su idea de lo que es propio, conveniente e íntimo. Tiene forzosamente que aceptar esa realidad, la de depender y confiar en los demás, hacerlos partícipes de su vida personal y poder decir, en un momento dado, ok me rindo. Parte de la gran incertidumbre que sentía en el regreso de St Thomas a Cancún incluía actividades que normalmente hacemos en privado. Obligada por las circunstancias, no fue tan difícil decirle a la amable señorita que me condujo por la aduana y revisión de equipaje que me acercara a un baño. Su momentáneo gesto de disgusto quizá se debiera a que pensó que yo necesitaría algún tipo de ayuda, pero la tranquilicé diciendo que yo me las podía arreglar sola y ella me tranquilizó diciendo que me esperaba con la silla de ruedas a la puerta. Tampoco fue difícil dejarme cachear completamente por una mujer policía, al no poder cruzar por mi propio pie a través del detector de metales. Fue interesante el ritual de la revisión corporal de los gringos, siempre pendientes de que no los demanden por abuso, porque me fue explicando cada movimiento del dorso de sus manos para asegurarse que no llevara yo armas escondidas.
Lo que sí pensé que me costaría más trabajo fue pedirle al chico cubano que me recibió en Miami con la silla de ruedas, que me llevara al baño y a comer algo. Pero resultó, en cierto sentido, más fácil y de plano divertido. Primero, porque me transportó a velocidades suicidas por los largos pasillos del aeropuerto de Miami, sorteando viajeros y maletas a diestra y siniestra, a tal punto que creí que nos estrellaríamos contra alguien o que yo saldría disparada en cualquier momento. Como buen cubano, además, cada vez que veía a una chica guapa, viraba la silla de ruedas para que pudiéramos pasar cerca de ella y soltarle un piropo. Acabó dándome risa. Y no sólo me llevó a un baño especial para personas discapacitadas – “cuando termine nada más me da un grito y entro por usted” – sino que me compró un wrap de pavo y algo de beber antes de depositarme en la sala de espera donde saldría el avión a Cancún. Nunca me había quedado tan claro que la discapacidad requiere de soltar cierta vergüenza y de adquirir cierta fortaleza para pedir ayuda y dejarse ayudar. Bajar los puentes, vulnerar las defensas, abrir las compuertas, dejar entrar a la gente a la intimidad.
Y siempre hay una mano amiga, o al menos esa ha sido mi experiencia. Me subieron al avión en St Thomas en un elevador donde había otra señora en su silla de ruedas. Nos saludamos como viejas conocidas, como si perteneciéramos al mismo club; compartimos historias de accidentes y daños; me sentí acompañada y sobre todo comprendida. Ella viajaba con su marido, lo cual le facilitaba las cosas, y éste se ofreció también a ayudarme. En Cancún, después de que un amabilísimo hombre me pasó por migraciones y aduanas como una exhalación hasta el estacionamiento, me esperaba mi amiga/hermana, que me albergó en su casa, me llevó al médico, al ultrasonido, a farmacias y tiendas de ortopedia, al súper y finalmente a mi casa. Otras amigas, amigos, parientes, colegas de la biblioteca y de la universidad, vecinos y mi ayudante/mano derecha y su familia han estado al pie del cañón. Siento cotidianamente su apoyo y su cariño, como el de otros seres queridos en la distancia y el de John, aún lidiando como está, con sus propios problemas de salud. Ayuda no falta en la vida, eso me queda claro, como me queda clara la confabulación del universo para que las cosas salgan como tienen que salir. Yo sólo debo confiar y abrir mi corazón. La autosuficiencia también tiene límites.
La mayor lección, no obstante podría ser la pérdida de control, el imperativo de soltar el control, porque no hay de otra; pero en realidad, el aprendizaje detrás de esta lección es que no hay nada, absolutamente nada, ni siquiera nuestro cuerpo, ni siquiera nuestra mente, que esté bajo nuestro control. Esta palabra podrá aplicarse a los controles de una máquina o de un vehículo, pero no tiene cabida en la incertidumbre del mundo humano, o mejor dicho, no tiene cabida en lo que se refiere a la naturaleza y a la vida. Suponemos que estamos en control de lo que hacemos y lo que nos rodea, pero es sólo una pantalla que proyecta otras pantallas de seguridad, solidez, permanencia. Son muletas. Ahora, en mi nueva inseguridad y vulnerabilidad, me aferro a mis muletas como mi único medio de sostén, mi escaso y limitado medio de control y solidez. Pero hasta mis muletas se resbalan y tambalean. La lección de Buda sobre la impermanencia acaba de adquirir en mi vida un sentido real. Se transformó de teoría en certeza práctica.
No iba a escribir sobre la paciencia, pero la experiencia de tener que acudir al Seguro Social por mi incapacidad fue una soberana lección en esta admirable cualidad de la que yo, siento decirlo, carezco. Impaciente, al fin y al cabo, nunca me había dado el tiempo de ir a tramitar mi carnet y si no fuera porque varias personas se apiadaron de mi y mis muletas, habría tenido que regresar, hacer cola para obtener una de las 9 fichas para carnets, luego ponerme en la otra cola para obtener una de las 40 fichas para solicitar cita con el médico familiar, regresar probablemente al día siguiente a esperar mi turno. A punto estuve de mandar a volar todo el asunto, pero gracias a la compañía, ayuda y sabios consejos de dos compañeros de la biblioteca que estaban conmigo, obtuve el carnet, vi al médico familiar, me dieron mi incapacidad y encontré la fuerza y la paciencia para ir todavía a hacer más colas por más fichas a la clínica de especialidades, no sin antes pasar por urgencias como requisito de un complicado e incomprensible protocolo burocrático.
No se si aprendí la lección y tengo ahora más paciencia que antes. Lo que sí siento es un renovado respeto por todas aquellas personas cuya única opción de salud es el IMSS, que hacen cola para obtener fichas a veces desde las 4 de la mañana en medio de niños tosiendo y adultos enfermos. Y mi respeto se extiende aún más hacia todas aquellas personas que sufren alguna incapacidad. El mundo no está hecho para ellas. Ciertamente hay rampas y baños más grandes y lugares especiales de estacionamiento, pero el reto que enfrentan es algo inimaginable hasta que una tiene que vérselas con un simple movimiento como es el acto de caminar. No quiero imaginar lo difícil que debe ser la cotidianeidad para las personas que de por vida viven en sillas de ruedas o se mueven con muletas, o a quienes les falta un brazo o no pueden ver. Para mí hay luz al final del túnel, pero no se si el material del que estoy hecha resistiría, sin amargura aniquilante, una vida de continuos desafíos semejantes.
Me esperan todavía dos semanas más de incapacidad y el lento camino de la terapia de rehabilitación física. Me contaba mi mamá que, de pequeña, aprendí a hablar antes que a caminar. No creo que por flojera, sino por precaución. Ahora es posible que tenga que aprender a caminar nuevamente y cuando visualizo el proceso siento trepidación pero más que nada unas ganas enormes de hacerlo. Me veo caminando por la playa, subiendo las escaleras de la biblioteca, haciendo ejercicio en la escaladora, bailando salsa con mis amigas. Pero sobre todo me veo a mi misma cuidándome con una nueva consciencia. Con una amorosa, paciente y compasiva consciencia. Que así sea.
¡Noticias del Trópico ya está en un blog!
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